sábado, 13 de agosto de 2016

UN VIAJE SIN DISTANCIA

 Viaje
   sin
Distancia
Es ésta la tan largamente esperada obra que relata
cómo vio la luz UN CURSO DE MILAGROS, ese
valiosísimo material de autoestudio catalogado
como la «Biblia del Tercer Milenio» y que alcanza
ya su trigésimosegunda edición, con más de un
millón de ejemplares vendidos hasta la fecha.
En Viaje sin distancia Robert Skutch, cofun-
dador y director de la FOUNDATION FOR
INNER PEACE, fundación editora del Curso,
nos conduce por un viaje fascinante de más de
setenta años de duración en el que nos desvela
el escenario donde se produjeron los aconteci-
mientos y los desafíos a los que se vieron
enfrentados sus principales protagonistas: Helen
Schucman, una respetada psicóloga que se auto
declaraba atea y que, a través de un largo
proceso de inspiración (siete años), escuchó una
Voz que le iba dictando su contenido; y William
N. Thetford, director del departamento de
Psicología en el que ella trabajaba y su principal
colaborador y apoyo en tan inusitado caso de
revelación.
Es éste un libro que será ávidamente leído no
solo por personas ya familiarizadas con el
Curso, sino por todas aquellas a quienes fascine
conocer historias extraordinarias acaecidas real-
mente y que estén interesadas en su propio
desarrollo personal y espiritual.
                 Neo Person
   VIAJE SIN
 DISTANCIA
       La historia detrás de
   UN CURSO DE MILAGROS:
sus protagonistas, cómo ocurrió la
 revelación y el desarrollo de todo
              el proceso
            ,
         Robert Skutch
El viaje hacia Dios
          es meramente
            redespertar
          a la conciencia
  de lo que siempre has sido,
 del lugar donde siempre estás.
   Es un viaje sin distancia
       hacia un destino que
       nunca ha cambiado.
           UN CURSO DE MILAGROS
   En nombre de todos aquellos que han sacado provecho de estudiar
Un curso de milagros, este libro está cariñosamente dedicado a Helen,
Ken y Judy.
                 Índice
                             Pags.
PRÓLOGO ...................................................... 9
CAPITULO 1 ................................................... 13
CAPITULO 2 ................................................... 23
CAPITULO 3 ................................................... 41
CAPITULO 4 ................................................... 66
CAPITULO 5 ................................................... 84
CAPITULO 6 ................................................... 90
CAPITULO 7 ................................................... 101
CAPITULO 8 ...................................................... 120
CAPITULO 9 ...................................................... 135
EPÍLOGO ............................................................141
                              PRÓLOGO
    HACE un par de años comenté de forma espontánea a una persona que
me estaba entrevistando que el conjunto de libros titulados Un curso de
milagros constituyen el escrito más importante en lengua inglesa desde la
traducción de la Biblia. Continué explicándola mis razonamientos diciendo
que aunque el Curso trata de los mismas verdades psicológicas y
espirituales que el Nuevo Testamento, las presenta de una forma que hace
que sean más difíciles de evadir, porque es más específico y menos dado a
interpretaciones diversas, y también porque los ejercicios psicoespirituales
empleados son muy eficaces para ayudamos a eludir nuestras defensas ha-
bituales contra el descubrimiento de nosotros mismos. No esperaba que
aquella impulsiva afirmación apareciera impresa, pero así ocurrió; y
mirando ahora hacia atrás puedo afirmar que aunque entonces fue
espontánea, sigo manteniéndola.
Mi propia introducción al Curso sucedió tras un cuarto de siglo de
búsqueda. Debido a que soy físico e ingeniero eléctrico de profesión, y a
que siempre me ha impresionado el poder de la ciencia, dudaba de la
mayoría de los sistemas religiosos que encontraba porque parecían
necesitar una dosis de saludable escepticismo científico. En 1954, a la edad
de 36 años, en medio de un curso, de dos semanas que estaba realizando
tuve una experiencia «definitiva», dando comienzo a partir de entonces a
una búsqueda que hasta la edad de 59 años me llevó a entrar en contacto
con diversas vías, desde el zen al sufismo, y desde el vedanta hasta el
cristianismo místico. Asimismo viví una serie de experiencias que me
resultaron totalmente asombrosas ya que mi marco conceptual no tenía con
qué comparadas. Sentí que aquellas experiencias eran válidas y que las
filosofías espirituales tenían el toque de la verdad; y sin embargo faltaba
algo. Además, era vagamente consciente de que si las experiencias fueran
tan reales como yo sentía que eran y las filosofías fueran verdaderas, hu-
bieran afectado mi vida más de lo que lo hacían.
    En aquel momento había pasado de trabajar en el análisis de sistemas y
la teoría estadística de las comunicaciones a encabezar
9
un pequeño grupo de investigación dentro del Instituto de Investigación de
Stanford, en el que nos dedicábamos a estudiar los cambios sociales y la
planificación orientada al futuro. Después de investigar el futuro durante diez
años, publiqué un pequeño libro titulado Guía incompleta del futuro, cuya
existencia ha sido uno de los secretos mejor guardados en la historia de las
publicaciones. Para entonces yo tenía claro que los Estados Unidos, y
evidentemente el mundo industrializado, había entrado en un período de
transición de relevancia histórica, que implicaba cambios al nivel más funda-
mental. A saber: el de las premisas tácitas de base sobre la naturaleza de la
vida y la realidad sobre las que descansa toda la estructura social en último
término. Parecía que mientras que hace medio siglo el avance de la ciencia
positiva hacía que las premisas religiosas y espirituales fueran cada vez menos
plausibles, la situación actual era muy diferente. Ya en 1977, y a partir de
entonces cada vez más, las investigaciones que tienen como objeto la
conciencia humana, los procesos inconscientes, la intuición, la creatividad,
etc... están haciendo cada vez más manifiesta la espiritualidad esencial de la
existencia. Impresionado por la importancia que estaba adquiriendo esta forma
de desarrollarse los acontecimientos, accedí a hacerme miembro de la junta
rectora del Instituto de Ciencias Noéticas que había sido fundado unos años
antes por el astronauta del Apolo 14, Edgar Mitchell, quien había llegado a las
mismas conclusiones que yo a través de experiencias muy diferentes. Una de
mis compañeras en la junta era Judy Skutch.
    La primera vez que coincidimos estábamos esperando mesa en un
restaurante y pregunté a Judy la inevitable pregunta de presentación: «¿A qué
te dedicas?». Disfrutó de mi asombro cuando me dijo: «Un curso de
milagros». Las dos horas siguientes me quedé hechizado escuchándole contar
la historia que se relata en este libro. Estaba ansioso por leer los libros que
forman la trilogía de Un curso de milagros.
    Tenía mucho que aprender sobre la ambivalencia con la que nosotros, los
seres humanos, nos orientamos hacia el conocimiento de nuestro ser profundo.
Los ejercicios diarios del segundo volumen del libro, que afirman un nuevo
sistema de creencias, parecían simples y un poco intrigantes. En aquel
momento no entendía el efecto subterráneo que estaban teniendo. El Texto, el
primer volumen, parecía-difícil de entender, pero seguí con él a fuerza de
voluntad (eso creía). Seis meses después me di cuenta de que a pesar de que
abría el Texto cada día, no podía recordar uno solo que hubiera acabado de
leer una página completa: me entraba sueño, mi mente vagaba sin propósito, o
recordaba que había dejado cosas por hacer y por
10
                                                          ---_
tanto me levantaba para acabadas. Mi mente era muy ingeniosa a la hora de
evitar lo que yo pensaba que quería, es decir, entender los contenidos del
Texto.
Con el tiempo, la atención consciente le ganó la partida a las resistencias
inconscientes. Mi conciencia de este hecho fue llegando poco a poco. Un día
me daba cuenta de que una situación que me hubiera provocado miedo u
hostilidad ya no lo hacía, y sin embargo no tenía conciencia de los profundos
cambios que estaban teniendo lugar. Encontré que mi confianza en la intuición
profunda, una parte sabia y compasiva de mí mismo, se había fortalecido
notablemente, de nuevo sin que yo conscientemente me diera cuenta del
cambio en mi inconsciente. La tensión y el dolor iban desapareciendo. Mi vida
era más activa que en ningún otro período anterior, y esto estaba ocurriendo
sin esfuerzo; algo que no hubiera creído posible unos años atrás. Había
aspectos de mi vida que se ponían en su lugar de forma misteriosa. Lo que
más me impresionaba de la transformación que sentía era la absoluta
simplicidad de lo nuevo. Una parte más profunda de mí mismo, un «Maestro
Interior», guiaba mi acción y apartaba los obstáculos, y la mente consciente (el
ego-mente analítico y racional que antes suponía mi asidero más firme a algún
tipo de seguridad) se hizo de forma natural y confortable el servidor de esa
parte más profunda. Todo esto puede parecer una enorme simplificación, pero
la conclusión profundamente sentida a la que llegué era que todos los
problemas que encontramos en nuestra vida son ilusorios. Sólo hay un
problema: nuestra resistencia a ver las cosas como realmente son, o más
precisamente, a ver la totalidad tal como es.
Un curso de milagros ya ha influenciado cientos de miles de vidas. Me siento
privilegiado por haber conocido a Helen Shucman, a Bill Thetford, así como a
los demás actores de esta obra. No llegué a conocer bien a algunos de estos
pero sí lo suficiente para haber sentido una profunda sensación de misterio no
sólo acerca de la eficacia del Curso mismo, sino también respecto a la forma
en que vino a la existencia y su supuesto origen. Me acuerdo especialmente de
un día en que estaba hablando sobre el Curso con Helen, la cual seguía
sintiéndose ambivalente al respecto y no parecía capaz de adaptar las
propuestas del Curso a su propia vida. Repentinamente pareció transformarse
en otra persona, no físicamente sino a nivel de su personalidad. Durante uno o
dos minutos, a lo largo de unas pocas frases, esta «otra» Helen habló del
significado real del Curso con una autenticidad y profunda sabiduría que me
dejaron pasmado. Entonces, como si hubiera ocurrido otro click en su
interruptor interno, volvió a ser de nuevo la Helen habitual.
11
   Helen casi nunca encarnaba el ideal del Curso, la paz interior. Encontraba
muchas cosas de las que quejarse y parecía soportar en su vida una dosis de dolor
mayor de lo normal. Una vez le pregunté cómo era que este notable documento
del que ella era responsable había podido traer paz y sabiduría a tanta gente y sin
embargo parecía inoperante para ella. Nunca olvidaré su respuesta: «Sé que el
Curso es verdad, Bill» -dijo; y después de una pausa añadió: «Pero no creo en
él».
   Cuando se confirmó que el Curso se estaba extendiendo rápidamente, incluso
a otros países, sentí claramente la necesidad de que hubiera un relato preciso
sobre su origen para todos aquellos que iban a querer conocerlo. Parecía probable
que circularan mitos y que Helen acabara siendo la heroína de un culto personal.
Presioné para que se hiciera una relato preciso cuando aún las memorias estaban
recientes, y que fuera hecho por alguien cercano a los hechos pero no demasiado.
Sentí que Bob Skutch era el candidato ideal: había estado presente en el
desarrollo de la última parte de los acontecimientos, conocía personalmente a
todos los personajes y los tenía cerca para posibles entrevistas; de esta forma
podría narrar la historia con fidelidad en lo relativo a las personas y los hechos
implicados. Además, ya había escrito a nivel profesional con anterioridad. No
hace falta decir que cuando se le propuso el trabajo, aceptó. Aunque no siempre
se haya sentido agradecido por mi sugerencia, ha tenido la amabilidad de
invitarme a escribir este prólogo.
   Agradezco este honor porque creo que algún día Un curso de milagros será
apreciado de forma mucho más general, al igual que la historia de su notable
génesis.
                                                     Willis W. Harman
                                                     Regent, Estado de California
                                                     Noviembre de 1983
                                                     Standford, California
12
                        CAPÍTULO 1
    EL manuscrito de Un curso de milagros se terminó de escribir en
1973, pero para entender como llegó a realizarse y porqué, debemos
volver a mediados de los años sesenta y familiarizamos con dos doctores
en Psicología: William N. Thetford, de cuarenta y dos años, profesor de
Psicología Médica en la Escuela de Médicos y Cirujanos de la
Universidad de Columbia, Nueva York, y director del departamento de
Psicología del Hospital Presbiteriano, y Helen Schucman, de 56 años,
psicóloga del mismo departamento. Aparentemente dos personas con
pocas probabilidades de estar implicadas en el nacimiento de Un curso de
milagros...
    En junio de 1965, Bill Thetford se sentó en su despacho muy de-
sanimado. Acababa de llegar de una reunión de directores de depar-
tamentos convocada para discutir cómo llegar a un acuerdo sobre un
asunto administrativo que había estado causando problemas al
profesorado desde hacía tres meses. La reunión comenzó en un ambiente
tranquilo, pero a medida que se iban expresando los distintos puntos de
vista y se defendían los diferentes intereses, los nervios se fueron
crispando, las voces se hicieron cada vez más altas, y lo que había
comenzado como un intento de encontrar puntos de encuentro, acabó en
una serie de ataques personales y amargas recriminaciones.
    Para el doctor Thetford, no era la primera reunión de este tipo; de
hecho, desde que era director de departamento había tenido que tratar con
colegas que constantemente estaban batallando con los mismos
problemas básicos de defender sus intereses contra lo que parecían ser
incursiones de la administración, de sus compañeros de otros
departamentos e incluso de los asociados del suyo propio.
    Sin embargo, de alguna manera en esta ocasión las tensiones de la
reunión le habían cargado más que otras veces. No le importaba saber
porqué, lo que le importaba era saber cómo había acabado en este trabajo
cuando, en principio, nunca había querido tener nada
13
que ver con la universidad. ¿Cómo había llegado a esta situación?, se
preguntaba....
                                 * * *
    Bill Thetford nació en Chicago. Era el menor de tres hermanos; el
mayor había muerto cuando era pequeño, pero le quedaba su hermana
que le llevaba dos años. Su padre trabajaba de supervisor en la sección de
construcciones en la compañía telefónica de Illinois.
    La familia vivía en un vecindario de clase media, en la zona sur de la
ciudad. La madre de Bill asistía a la iglesia de la Ciencia Cristiana; su
padre, cuando le preguntaban, respondía que él también era "científico»,
aunque sus visitas a la iglesia eran muy irregulares. En cuanto a Bill, su
educación religiosa fue interrumpida por una tragedia familiar.
Bill tenía siete años, cuando su hermana contrajo una infección vírica, y
aunque la familia solicitó los servicios de diversos médicos y curanderos
de la Ciencia Cristiana, murió en dos semanas. Los padres de Bill se
sintieron abrumados por el dolor; se quedaban en casa juntos cada noche,
negándose a aceptar las invitaciones que les hacían sus amigos y vecinos.
Renunciaron a su religión y jamás volvieron a poner los pies en una
iglesia de la Ciencia Cristiana.
    Aún se encontraban muy abatidos cuando Bill enfermó de una grave
escarlatina, la cual le debilitó mucho y propició que acabase por contraer
también fiebres reumáticas. Mientras luchaba por recobrarse sufrió un
infarto, por lo que los doctores no confiaban en que sobreviviera. Sin
embargo, después de varios meses de cuidados intensivos, se recuperó lo
suficiente para salir del peligro inmediato, aunque tuvo que guardar cama
durante los dos años siguientes. Pasaba el tiempo leyendo con voracidad,
leía de todo, desde Dickens hasta Dumas o Mark Twain, y entre libro y
libro su madre le enseñaba aritmética.
    Bill estuvo ausente de la escuela durante tres años, antes de sentirse lo
bastante fuerte para volver. Al caer enfermo estaba en segundo grado y
cuando volvió le colocaron en la clase de cuarto. Dos años más tarde
acabó octavo y continuó en el Instituto, donde se graduó con honores
siendo aceptada su solicitud de ingreso en la Universidad de DePaw,
Indiana. En su segundo año universitario tuvo que elegir una especialidad
en la que graduarse, y eligió la de Psicología aunque sin saber muy bien
porqué, pues ignoraba el trabajo que desarrollaban los psicólogos. No se
quedó muy convencido de su elección.
14
   Al fin se matriculó también en el curso de estudios premédicos (sí que
conocía el cometido de los médicos), y en su cuarto año solicitó la
admisión en la Escuela Médica de la Universidad de Chicago, donde fue
aceptado para comenzar el otoño siguiente. Al haber obtenido una
prórroga del servicio militar debido a su enfermedad infantil pudo
graduarse en la Universidad de DePauw en febrero de 1944. A pesar de
que aún tenía dudas sobre la carrera profesional que seguiría, había algo
que sí estaba muy claro: necesitaba un trabajo para mantenerse, al menos
hasta que empezara a estudiar medicina en otoño.
   Como había sido aceptado en la Escuela de Medicina pensé que lo
mejor sería solicitar un empleo en la Universidad. Pregunté en la oficina
de empleo y me remitieron al Laboratorio Metalúrgico de la
Universidad. No sabía nada del tipo de trabajo que me podrían ofrecer
ni si estaba cualificado para realizarlo, pero a lo largo de la entrevista
que me hicieron me enteré de que en aquel centro se desarrollaba un
programa secreto de investigación.
   Como el país estaba en plena Segunda Guerra Mundial, existía una
gran demanda de personal civil como yo en el mercado de trabajo. Así
aunque fuéramos inexpertos y poco cualificados, estábamos muy
solicitados y a menudo se nos ofrecían trabajos y responsabilidades que
hubieran sido impensables en otras circunstancias. En mi caso, poco
después de empezar a trabajar fui incluido en nómina como oficial
administrativo responsable de supervisar una serie de edificios que
constituían las áreas de trabajo para lo que más tarde sería la
investigación atómica. Entre ellos estaba el Laboratorio de Biología, la
zona del estadio de fútbol de West Stands y el nuevo edificio de Química
donde el Dr. Glenn Seaborg estaba desarrollando su original
investigación que más adelante le valdría el Premio Nobel. Una de mis
tareas era la de supervisar' un equipo especial de hombres que
trabajaban en diversas áreas radioactivas con la intención de
descontaminarlas. Se me pidió que llevara un contador Geiger desde el
momento en que llegaba por la mañana hasta que me iba por la noche.
Mirando hacia: atrás, una de las cosas más curiosas era que esta
investigación tenía lugar debajo de un estadio de fútbol. Robert Maynard
Hutchens, Presidente de la Universidad, había decidido prohibir la liga
de fútbol porque interfería en la búsqueda de las grandes ideas y los
15
grandes libros, y como consecuencia el estadio de fútbol había sido
puesto a disposición de la investigación atómica. De esta forma la
primera reacción en cadena de la historia del mundo tuvo lugar allí en
diciembre de 1942. El doctor Enrico Fermi que estaba al cargo de la
operación, fue capaz de comenzar la reacción y, lo que es más
importante, detenerla. Si no hubiera sido capaz de pararla quizá nos
hubiera ahorrado a todos los horribles problemas que introdujo la Era
Atómica.
   Por aquel tiempo, el ambiente en nuestro departamento era de gran
actividad; reinaba una sensación de urgencia absoluta y un sentido de
prioridad nacional en relación con el trabajo que desarrollábamos en el
programa atómico. La comunidad científica creía que los nazis estaban
muy avanzados en el desarrollo de la energía atómica, por lo que
competíamos contra ellos en una carrera a vida o muerte. De hecho, la
sensación general era que no desarrollar la energía atómica antes que
ellos podría suponer el final de la civilización occidental tal como la
conocíamos.
   A lo largo de este tiempo aumentó mi ambigüedad respecto a mis
estudios médicos y, en otoño de 1944, decidí que el proyecto en que
estaba participando era prioritario a la medicina. Informé, por tanto, a
la Escuela de Médicos de que no me matricularía aquel otoño y continué
en mi puesto de trabajo dentro del programa de investigación atómica.
   En agosto de 1945 se lanzó sobre Hiroshima la primera bomba
atómica. Creo que todos nos quedamos aterrados por la magnitud de la
destrucción que produjo y yo sentí con claridad que mi participación en
el proyecto había llegado a su fin. No sentía ningún deber moral de
continuar y renuncié aquel mismo mes.
   Pocas semanas después el doctor Carl Rogers llegó al campus
universitario. Era, incluso entonces, uno de los nombres más eminentes
en el campo de la Psicología, y aunque no sabía nada de él, me
matriculé en el primer curso de «psicoterapia centrada en el cliente» por
recomendación expresa de algunos compañeros. El interés que
despertaba el trabajo de Rogers era tremendo y debieron ser más de cien
los licenciados que se inscribieron en aquel primer curso. Por alguna
razón desconocida para mí tanto entonces como ahora, Rogers decidió
que yo era un estudiante aventajado y no sólo me hizo instructor de su
curso sino que antes de
16
acabar el semestre me propuso ser su ayudante en el centro terapéutico
que acababa de crear. Aquello supuso para mí un gran honor y una
oportunidad; yo no entendía porque me había elegido, incluso traté de
decirle que no estaba capacitado, pero no hizo el menor caso y, con
cierto asombro, en breve me encontré investigando y practicando la
«terapia centrada en el cliente». Para mí lo más irónico era que las
premisas profesionales de Rogers estaban basadas en su teoría de «la
visión incondicionalmente positiva», o amor perfecto. El hecho de haber
pasado de estar implicado en la aniquilación total a una práctica
profesional basada en el amor perfecto me pareció, por lo menos,
irónico.
   Mi tesis doctoral estaba relacionada con un primer intento de algo
parecido a la bioretroalimentación. Me intrigaba la posibilidad de medir
las reacciones del sistema nervioso autónomo antes y después de la
terapia rogeriana. Supuse que si a la gente le servía la terapia, su
recuperación ante un estímulo estresante inducido experimentalmente
sería más rápida. así que formé un grupo de control con personas que
esperaban ser admitidas en el centro para recibir terapia y otro grupo
con personas que estaban en tratamiento. De alguna manera, las medi-
ciones que realicé revelaron una diferencia significativa entre el grupo
experimental y el grupo de control en cuanto a la rapidez de
recuperación frente al estrés inducido. Rogers se sintió impresionado
por mi trabajo y yo me quedé bastante sorprendido de haber obtenido
algún resultado significativo.
   En marzo de 1944, para sorpresa mía, recibí el título de doctor en
Medicina. Sin embargo, sentía que aún me faltaban muchos
conocimientos no sólo en el campo de la Psicología sino en general;
parecía faltarme algo pero no sabía que. Aunque había conocido
personas eminentes a lo largo de mis estudios, auténticas autoridades en
sus campos respectivos, nadie parecía tener conciencia de cómo estas
áreas especializadas del conocimiento podían sintetizarse. Como
consecuencia, cuando recibí el doctorado no me sentía preparado para
hacer nada, no sabía que hacer con aquel título.
   Afortunadamente, un amigo me sugirió que me presentara a un
puesto en el hospital Michel Reese de Chicago, donde había una vacante
en un puesto relacionado con el estudio de los rasgos de personalidad de
los enfermos esquizofrénicos y el test de Rorschach.
17
   El estudio estaba dirigido por el doctor Samuel J. Beck, una
autoridad en el test Rorschach en el país y autor de una serie de libros
pioneros en relación con el test. Por una serie de razones que me
parecían muy válidas, me sentía remiso a solicitar el puesto. La primera
era que no había hecho ningún curso sobre el test Rorschach en toda mi
vida, no sabía absolutamente nada de él; tampoco había trabajado en un
departamento de Psiquiatría, y en particular, en uno en que el trabajo
estuviera basado en el psicoanálisis, una filosofía totalmente contraria a
la de Rogers y a mi propia formación. Sin embargo me presenté, y el
doctor Beck que me entrevistó pareció estar muy contento de mi
ausencia de conocimientos previos: se mostró entusiasmado con el hecho
de que no supiera nada del Rorschach, de que no estuviera contaminado
con otras enseñanzas. Además, se quedó muy impresionado por lo
científico que sonaba el título de mi tesis doctoral en la rama de la
psicología fisiológica: como él no sabía nada de esa especialidad de la
psicología, la consideró muy científica; en consecuencia, yo constituía el
candidato perfecto. Fui contratado por el departamento de Psiquiatría y
permanecí dos años y medio en aquel hospital, durante los cuales
publiqué algunos trabajos de investigación incluyendo algunos de los
que fui coautor con el Dr. Beck.
   Lo que sentía de manera muy clara, tanto durante mi formación
universitaria como más tarde en el hospital Michael Reese, era que no
quería ser profesor universitario. Había hecho conmigo mismo el voto
secreto de hacer todo lo posible para evitar aceptar un puesto docente, y
de hecho ya había rechazado varias propuestas. Una de las principales
razones era que sentía que no tenía nada que enseñar, y quería evitar
aceptar una posición en que esto fuera evidente también para los demás.
También dudaba que pudiera adaptarme fácilmente a la vida
universitaria.
   Cuando sentí que era el momento de dejar el hospital, decidí que me
sería instructivo y de ayuda en mi formación matricularme en la Escuela
Psiquiátrica de Washington, en Washington D.C., cuya filosofía esencial
era la de centrarse en las relaciones interpersonales más que en los
diversos componentes psicodinámicos de la psicología freudiana. Este
enfoque me atraía mucho por que había cierta cualidad en el
psicoanálisis con la que no me podía identificar, aunque respetaba
muchas de las percepciones de Freud y de algunos de sus seguidores.
18
    Cuando acabé mis estudios en la Escuela de Washington, no sabía
muy bien que hacer después. Me sentía atraído por la ciudad de Nueva
York desde hacía mucho tiempo, y decidí ir allí y buscar trabajo. El
director del Servicio de Asignación Psicológica del Servicio de Empleo
del estado de Nueva York, me dijo que tenía un trabajo perfecto para mí
y que no tenía sentido que pensara en ninguna otra posibilidad. Tenía en
mente proponerme para la dirección del departamento de Psicología del
Instituto de la Vida en Hartford, Connecticut. Acudí a una entrevista y
fui contratado.
    Después de un año en Hartford, recibí una llamada del doctor Harold
G. Wolff, que era uno de los fundadores de la medicina psicosomática,
una autoridad en el área de los desordenes nerviosos y, también por
aquel tiempo, presidente del departamento de Neurología de la Escuela
Médica de la Universidad de Cornwall en la ciudad de Nueva York. El
doctor Wolff me ofreció el puesto de psicólogo jefe en un programa de
estudios sobre ecología humana que él dirigía. Mi rechazo a implicarme
en un puesto universitario había disminuido algo para entonces, y decidí
considerar la posibilidad de un puesto académico. Acabé aceptando la
oferta del doctor Wolff, y antes de que me diera cuenta ya era instructor,
siendo promocionado un año más tarde al puesto de profesor ayudante.
Un día de otoño de 1957, mientras asistía a una conferencia anual de
psicología, un viejo amigo mío se me acercó en un descanso y después
de intercambiar saludos me preguntó si me interesaría ir a la Escuela de
Médicos y Cirujanos de la Universidad de Columbia como director de un
programa educativo en psicología clínica. Me comentó que el comité
encargado no había dado aún con la persona que pudiera enfrentar el
enorme desafío que suponía el puesto: a pesar de haber evaluado a mu-
chos candidatos, todos habían sido vetados por uno u otro de los
miembros del comité, y el puesto seguía vacante. Añadió que como
ninguno de los miembros del comité me conocía lo suficiente para llegar
a resultarles desagradable, constituía el candidato ideal.
    Le contesté a mi amigo que no me interesaba irme de Cornwall, ya
que estaba fascinado con el trabajo que hacía y el ambiente era
agradable. Pero él me apremió para que al menos hablara con el
presidente del departamento de Psiquiatría de Columbia; la oportunidad
era demasiado importante para ignorarla.
19
    Hablé con el presidente y con otros miembros del comité y en el curso
de estas conversaciones me pareció que me ofrecían una posición de
gran responsabilidad. Al darme cuenta de ello, les dije que no creía
posible asumir las responsabilidades del puesto siendo sólo profesor
ayudante y que tendría que ser ascendido a la categoría de profesor
adjunto. Al decirlo, estaba convencido de que de acuerdo a la jerarquía
médica, que es muy lenta, era muy improbable que alguien como yo, que
había sido instructor hacía tan sólo uno o dos años, subiera de escalafón
tan rápidamente.
    Sin embargo, dos meses más tarde recibí una carta del presidente del
departamento de Psiquiatría diciéndome que había podido conseguir
que el Decanato aprobara mi ascenso. Me sentí moralmente obligado a
aceptar el puesto y fui a Columbia en febrero de 1958 como profesor
adjunto de Psicología Médica en el departamento de Psiquiatría de la
Escuela de Médicos y Cirujanos.
    Bill Thetford esperaba el desafío que suponía su nuevo puesto con
mucho entusiasmo. Sintió que podría introducir una serie de ideas
innovadoras en el programa de educación predoctoral del que sería
presidente, y asumió su tarea lleno de expectativas sobre lo que podría
lograr en los próximos meses y años.
    Sin embargo, pocos días después de comenzar su labor, Bill se dio
cuenta de que su trabajo no sería tan fácil de poner en práctica como en
un principio pensó. Tuvo el primer indicio de ello al darse cuenta de que
todas las conversaciones con los miembros del comité no le habían
preparado para asumir la amplitud y la naturaleza de sus nuevas
responsabilidades. Aunque había creído que dedicaría la mayor parte de
su tiempo a los cursos predoctorales, ahora descubría que el «título» que
se le había asignado como «mera formalidad» cuando aceptó el puesto, el
de director del departamento de Psicología del Hospital Presbiteriano, le
iba a suponer mucha más dedicación de lo que le habían hecho creer. El
Hospital Presbiteriano era una parte esencial del centro médico y Bill
pronto se dio cuenta de que con el título venían un montón de problemas
que no habían sido tratados durante años.
    Mientras intentaba hacer su asignación de prioridades, Bill fue
avisado por el Decanato de que la universidad había aceptado una gran
suma de dinero del Instituto Nacional de Enfermedades Neurológicas
para realizar un curso de estudio cooperativo sobre las carencias
sensoriales en recién nacidos y niños pequeños. Este curso
20
cooperativo tenía un protocolo obligatorio por el que se requerían los
servicios de un psicólogo investigador experimentado que hubiera
recibido formación especializada para trabajar con niños pequeños. Bill
era responsable de encontrar a la persona adecuada para este puesto y,
además, debía hacerlo con rapidez pues el Decanato había dejado muy
claro que el proyecto había de comenzar de forma inmediata.
    Al no tener experiencia en esta área, Bill visitó a un colega de un
hospital cercano que era una autoridad en este materia, le describió la
situación y le pidió ayuda para encontrar a una persona adecuada para el
puesto. Su colega le aseguró que confiaba en poder encontrar a la
persona justa y que haría que ésta se pusiera en contacto con él.
    Bill se sintió agradecido de quitarse un problema de encima, pues ya
los tenía en abundancia. Así, comenzó a formular planes y preparar
procedimientos que ayudaran a que el curso tuviera un comienzo rodado,
confiando simplemente en que su amigo encontraría a la persona
adecuada para ocupar el puesto clave.
    Dos semanas más tarde, sonó el teléfono de su oficina y, después de
asegurarse de que hablaba con el doctor Thetford, la voz al otro lado de
la línea dijo: «Mi nombre es Helen Shucman, y se me ha dicho que le
diga que soy la persona que está buscando», De esta forma se conocieron
Helen y Bill, quienes más tarde trabajarían juntos en la transcripción de
los singulares volúmenes de Un curso de milagros.
    Bill concertó una cita con Helen para verse a la mañana siguiente en
el centro médico. A las diez, una mujer pequeña pero dinámica se
presentó en su oficina; debía tener más de cuarenta y cinco años. Helen,
que apenas medía un metro y medio, iba elegantemente vestida con una
falda y una blusa bastante conservadoras, y su pelo corto, rizado y rubio
estaba cuidadosamente arreglado. Sus rasgos eran más bien afilados,
tenía una nariz pequeña y recta, y en general mostraba una actitud de no
andarse por las ramas que Bill inmediatamente valoró de forma muy
positiva y pensó que le sería de gran ayuda en caso de que ocupara el
puesto que él intentaba cubrir. .
    En sólo unos minutos Bill supo que era la persona adecuada para
aquel trabajo: su formación profesional parecía estar hecha a la medida
del puesto que se le ofrecía y sé quedó especialmente impresionado por
su rapidez mental y su habilidad intelectual. Al mismo tiempo mantenía
sus reservas en ofrecerle el puesto a ella o a cualquier otra persona
porque el programa de trabajo estaba todavía sin especificar en absoluto.
Aún no se había tomado ninguna de-
21
cisión acerca de los medios de que dispondrían ni respecto al espacio
físico que les sería asignado. Su sueldo tampoco estaba fijado y las
responsabilidades del puesto no estaban claramente definidas. Todo ello
hacía que Bill no pudiera ser muy concreto al discutir el programa con
Helen, pero a pesar de todo y al hecho de que Bill no se lo presentara con
mucha convicción, Helen aceptó el puesto y se dispuso para comenzar el
lunes siguiente.
22
                           CAPÍTULO 2
    HELEN Schucman nació en 1909 y su nombre de soltera era Helen
Cohn. Creció en Nueva York, donde su padre, químico de gran éxito
profesional, pudo proporcionar a su familia una vida muy acomodada.
Tenían a su servicio a una cocinera y una doncella que les ayudaban en el
cuidado de su enorme piso de diez habitaciones; contrataron asimismo a
una institutriz que se ocupó de Relen hasta que tuvo seis años de edad.
    La institutriz y Helen ocupaban un extremo del piso, donde
compartían habitación, salón y aseo. En el otro extremo vivía el resto de
la familia, es decir su madre, su padre y un hermano catorce años mayor
que ella con el que tenía muy poco en común.
    Como el resto de la familia parecía hacer su vida, Helen pasaba casi
todo el tiempo antes de ir al colegio, así como su «tiempo libre» una vez
empezó a asistir a clase, con su institutriz, una mujer inglesa de mediana
edad a quien conocía simplemente como la «señorita Richardson»;
aunque la relación entre ellas era amistosa, no tenía nada de íntima. Lo
que más le gustaba a Helen de la señorita Richardson era su acento
inglés.
    Por la noche, la institutriz acababa oficialmente de trabajar una vez
que acostaba a Helen y era libre de salir si lo deseaba, aunque la mayoría
de las veces se quedaba en la sala hasta la hora de acostarse. Cuando la
señorita Richardson salía, Helen se quedaba despierta hasta que hubiera
vuelto, no sólo para asegurarse de no estar sola, sino también porque le
fascinaba el ritual que realizaba cada noche.
    Antes de acostarse, la señorita Richardson, se arrodillaba y
susurraba algo para sí misma durante un rato. Desde mi primer
recuerdo, siempre hacía lo mismo. Siempre quise preguntarle que hacía,
pero tardé muchos años en reunir el valor suficiente. La señorita
Richardson me explicó que era católica y que cada noche antes de
acostarse rezaba el rosario. Le pregunté que era un rosario y me mostró
el suyo. Estaba hecho de
23
hermosas cuentas azules y me gustó. Pensé que estaría bien tener uno,
incluso podría tener algo de mágico. Le pregunté a la señorita
Richardson si podía tener uno pero me respondió que era sólo para
católicos. Le sugerí que quizá mi madre me podría comprar uno, pero
ella pensó que sería mejor dejar el tema a un lado. De hecho, me
propuso que fuera nuestro secreto, y yo le prometí no decir nada al
respecto.
   También teníamos otro secreto, relacionado con el lugar al que
íbamos los domingos por la mañana. En vez de ir al parque como los
demás días, nos íbamos al otro extremo de la ciudad donde nadie
pudiera vemos. Allí llegábamos a uno de los lugares más bellos que yo
hubiera visto nunca. La señorita Richardson me dijo que era una iglesia
católica, pero como yo no era católica, no podía entrar. Tenía que
prometerle que no me marcharía muy lejos, y me quedaba en la entrada
hasta que ella volvía a salir. Mientras esperaba podía ver las flores, las
velas y las estatuas a través de las rendijas de las grandes puertas que se
abrían hacia el interior de la iglesia. A veces escuchaba la música y la
voz de un hombre diciendo cosas que no podía entender. Una vez me
colé en una de las capillas laterales. Había una estatua de una señora
muy hermosa con luz alrededor de la cabeza, y velas y flores dispuestas
en un pequeño jardín a sus pies. Todo el mundo tenía rosarios como el
de la señorita Richardson y decidí que de mayor sería católica para
poder entrar y participar en lo que ella hacía.
   Entre semana, cuando la señorita Richardson me llevaba al parque a
jugar, siempre nos juntábamos con una amiga suya que también era
institutriz y cuidaba a una niña de mi edad. Nosotras jugábamos
mientras la señorita Richardson y su amiga se sentaban en un banco del
parque y hablaban. Descubrí que la niña era católica y tenía un rosario
y se sorprendió mucho cuando le dije que yo no lo tenía y que no sabía
para qué servía. Me explico con condescendencia que servía para rezar
a la madre de Dios. Le pregunté sobre Dios y se sorprendió mucho de mi
ignorancia, ya que no sabía casi nada de Él. Me dijo que Dios es nuestro
padre, que le podíamos pedir cosas y Él nos las concedía. Esto me
pareció maravilloso y me pregunté porqué nadie me había hablado antes
de ello.
   Le pregunté a la niña donde estaba Dios, porque había unas cuantas
cosas que quería, y me dijo que todo lo que había que hacer para verle
24
era cerrar los ojos. Así lo hice, pero no vi nada. Ella lo entendió en
seguida: yo no era católica, así que ¿qué podía esperar? Me sugirió que
probase con la Virgen que era muy bondadosa y escuchaba
prácticamente a todo el mundo. También me contó que llevaba un
vestido azul y un velo blanco, y pensé en esa preciosa estatua que había
visto en la iglesia de la señorita Richardson. Cerré los ojos de nuevo y
esta vez pude ver algo más, creí ver el velo blanco. La niña me dijo que
estaba muy bien para una principiante y que debía seguir intentándolo.
«Después de todo -me dijo-, a menos que lo hagas irás al infierno y te
quemarás durante toda la eternidad.»
    Estaba tan contenta por haber visto el velo blanco que no hice caso
de su comentario hasta que me acosté aquella noche. Entonces comencé
a gritar. La señorita Richardson me preguntó qué pasaba y le dije que
tenía miedo del infierno... que me quemaría para siempre a menos que
fuera católica y tuviera un rosario. La señorita Richardson estaba muy
preocupada pero no sabía que decir. Me dijo por fin que era mejor que
hablara de religión con mis padres, explicándome que la gente solía
tener la misma religión que sus padres y que probablemente ellos
podrían contarme cosas. Pero añadió que no debería tener miedo del
infierno porque ella rezaría por mí. Se lo agradecí mucho prometiéndole
que no lo olvidaría y decidí preguntar a mis padres acerca de la religión
de inmediato.
    Me deslicé silenciosamente por el pasillo hasta el comedor donde se
encontraba mi padre solo leyendo el periódico. Le observé desde la
puerta un buen rato antes de entrar; él levantó la vista sorprendido.
    «¿Qué pasa? -preguntó-. ¿No está la señorita Richardson contigo?»
Cuando le dije que sí, respondió: «Ah, bien, tu madre no está y creo que
no volverá en un buen rato», retomó el periódico y pareció pensar que la
conversación había concluido. Yo me quedé por allí, no le conocía muy
bien y dudaba de cómo empezar pero sabía que tenía que averiguar
cosas sobre mi religión. Por fin empecé:
    — Padre, ¿tú que eres? —le pregunté.
    — Creo que no te entiendo —me contestó muy perplejo —.
¿Te refieres a qué me dedico?
    Pensé que quizá era eso, mi padre me dijo que era químico y cuando
le pedí que me lo explicara no entendí lo que decía pero supe que no era
la respuesta que esperaba. Luego le pregunté si creía en Dios y si tenía
25
una religión, y me dijo que no creía en Dios y no estaba particularmente
interesado en la religión. Le pregunté si eso significaba que yo tampoco
tenía religión, y contestó que la gente debe decidir eso por sí misma.
Volví a preguntar cual habla sido la decisión de mi madre y me contestó
que no estaba seguro de cual era su religión en aquel momento; estaba
muy claro que no estaba particularmente interesado en el tema. A pesar
de todo me quedé por allí. Por fin, cuando se dio cuenta de que
realmente quería algo, dejó el periódico, me pidió que me sentara y
entonces tuvimos la única conversación real que hayamos tenido nunca.
   Comencé por decirle que quería ser católica a causa del infierno y me
respondió que él no creía en el infierno y que no debía preocuparme;
incluso afirmó que se puede ser religioso sin creer en el infierno, lo que
supuso un gran alivio para mí. Dijo que él había sido judío de niño
porque su padre era judío, y aunque su madre no lo era, a ella no le
había importado. Le pregunté esperanzada si eso hacía que yo también
fuera judía pero me contestó que debería pensármelo algo más de
tiempo. Entonces le pregunté si conocía alguna plegaria judía y después
de pensar durante varios minutos, me recitó una que había aprendido
cuando era niño. Comenzaba así: «Señor Dios de Israel»; me pareció
impresionante. Dijo algo más de la plegaria pero eso fue todo lo que
pude recordar.
   Le pedí que me contara algo más acerca de la religión de mi madre
pero me dijo que él no podía creer en lo que ella creía y que habla
dejado de intentarlo hacía mucho tiempo. Cuando le pregunté si ella
decidiría hacerse judía también, mi padre soltó la mayor carcajada que
yo le hubiera oído; me dijo que eso no era probable y después volvió a
su periódico.
   Yo volví a mi habitación y le dije a la señorita Richardson que habla
hablado con mi padre y había averiguado que era judía. Ella no dijo
nada. Aquella noche, mientras rezaba su rosario yo repetía «Señor Dios
de Israel» una y otra vez para mí misma. Estaba contenta de ser judía,
durante largo tiempo me habla faltado algo y ahora que sabía que era
judía, estaba convencida de que todo iría bien. Sin embargo, no
mencioné nada a mi madre sobre el tema de la religión; de alguna forma
sentía que podía no gustarle.
   La señorita Richardson se fue un año después y mi madre decidió que
ya no necesitaba una institutriz. Yo ya habla estado yendo a la escuela
26
durante un año y mi madre me dijo que ella me llevaría por las mañanas
y otra señora me recogería por la tarde para llevarme al parque, aunque
no se quedaría a dormir conmigo.
   Por la noche me sentía sola sin la señorita Richardson. Solía
tumbarme a oscuras y repetía mi oración especial, pero no me era de
gran ayuda. Pensé que funcionaría mejor si la supiera entera pero no
quería volver a preguntarle a mi padre: podría pensar que debería
haberla memorizado la primera vez después de que le costó tanto
acordarse de ella.
   Entonces el Señor de Israel me falló de una forma terrible. Tenía
mucho miedo de dormir sola, especialmente cuando salían mis padres, y
como nunca se me ocurrió ir a hablar con mi hermano, busqué la forma
de hacer que mi madre se quedara en casa. Si me daba cuenta de que se
estaba preparando para salir, comenzaba a sentir un terrible dolor de
estómago. La primera vez que ocurrió era de verdad y así descubrí que
mi madre no salía cuando yo estaba enferma; naturalmente empecé a te-
ner muchos dolores de estómago.
   El único problema era que mi madre me llevó al médico para
averiguar lo que me ocurría. Después de que el primer médico no
encontrara nada, probó con otro y luego con otro más. A mí no me
importaba porque así conseguía pasar tiempo con ella. Pero un día
cuando me llevó a ver a otro médico por lo de mi estómago me di cuenta
de que llevaba una pequeña maleta. Cuando le pregunté para que era,
me dijo que me iba a llevar a un hospital donde un doctor me podría
curar de mis dolores. Tuve el presentimiento de que las cosas no iban
como yo quería, pero como no estaba muy segura, me callé.
   Después de registramos en el hospital, Madre me dijo que pasaría la
noche allí y que ella se quedaría conmigo. Esa es la parte que me gustó.
A la mañana siguiente, Madre y el doctor comenzaron a explicarme lo
que me iban a hacer y tuve un ataque de pánico. Entre gritos, les dije
que nunca había tenido realmente dolores de estómago, pero
evidentemente pensaban que lo decía porque tenía miedo de lo que nos
pudiera ocurrir a mi apéndice y a mí.
   Hicieron falta dos hombres vestidos de blanco para mantenerme
tumbada en la camilla mientras me llevaban a la sala de operaciones
donde otros tres hombres de blanco estaban esperando. Dos de ellos me
sujetaron mientras un tercero me puso una mascarilla en la cara. Grité
27
«Señor Dios de Israel» a la vez que intentaba no respirar.
    Cuando desperté, me hallaba de nuevo en la habitación del hospital y
me sentía terriblemente. Durante unos días tuve un dolor de estómago
real pero poco después me puse mejor y empecé a disfrutar. Madre se
quedó conmigo todo el tiempo e incluso Padre vino a visitarme. Madre y
yo hablamos de todo tipo de cosas mientras estuvimos juntas y la noche
antes de irnos del hospital le pregunté por su religión. Me dijo que había
probado muchas religiones desde pequeña, que ahora era teósofa pero
que aún continuaba «buscando». Me sorprendió mucho que también
hubiera sido judía porque los judíos no parecían gustarle mucho. Me
contó que su padre era rabino en Inglaterra pero que en todo caso era
de muy buena familia. También me dijo que tenía algunos parientes que
no eran judíos, yeso parecía aliviarla.
    Entretanto, yo había decidido no seguir siendo judía después de lo
ocurrido. Probablemente no había un Señor Dios de Israel después de
todo y esa era la razón por la que mi padre había dejado de creer en Èl.
Nunca volví a creer en Dios aunque lo intenté denodadamente durante
largo tiempo.
Helen no se inquietó por la religión ni se interesó en ella durante los
siguientes cinco o seis años. Lo que parecía intrigarle mucho más eran
las imágenes mentales que visualizaba a menudo, unas veces con los ojos
cerrados y otras con ojos abiertos. Podían ocurrir casi en cualquier
momento pero nunca interrumpían ni molestaban de forma alguna a sus
demás actividades. Simplemente era como si hubiera una actividad
mental constante en el fondo de su mente que podía ser traída a la
superficie si elegía hacerlo. Las imágenes podían ser de cualquier cosa:
una mujer con un perro, árboles bajo la lluvia, un escaparate lleno de
zapatos, un pastel de cumpleaños repleto de velas... No tenían
movimiento y eran en blanco y negro. Se parecían mucho a una serie de
«instantáneas» no relacionadas entre sí. A veces las imágenes eran
completamente nuevas para ella, escenas irreconocibles, mientras que
otras veces reconocía parte de los «cuadros» relacionándolos con cosas
que había visto realmente, aunque incluso en esos casos había detalles
que no recordaba haber visto originalmente.
    Helen había tenido imágenes mentales de este tipo desde siempre,
hasta donde le alcanzaba la memoria, y no se le ocurrió que no todo el
mundo podía disfrutar de esa misma experiencia. De hecho fue a la edad
de once
28
años, al preguntar a una amiga por sus imágenes mentales, cuando se dio
cuenta de que ésta no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Helen
pensó que su amiga estaba de broma y no fue hasta que probó con otras
compañeras que aprendió que su habilidad era única. Aunque se
sorprendió mucho por ello, no pareció molestarle esta revelación y siguió
disfrutando las imágenes cuando aparecían.
    El interés que sentía por Dios se reavivó a los doce años. Sus padres
planearon pasar el verano en Europa y decidieron llevarla con ellos. El
viaje transcurrió sin incidentes para Helen hasta la última visita de sus
vacaciones: Lourdes.
    La gruta le causó una profunda impresión así como la estatua de la
Virgen y los montones de muletas y aparatos dejados allí por quienes se
habían curado milagrosamente.
    Desde nuestra habitación del hotel podía ver la estatua de la Virgen.
Cada noche salía a mirar la figura, la roca sobre la que se levantaba y
aquella agua especial que salía de un costado de la roca, el agua que
curaba a la gente. Pensaba en las sillas de ruedas y en las muletas y en
los miles de personas que habían venido aquí y habían creído. ¿Podrían
estar todos equivocados?
    Repentinamente me acordé de la señorita Richardson y de su rosario.
Seguramente este era el mejor lugar del mundo para comprar un rosario
y probarlo.
    Cuando volví al hotel aquella noche encontré a mi padre solo en su
habitación leyendo un libro. Me quedé junto a él unos momentos, y como
seguía leyendo, le dije que quería comprar un rosario. Se metió la mano
en el bolsillo y me dio algo de dinero sin levantar siquiera la vista del
libro. Pensé en preguntarle si le importaba pero simplemente le di las
gracias y salí de la habitación.
    Al día siguiente por la mañana pedí a Madre que viniera conmigo
para comprar el rosario; compré también una medallita de la Virgen y
llevamos ambas cosas a que fueran bendecidas por un sacerdote. Nos
quedamos en la gruta para asistir a misa y a la preciosa ceremonia
religiosa posterior. Era sábado, y había incluso más flores y procesiones
con música que en un día normal. La gente rezaba por todas partes, todo
era muy, muy hermoso. Pregunté a mi madre si había sido católica y me
dijo que no, pero sentí que había comenzado a pensárselo.
    Aquella noche en mi habitación, me quedé despierta con el rosario en
la mano y la medalla alrededor del cuello y pensé en Dios, en la señorita
29
Richardson y en la Virgen. De pronto tuve una idea: este era un lugar
con mucho poder y quizá si pedía un milagro para mí misma, lo
conseguiría. Entonces creería en Dios y me haría católica. Salí al balcón
y miré a la roca.
    —Por favor, Dios —dije en voz alta—, no soy católica pero si todo
esto es verdad, ¿me enviarás un milagro para que pueda creer en ti?
    Ya había decidido en que consistiría el milagro. Cerraría los ojos y
diría tres avemarías; si al abrirlos encontraba una estrella fugaz en el
cielo, ese sería mi milagro. No esperaba realmente encontrarla pero
cerré los ojos y recé las tres avemarías de todos modos. Cuando los abrí,
el cielo estaba lleno de estrellas fugaces. Las miré en silencio,
asombrada y entonces susurré: «Es un milagro. Dios me lo ha enviado
realmente. ¡Mira! ¡mira! es un milagro».
    Me quedé muy quieta hasta que las estrellas desaparecieron y el cielo
se oscureció de nuevo. Y entonces me acordé: nuestro guía nos había
dicho que en este momento del año había lluvias de meteoritos en esta
parte del mundo y que aparecerían con mucha frecuencia. En realidad
no era milagro en absoluto, nunca antes había visto una lluvia de
meteoritos y por eso no la había reconocido. Entonces tuve otro
pensamiento: ¿No es un milagro que pensase en pedir ver un meteorito
justo cuando iba a haber una lluvia de ellos? Después de todo, no podía
saber que la lluvia iba a ocurrir en aquel preciso momento, quizá era un
auténtico milagro después de todo. Pero ya no pude convencerme de ello
realmente, me sentía muy suspicaz con todo aquel tema, incluso me
  enfadé un poco.
     Quizá, pensé para mí misma, el agua y las curaciones y las muletas
sean todos como la lluvia de meteoritos. La gente sólo cree que son
milagros, todo podría suceder simplemente así. Estaba a punto de dejar
el tema zanjado en mi mente de esta forma cuando tuve otro pensamiento
que me hizo sentirme muy incómoda: dije a Dios que si veía un meteorito
cuando abriera los ojos, sería un milagro. Si había un Dios, podría no
gustarle mi forma de considerar su milagro. Si Él se había molestado en
enviarme un milagro especial para mí, podría no gustarle mi
escepticismo. Y si había un Dios, también habría un infierno para la
gente que no le reconocía y apreciaba.
    Por fin fui resolviendo aquella situación con diferentes argumentos
aunque me quedé un poco incómoda al respecto. Me persuadí de que
30
si Dios se hubiera molestado en enviarme un milagro tendría el
suficiente sentido para hacerme creer en él. Como no creía realmente en
éste, no podía haber sido un milagro genuino. Decidí que de todos
modos no tenía que tomar una decisión definitiva en aquel mismo
momento y que volvería sobre ello más adelante, cuando no estuviera
tan cansada.
    Un año después de volver de su viaje por Europa, el hermano de
Helen se casó, y la familia se trasladó a un piso más pequeño. Idabel, la
sirvienta que había estado con la familia desde el nacimiento de Helen,
siguió con ellos. Helen y ella eran buenas amigas desde hacía años, pero
la nueva situación les ayudó a intimar más y pasaban mucho tiempo
hablando de «cosas». Una de las «cosas» de las que hablaban era de
religión. Idabel era baptista y dijo a Helen que aunque su iglesia creyera
oficialmente en el infierno, ella sentía que Dios era muy bondadoso y
preparaba las cosas para que al final todo saliera bien. Esto dio confianza
a Helen que empezó a leer la Biblia cada noche con Idabel.
    Un domingo, Idabel preguntó a Helen si quería acompañada a su
iglesia que estaba en las afueras, bastante lejos de donde vivían. A Helen
le entusiasmó la idea y cuando llegaron estaba ansiosa por que empezara
la ceremonia religiosa.
    La gente de la iglesia de Idabel no sólo tenía un color de piel diferente
del de Helen, sino que también cantaban canciones muy diferentes de
cualquier otra que ella hubiera escuchado antes. Las cantaban una y otra
vez, empezando suave y poco a poco iban subiendo de tono. Cuando la
gente comenzó a dar palmadas y a seguir el ritmo con los pies, Helen se
dio cuenta de lo bien que se sentían, pero lo que más le impresionó fue
.la deducción de que por la forma en que cantaban y se movían,
obviamente tenían una relación muy amistosa con Dios.
    Siempre me dirigía a Dios formalmente, con mucho respeto, y no
sabía como abordar este nuevo tipo de relación con Él, pero a medida
que las canciones se hacían más emocionales, me encontré dando
palmadas y cantando con todos los demás.
  El pastor en su sermón habló de Dios, del cielo y de la salvación, y
repetía una y otra vez que todo lo que necesitamos es fe. Después del
sermón volvimos a cantar y a la hora de irnos, el pastor nos esperaba
fuera para damos la mano. Al llegar mi turno me preguntó si me había
gustado y cuando le respondí, me dio unas palmaditas en el hombro y me
dijo que debería volver más por allí.
31
    Como había recibido una invitación especial del pastor mismo,
comencé a ir a la iglesia con Idabel tan a menudo como podía. Dentro
de la iglesia rezaba y cantaba con los demás, pero fuera, cuando
intentaba hablar con Dios nunca estaba segura de que hubiera alguien
allí para escucharme. Me faltaba algo, y por fin un día descubrí lo que
era. Idabel me llevó un domingo a un bautizo. Mi amigo el pastor dijo:
«A menos que os bauticéis no podéis ser puros de corazón y si no sois
puros de corazón no podéis ver a Dios». «Eso es -pensé-. Hay que
bautizarse para poder ver a Dios, esto es lo que me faltaba. »
    Le dije a Idabel que tenía que ser bautizada y me respondió que
hablaría con el pastor cuando acabara la ceremonia. Fue muy amable,
él también pensaba que debía bautizarme pero no tenía claro quién
debería hacerla. Al preguntarle porqué, me dijo que cuando un pastor te
bautiza espera que te unas a su congregación y él había pensado que
sería mejor para mí bautizarme en otra iglesia más cerca de mi casa. No
me había dado cuenta de que afiliarse a una iglesia era parte del bautizo
y cuando llegué a casa me lo estuve pensando mucho. Sentí que uno debe
al menos creer en Dios antes de dar un gran paso como éste de afiliarse
a una iglesia. Cuando le conté todo esto a Idabel, me dijo que ella
conocía a un pastor que me bautizaría sin necesidad de hacerme
miembro de su iglesia, así que al domingo siguiente fuimos a ver a aquel
pastor a quién Idabel llamaba un «Evangelista del Señor». Me dijo que,
desde luego, me bautizaría, pero que debería preguntar antes a mis
padres, sobre todo a mi padre que, al ser judío, podría no gustarle
mucho la idea.
    No esperaba ninguna oposición de mi madre y efectivamente le gustó
mucho la idea, prometiéndome el misal que había estado pidiendo como
regalo especial para la ocasión. Me preocupaba más mi padre, siempre
era difícil averiguar lo que sentía respecto a las cosas. Al verle en su
sillón leyendo el periódico después de la cena, me deslicé en la
habitación e intenté encontrar una buena forma de empezar. No se me
ocurría nada, así que simplemente dije: «Padre, he decidido
bautizarme».
    Padre giró la cabeza y me miró sin bajar el periódico: «Si eso es lo
que quieres hacer, hazlo» —me dijo dándolo por hecho.
    —Pero, ¿no te importa? —pregunté.
    — ¿A mí? ¿Por qué habría de importarme? — respondió.
32
   Aún no estaba satisfecha:—¿Estás seguro?
   Mi padre me confirmó que estaba muy seguro de que no le importaba.
Supongo que me debería haber sentido contenta, había conseguido lo
que quería, pero no podía entender porque me sentía tan desgraciada.
Padre obviamente no tenía nada que añadir y me fui enseguida porque
no quería que se diera cuenta de mis lágrimas. Al día siguiente volví y le
dije al pastor que mis padres no se oponían a que me bautizara y
propuso incluirme en la ceremonia bautismal programada para el
domingo siguiente. Me dijo que debía rezar entretanto y le contesté que
lo haría lo mejor que pudiera. «Eso es todo lo que hace falta»
 —respondió.
   ldabel asistió a mi bautismo como testigo y como amiga, ayudándome
a preparar la túnica blanca y a ponérmela. Estaba muy contenta y me
repetía que iba a ser la mejor experiencia de mi vida. Yo tenía la
esperanza de que así fuera. Después de la ceremonia, fui a la oficina del
pastor para recoger mi certificado de bautismo mientras ldabel recogía
mi ropa mojada y la ponía en una bolsa que habíamos llevado. Cuando
el pastor me pidió que deletreara mi apellido, deletreé el apellido de mi
madre. Sentí el rubor en mi rostro y no podía entender lo ocurrido pero
estaba demasiado avergonzada para corregir el error. Al recibir el
certificado, lo guardé en mi bolso y volví junto a ldabel. Nunca se lo
enseñé a nadie.
   Cuando llegué a casa me sentía triste. Había sido bautizada pero
nada había cambiado, aún no podía ver a Dios, nada era distinto.
   Continué yendo a la iglesia con ldabel algún tiempo más, por si acaso
mi bautismo no había tenido tiempo de surtir efecto. Más adelante
comencé a ir con menos frecuencia hasta que lo dejé del todo. Dije a
ldabel que simplemente no tenía fe y me respondió que posiblemente era
una obra del diablo y prometió rezar por mí. Se lo agradecí y ya no volví
a pensar más en el bautismo.
   No habiendo encontrado la fe necesaria para creer en Dios, Helen
decidió que la única verdad en la que podía creer era la racional, la
lógica, y por tanto decidió convertirse en una «intelectual» y comenzó a
leer todo lo que se publicaba. Disponía de mucho tiempo para ello
porque había engordado mucho en su preadolescencia y los muchachos
de su clase no parecían estar particularmente interesados en llamarla para
salir.
33
Al ingresar en la Universidad de Nueva York, Helen ya había perdido su
exceso de peso, pero había pasado por el instituto sin apenas contactos
sociales con sus compañeros, por lo que se sentía particularmente fuera
de sitio en las reuniones sociales y parecía tener poco que decirse con sus
conocidos a nivel académico.
   Por otro lado, sus profesores encontraron en ella una estudiante
excepcionalmente dotada. Era raro encontrar una estudiante que hubiera
leído tanto o que pudiera discutir sobre un abanico tan amplio de temas
académicos de forma tan inteligente.
   En la universidad. Helen se graduó en inglés lo que agradó mucho a
su madre, especialmente ante su anuncio de que se haría profesora de
inglés como lo había sido ella antes de casarse. Sin embargo, su
ambición real, que sólo ella conocía, era la de convertirse en escritora de
renombre, más específicamente en una novelista de fama internacional.
   Este parecía ser un objetivo muy peculiar para Helen, pues escribir le
resultaba muy dificultoso, y además se sentía tan vulnerable respecto a lo
que escribía que, aún cuando lograba poner algo sobre el papel, era muy
probable que lo escondiera y se negase a enseñárselo a nadie, ni siquiera
a su profesor de escritura creativa.
   Entretanto continuó leyendo mucho sobre diversos temas de filosofía
y literatura penetrando en los sistemas de pensamiento, en las leyes del
razonamiento y en particular de la lógica. Al asunto de vivir le prestaba
la menor atención posible.
   En su segundo año universitario conoció a un joven, Louis Schucman,
que trabajaba en la biblioteca universitaria. También él era un intelectual,
y pronto comenzaron a discutir extensamente sobre libros y filosofía.
Louis era tan sólo unos pocos centímetros más alto que el metro y medio
de Helen y siempre se había sentido incómodo con las mujeres, por lo
que estaba encantado de haber encontrado a alguien que no le hiciera
sentirse incómodo. Louis y Helen comenzaron a comer juntos todos los
días y en tres meses Louis le pidió que se casara con él. Era la única
proposición que ella había recibido y también la única que él había
hecho.
    La madre de Helen, aunque algo indecisa porque Louis era judío,
estaba encantada con la idea de que su hija contrajera matrimonio. Su
padre, por otro lado, manifestó que apenas conocía al muchacho y por
ello no podía forjar una opinión.
   Para contentar a los padres de Louis, acordaron celebrar la ceremonia
en una sinagoga. Helen estaba demasiado nerviosa para querer un ritual
muy elaborado y pidió al rabino que hiciera una ceremonia breve.
 34
    La boda se celebró en diez minutos y al acabar Helen y Louis se
fueron cada uno a su casa para seguir preparando lo exámenes finales.
    En un principio, el hecho de casarse no tuvo mucho efecto en la vida
de Helen. Le quedaban aún dos años de universidad y cuando Louis se
graduó, a las dos semanas de la boda, se mudó a vivir con Helen y sus
padres. No tenía dinero suficiente para mantener una esposa y un piso
porque lo había invertido todo en una librería que había abierto en el
centro de Manhattan.
    Aquella situación funcionó bien para Helen; su marido estaba
ocupado con el negocio de los libros, y ella lo estaba con sus estudios.
Las comidas que Idabel preparaba estaban siempre a su hora y su padre
jugaba al ajedrez con Louis por las noches.
    Helen probablemente hubiera estado encantada de seguir así in-   _
definidamente pero poco después de graduarse en la universidad, ella y
Louis tuvieron que alquilar un pequeño apartamento propio porque su
madre enfermó y el médico le prescribió que evitara los esfuerzos
propios del ama de casa.
    Los padres de Helen fueron a vivir a un hotel por lo que ya no
necesitaban los servicios de Idabel, pero como había estado con ellos
veinte años se sentían responsables de ella. Decidieron seguir
contratándola para que cuidara del apartamento de Helen y ésta, que
literalmente no sabía ni freír un huevo, estaba encantada de la
generosidad de sus padres.
    Después de la graduación, Helen intentó trabajar en la librería pero
al cabo de sólo una semana se hizo evidente que el trabajo de librera era
para ella particularmente desagradable, carente de alicientes y agotador.
Sin embargo siguió yendo a la librería durante casi un año hasta que se
vio aquejada por una grave enfermedad y el médico le dijo que debía
ser operada. Se asustó tanto que comenzó a sufrir pesadillas en las que
se veía sujetada por la fuerza a una mesa mientras le ponían una
mascarilla en la cara.
    Estuvo resistiéndose a la operación hasta que se sintió tan enferma
que no pudo posponerlo más. Volvió entonces a hablar con el médico
que le aseguró que era una operación sencilla y que en una semana
estaría plenamente recuperada. Había llegado al punto de estar tan
enferma que no podía ponerse más excusas e hizo los preparativos para
ingresar en el hospital al día siguiente.
35
  Aquella noche me senté sola e intenté organizarme. Sería mucho más
fácil, pensé, si creyera que Dios me iba a cuidar. Había una que yo
creyera en Él no hacía más probable que existiera o dejara de hacerla.
En cualquier caso no me causaría ningún daño el tratar de llegar a un
acuerdo razonable. Ponía la operación en manos de Dios por si acaso
existía, y si todo salía bien podría incluso volver a creer en Él. No tenía
nada que perder. Recé el «Padre Nuestro», puse mi operación en
manos de Dios y fui al hospital al día siguiente con la medalla de la
Virgen colgada alrededor del cuello.
    Todo salió mal. Estuve mucho tiempo inconsciente y no pude
abandonar el hospital hasta varios meses después. Una de las
enfermeras que me cuidaban era una católica ferviente. Al ver mi
medalla, pensó que yo también lo era; me comentó que habla rezado
cada día por mí y que habla ofrecido una misa en acción de gracias
cuando recuperé la conciencia. Me dijo que Dios habla sido muy bueno
conmigo y que era un milagro que hubiera superado aquel trance. Yo
no lo vela así, estaba muy enfadada por como habla ocurrido todo y
seguí enfadada durante años: si ésta era la manera que tenia Dios de
hacer que todo saliera bien, pensé, tenia un pésimo sentido del humor.
La enfermera no aprobó mi actitud y me dijo, bastante secamente, que
seguiría rezando por mí de todos modos. Le contesté que yo no podía
detener sus rezos, pero añadí que le agradecería que no pidiera a Dios
otro milagro hasta que hubiera salido de éste. De hecho, estaba
dispuesta a esperar el siguiente milagro todo el tiempo que hiciera
falta y le sugerí que le dijera a Dios que no tenía prisa. Lo que
realmente necesitaba era salir del hospital y sentirme mejor, y no me
parecía probable que las plegarias me ayudaran a lograrlo.
  Durante toda mi estancia en el hospital me encontraba ansiosa por
salir, pero cuando por fin fui a casa no me sentí muy entusiasmada. Me
sentía más bien abandonada por el Cielo y por la Tierra. Seguí
sintiéndome enferma durante mucho tiempo y finalmente me vi forzada
a reconocer que estaba mejor físicamente y declaré una moratoria
sobre mi invalidez; una decisión que el médico pensaba que debla
haber tomado hada mucho tiempo. Sin embargo, esta decisión me
ponía en una posición difícil: la enfermedad habla supuesto unas
vacaciones de mis problemas, pero éstos seguían allí y sentirme
enfadada no me ayudaba a resolverlos.
36
  Por fin se me ocurrió la posibilidad de que hubiera estado mirando
las cosas desde un ángulo equivocado. Después de admitirlo, comencé
a revisar mi vida hasta entonces y entre otras cosas volví sobre mi
larga y errática búsqueda de Dios. Estaba claro que no había hecho
progresos en ese tema. Admitía que la culpa podía ser mía; quizá,
como decía la enfermera del hospital, no apreciaba todo lo que Dios
había hecho por mí.
    Recordé la dificultad que había tenido para aceptar aquel milagro
anterior en mi infancia. A pesar de todo, pensé, lo único que la gente
puede hacer es preparar su proyecto lo mejor posible, y yo, a mi
manera, sentía que lo había hecho. No tenía sentido especular sobre
cual hubiera sido el resultado de la búsqueda si la hubiera emprendido
de forma diferente. Si Dios existía, lo que yo ponía en duda, Él mismo
podría resolver la cuestión de la religión; si no existía, bueno, las cosas
eran simplemente así. Para mí había acabado la búsqueda.
    Me di cuenta de que además de la cuestión de Dios, había otros
asuntos que había pospuesto tomar en consideración. En primer lugar
el asunto de mi marido; después de todo estaba casada y ya era hora
de que empezase a pensar en él. Él podría ser muy amable, decidí. No
era Dios, por supuesto, pero teniendo todo en cuenta, casi era mejor
así. Pensé que era el tipo de persona con la que se puede desarrollar
una buena relación. Naturalmente tomaría tiempo, y a veces sería muy
difícil, pero reconocí que ya era hora de que empezara con ello. Sabía
que éste era tan sólo uno de los pasos a dar, ya que empezaba adarme
cuenta de que necesitaba encontrar una buena forma de pasar el resto
de mi vida en la Tierra. Tenía claro que podría resultarme difícil
porque aún sabía muy poco del mundo, y también sabía que ser
«únicamente» una esposa no era la respuesta para mí, especialmente
porque Idabel se encargaba de la casa y no teníamos niños que me
ocuparan el tiempo. Al principio volví a hacer un intento en el negocio
de los libros. Mi marido, que había pasado la mayor parte de sus años
escolares haciendo novillos para ir a la biblioteca pública a leer, había
reunido una excelente colección pero bajo mi punto de vista seguía más
interesado en comprar y leer libros que en venderlos. A pesar de todo y
a base de luchar, fuimos saliendo
adelante y el dinero no constituía un problema serio; generalmente, mi
padre estaba dispuesto a ayudamos si realmente necesitábamos
37
algo.
   Aunque el negocio de los libros era claramente el lugar adecuado
para mi marido, estaba también muy claro que no lo era para mí. Iba a
la librería cada vez con menos frecuencia y cuando lo hacía,
generalmente discutía con él. Parecíamos incompatibles en los
negocios y empecé a sentirme atrapada en una situación crítica, sin
tener una idea clara de cómo salir de ella.
   Durante algún tiempo parecía como si mi búsqueda terrenal fuera a
acabar igual que la celestial, y sin embargo, a pesar de mi depresión,
me daba cuenta de que era muy libre de hacer lo que quisiera. Mi
marido me apoyó activamente, animándome a que planificara mi
carrera profesional independiente y mi padre me indicó que correría
con los gastos que supusiera mi formación. Mi problema parecía ser
que no podía tomar una decisión sobre lo que quería hacer. Era
evidente que no iba a ser la gran novelista que de joven había
visualizado. Seguí considerando una serie de caminos profesionales,
principalmente en mi fantasía y sin tomar en serio la posibilidad de
emprender una formación realista. De hecho, en aquellos momentos,
hacía ya diez años que había dejado la universidad y me daba mucho
miedo volver. La verdad es que le tenía pánico al fracaso.
   Mi marido hizo gala de una paciencia excepcional a lo largo de
nuestras largas y frecuentes discusiones acerca de mi posible actividad
profesional, pero estaba tan indecisa que tardé diez años en tomar una
decisión. Incluso después de decidirme a hacerme psicóloga, mis
esfuerzos se limitaban a discutir con mí marido, solicitar programas de
cursos, y hablar sobre posibilidades de formación con consejeros
universitarios. Realmente no sabía de que iba la psicología, tenía sólo
una vaga noción de que contendría algunas de las respuestas que yo
necesitaba. Por fin me decidí a superar mis miedos e ingresar en la
escuela para graduados pagando el precio de no tener una perspectiva
clara sobre aquella iniciativa. Volví a estudiar decidida a sacar las
mejores notas. Después de haber fracasado en la búsqueda del Cielo
estaba absolutamente determinada a triunfar en la Tierra.
Aunque Helen consideraba concluida su búsqueda de Dios, el tema de
38
la religión seguía siendo importante en su vida. A medida que se fue
implicando más en sus estudios de psicología, se fue armando de
«hechos» y «herramientas» científicas que resultaron ser los
argumentos que necesitaba para superar los últimos restos de
superstición que le quedaban. Sentía que ahora podía encarar las cosas
de forma muy realista. Estos mismos hechos fueron la base sobre la que
fue cambiando, lenta y progresivamente, su sistema de creencias
pasando de un agnosticismo desimplicado a un ateísmo iracundo. De
hecho, incluso antes de obtener el doctorado, estaba no sólo preparada,
sino ansiosa de pelearse con cualquiera que tuviera pensamientos que
estuvieran, aunque sólo fuera remotamente, teñidos de ideas religiosas.
   A pesar de, o quizás debido a su actitud, comenzaron a ocurrirle una
serie de sucesos sorprendentes. El primero de ellos ocurrió una fría
tarde de invierno cuando Louis y ella iban en metro a visitar a unos
amigos. Helen detestaba el metro, y el hecho de tener que esperar al
tren durante un cuarto de hora en medio del intenso frío no le hacía
sentirse muy animada. Cuando por fin llegó, estaba abarrotado de gente
y no había sitio donde sentarse. Una vez que consiguieron asiento, se
sintió particularmente enfadada y victimizada porque Louis se sumergió
en su periódico, olvidándose por completo de su «sufrimiento». Cuando
miró a su alrededor, todo lo que veía era gente sucia y andrajosa; al otro
lado del pasillo, un niño con una barra de caramelo en la mano pringaba
la cara de su madre, dejándole la mejilla manchada de chocolate. Otro
niño, unos lugares más adelante, recogía un chicle del suelo y se lo
metía en la boca, mientras que al final del vagón un grupo de ancianos
medio borrachos discutían en voz alta. Helen cerró los ojos asqueada y
sintiendo dolor de estómago.
   Entonces ocurrió algo sorprendente.
   Una luz cegadora pareció encenderse detrás de sus ojos y llenar
completamente su mente. Sin abrir los ojos le pareció ver una figura,
que supo que era ella misma, entrar en la luz. La figura parecía saber
con exactitud lo que hacía; se paró y se arrodilló tocando el suelo con
los codos, las muñecas y la frente en lo que parecía ser una expresión
oriental de profunda adoración. Más tarde, la figura se levantó, se puso
a un lado y se arrodilló de nuevo, haciendo esta vez descansar su cabeza
como si la apoyase en una rodilla gigante. Pareció ser rodeada
39
por el perfil de un enorme brazo y desapareció. La luz se hizo aún más
brillante y Helen sintió que el amor más intenso fluía a través de ella,
era un sentimiento tan poderoso que se quedó boquiabierta y abrió los
ojos.
    Vio la luz tan sólo un segundo más en el que sintió aquella misma
intensidad de amor por todos los pasajeros. Después, la luz desapareció
y Helen volvió a la vieja realidad fea y sucia. El contraste le
conmocionó y tardó varios minutos en recuperar la compostura.
Después cogió dubitativamente la mano de Louis.
    «No se como explicarlo —dijo con voz temblorosa—, es muy difícil
de describir... pero, bueno.» Dudó un momento sin saber qué decir.
«Bien ... he visto una gran luz y muchas olas de amor que salían de
ella, y al abrir los ojos sentía amor por todos. Después desapareció
todo... el sentimiento, todo. No entiendo lo que me ha pasado.»
    Louis que había estado en contacto con escritos místicos durante
años no pareció sorprenderse mucho. «No te preocupes -le dijo re-
confortante-. Es una experiencia mística muy común, no vuelvas a
pensar en ella», y volvió a su periódico.
    Helen siguió su consejo pero sin conseguirlo del todo. Aunque no
volvió a pensar en ello seriamente durante años, la experiencia per-
maneció en algún lugar de su mente, esperando captar su atención
cuando le volviera a pasar algo parecido. Entretanto continuó con sus
estudios y su ateísmo permaneció inalterable.
    Helen recibió el doctorado en 1957 y fue elegida como miembro
honorario por Sigma XI, la Sociedad Científica Nacional. Inmediata-
mente le fueron ofrecidas una serie de oportunidades sin haberlas
buscado. La universidad remitió una solicitud de beca para ella basada
en su tesis doctoral, y su financiación fue aprobada. El proyecto
funcionó y el director del departamento le propuso un puesto de pro-
fesora. Entonces ella volvió a remitir nuevas propuestas con lo que su
suerte cambió, y al ser rechazadas se encontró sin trabajo.
    Helen sabía que con los excelentes contactos de que disponía, no le
costaría mucho que le ofrecieran otro puesto. Sin embargo estuvo varias
semanas sin hacer nada recriminándose amargamente su mala suerte y
sintiéndose cada vez más miserable entre tanto. Finalmente reconoció
que no estaba manteniendo una posición muy razonable y cogió el
teléfono para llamar a uno de aquellos amigos que pensaba
40
que podrían ayudarle. Éste inmediatamente le proporcionó una lista de
posibilidades prometedoras. Helen iba a intentar contactar con el primer
nombre de la lista cuando su amigo volvió a llamar:
    —Olvídate de la lista que te di -dijo enfáticamente-. ¿Conoces a Bill
Thetford?
    —Nunca he oído hablar de él —contestó Helen.
    —Llámale ahora mismo —continuó su amigo—; es el director del
departamento de Psicología del Hospital Presbiteriano.
Este es su número, y cuando hables con él, dile que eres la persona que
estaba buscando.
    Helen no tenía ningún deseo especial de trabajar en un entorno
médico y lo que le habían dicho acerca del trabajo no era muy atra-
yente. A pesar de todo, cogió el teléfono y llamó a Bill Thetford.
A la mañana siguiente, a las diez, se presentó en el hospital para asistir
a la entrevista que había concertado con Bill, y cuando entró en su
despacho, la primera vez que lo vio, hizo para sí misma un comentario
silencioso que no pudo comprender: «Ahí está -se dijo-. Ese es el
hombre al que tengo que ayudar.
41
                      CAPÍTULO 3
    EL siguiente lunes, cuando Helen llegó al hospital para comenzar a
trabajar, Bill no sabía muy bien qué hacer con ella. El programa aún no
tenía asignado un espacio de trabajo y él ni siquiera sabía cómo ponerlo
en funcionamiento.
    Logró encargar un escritorio para ella y colocarlo en una esquina
dentro de un espacio libre que había junto a su oficina. Este sería el
cuartel general de Helen durante los dos meses siguientes.
    Si Bill no disponía de espacio adicional para Helen y el resto del
personal contratado, no era porque no lo hubiera solicitado; lo había
intentado por todos los medios pero simplemente no conseguía que,
desde el Decanato hacia abajo, nadie tomase una decisión. Si hubiera
sabido que esa forma de pasarse la pelota "unos a otros era típica de lo
que iba a encontrarse en casi todos los aspectos de su trabajo en el
Centro Médico, probablemente hubiera dimitido de inmediato. Sin
embargo, no sabía que este tipo de comportamiento era el habitual, así
que decidió abrirse camino hasta encontrar a alguien con la autoridad
necesaria para aprobar al menos uno de los dos planes que había
diseñado.
    Una de las razones por las que Bill se encontraba con tantos
problemas frustrantes era la de que era responsable ante cinco di-
rectores específicos diferentes: el presidente del departamento de
Psiquiatría, el presidente del Hospital, el vicepresidente encargado de
asuntos profesionales, el decano del Colegio de Médicos y Cirujanos y
el presidente de la Universidad de Columbia, así como ante otros varios
vicepresidentes de servicios especiales. Como resultado de esta
situación era casi imposible terminar los trabajos, por no hablar de
concluirlos de forma expeditiva. Sin embargo, uno de sus trabajos era
precisamente el de hacer los cambios necesarios para resolver muchos
de los problemas que se habían ido multiplicando a lo largo de los años.
A cada paso que daba, sin importar lo que tratara de conseguir,
encontraba una enorme oposición de los profesionales médicos y del
personal administrativo que siempre estaban luchando por preservar y
ampliar sus propios dominios.
41
    Además, el departamento de Psicología, una sección del de Psiquiatría,
era uno de los que menos prioridad tenía en todo el hospital ya que era un
departamento que despertaba muy poco interés antes de la llegada de Bill
y los salarios del personal profesional de aquel departamento era menores
que los de las secretarias. Aunque Bill sintió que sería importante
reemplazar a diversas personas que no tenían la formación adecuada, era
virtualmente imposible encontrar personal cualificado que los reemplazara
con el nivel salarial que el hospital ofrecía.
    Estos eran algunos de los problemas que Bill tenía cuando Helen entró
en el departamento, y en poco tiempo se hizo una idea precisa de cual era
situación. Pasaron dos meses antes de que al proyecto le fuera fijado un
espacio de trabajo y para entonces, Helen, que aún seguía en el rincón que
Billle había asignado «temporalmente» el primer día, estaba a punto de
dimitir. Sin embargo, en vista de cómo se desarrollaron posteriormente los
acontecimientos parece que la elección no le correspondía tomarla a ella;
este era el lugar donde debía permanecer.
    En un principio, incluso en el nuevo espacio, Helen encontró el trabajo
horrible. La situaron en un edificio diferente al de Bill, con quien
colaboraba muy estrechamente, y encima el trabajo era aburridísimo y se
sentía en la peor situación de su vida. Además de lo rutinario del trabajo,
Helen sintió enseguida a su alrededor una atmósfera de sospecha y
ambición a la que no se había enfrentado anteriormente.
    Además, Helen y Bill tenían un problema aún más serio: aunque se
respetaban profundamente, cada uno de ellos provocaba lo peor del otro.
Esto se hizo más evidente a medida que fueron pasando los meses y no
hizo sino añadir más tensión a sus vidas respectivas. Parecía que hicieran
lo que hicieran, trabajar juntos en la propuesta de una beca o decidir donde
ir a comer, no había manera de llegar a alcanzar acuerdos fácilmente.
    A pesar de ello, o quizás debido a ello, ambos sabían que necesitaban la
ayuda y el apoyo del otro para arreglárselas con la multitud de problemas
que juntos debían enfrentar en el campo profesional. Era evidente para los
dos que debían intentar hacer algo para cambiar los sentimientos de
hostilidad y resentimiento que parecían estar grabados en toda la gente con
la que tenían que tratar. Si no hubieran tenido la esperanza de cambiar el
entorno, ambos hubieran buscado otro lugar de trabajo más pacífico.
Acordaron intentar resolver juntos los problemas del departamento. En un
principio dedicaron sus esfuerzos a hacer propuestas de concesión de
becas para intentar atraer recursos financieros a muchas de las áreas que
esta
42
 ban bajo la responsabilidad de su departamento, pero el resultado fue
 descorazonador. Aunque no ponían en duda su objetivo común, parecía que
 Bill no podía escribir un párrafo que Helen no quisiera cambiar ni Helen
 podía hacer una sugerencia sin que Bill la cuestionase con determinación.
    El trabajo mismo era agotador y sus actitudes conflictivas lo hacían aún
 más extenuante. Trabajaban por la noche y los fines de semana, y cuando no
 estaban juntos, discutían por teléfono. A medida que pasaba el tiempo,
 parecía que los avances producidos por sus esfuerzos eran muy pequeños;
 seguían discrepando respecto a la política a seguir y su relación personal no
 mejoraba.
    El volumen de personal era enorme, con lo que Bill estaba sometido a
 una tremenda presión tan sólo para que las cosas no funcionaran peor que
 antes. A pesar de sus concentrados esfuerzos por trabajar en pro de un
 objetivo común, su relación personal reflejaba la tensión a que se hallaban
 sometidos. Para empezar tenían poco en común: Bill, catorce años más
 joven que Helen, era básicamente una persona optimista que a pesar de los
 formidables obstáculos que enfrentaba, mantenía la creencia subyacente de
 que existía una salida ante cualquier situación difícil y que con
 perseverancia siempre se podía hallar. Por otro lado, Helen era una persona
 ansiosa casi hasta el paroxismo y aunque intentaba mantener una fachada de
 alegría, su pesimismo subyacente y su inseguridad siempre acababan por
 aflorar. Además, ambos trataban sus problemas interpersonales de forma
 diferente: Bill tendía más a retirarse cuando percibía que una situación se
 volvía absorbente o forzada, mientras que Helen tendía a implicarse
 totalmente y como resultado acababa sintiéndose atrapada, resentida y
 obligada. De esta forma, a medida que su interdependencia había ido en
 aumento, también cada uno de ellos tenía más ira contenida hacia el otro
 porque ninguno de ellos cedía en su actitud y los genuinos intentos de
 cooperación que a veces surgían por parte de uno o de otro, eran dificultados
 por el rencor mutuo que sentían.
    A pesar de que sus sentimientos personales fueran de este tipo,
 compartían una sensación de compromiso común que impedía la renuncia
 de Helen e impulsaba a Bill a proteger su futuro. Cuando al proyecto
 original por el que Helen pudo ser contratada se le retiró la prioridad,
 reduciéndose su volumen, Bill asignó a Helen el único puesto vacante que
 estaba bajo su control directo, asegurándole de esta forma la continuidad
 laboral.
   En 1963, el presidente del departamento designó a Bill para el comité de
planificación de las investigaciones, un grupo cuya responsabilidad era la
asignación del espacio en el nuevo edificio de investigación que iba a ser
43
construido. Este fue un honor especial para Bill, algo que no se le había
ofrecido nunca con anterioridad ni se le volvería a ofrecer. Al tener por
primera vez la oportunidad de crear espacio de oficinas para su propio uso,
Bill planificó la creación de dos despachos y una secretaría en una remota
sección del edificio, lejos de las zonas de mayor tránsito. En un principio, no
supo porque había ordenado crear dos despachos pues no había razón para
ello. Como diría años después: «No me daba cuenta de lo necesario que era
que Helen y yo estuviéramos juntos».
   En verano de 1965 se terminó de construir el nuevo edificio y estaba listo
para ser ocupado. En medio de las luchas personales y profesionales, Bill se
las arregló para trasladarse al nuevo edificio e hizo que Helen se trasladara al
despacho contiguo al suyo. Aunque sus dificultades a nivel psicológico se
mantenían, los obstáculos físicos a su trabajo en común habían sido
eliminados.
   Una tarde, justo antes de la reunión semanal del equipo de investigación a
la que ninguno de ellos quería asistir debido a la competencia salvaje que
solía aflorar en aquellas reuniones, ocurrió algo: Bill entró en el despacho de
Helen, y obviamente quería decir algo que le costaba expresar. Al fin respiró
profundo, se ruborizó ligeramente, y soltó su discurso. Más adelante admitió
que sus palabras sonaban triviales y sentimentales y que no esperaba una res-
puesta favorable de Helen, pero a pesar de todo dijo lo que sentía que tenía
que decir: había estado dando vueltas a las cosas y había llegado a la
conclusión de que sus actitudes estaban equivocadas. Y continuó: «Debe
haber otra forma de hacer las cosas. Nuestras actitudes son tan negativas que
no podemos resolver ningún problema», y concluyó diciendo que había
decidido intentar mirar las cosas desde otro punto de vista.
   Muy en concreto propuso intentar mostrar una actitud diferente aquel
mismo día en la reunión. Él no se enfadaría, y estaba determinado a
contemplar al lado constructivo de lo que la gente decía y hacía. Estaba
determinado a cooperar en vez de competir y añadió que obviamente habían
estado llevando una dirección equivocada y que era el momento de encontrar
una nueva. Fue un discurso largo y además se expresó con una vehemencia
fuera de lo común. Al acabar, esperó con cierta incomodidad la respuesta de
Helen pero ésta no fue la que esperaba: se puso de pie de un salto diciendo a
Bill con convicción que tenía razón y que ella también intentaría mostrar una
actitud diferente.
   A cierto nivel, esta unidad de propósito representaba un compromiso real
sin precedentes en su relación, y pareció ser la señal de una serie de sucesos
destacables que ocurrieron durante el verano de 1965.
44
    La reunión del personal en la que Bill comenzó con su nueva estrategia
empezó de forma parecida a otras docenas de reuniones similares a las que
habían asistido a lo largo de los años, pero a medida que los distintos puntos
de vista eran defendidos o atacados, algunos de los participantes sintieron una
sutil diferencia en el ambiente general de la sala. Allí donde Bill antes se
hubiera defendido, ahora simplemente escuchaba y proponía tomado en
consideración. Cuando algunos miembros del personal se justificaban por no
haber finalizado su trabajo, se aceptaban sus excusas con la esperanza de que
en un futuro el individuo en cuestión no estuviera tan sobrecargado de
trabajo. De forma sorprendente para Bill, sus respuestas parecían generar
repuestas similares en los demás participantes.
    Aunque no se lograran innovaciones significativas en las relaciones
personales a lo largo de las primeras semanas de su búsqueda de una «forma
mejor de hacer las cosas», Bill Y Helen notaron un ambiente claramente
menos agresivo en las reuniones a las que asistían, y para el final del verano,
la atmósfera en cuanto a relaciones personales en todo el departamento había
cambiado casi completamente. Las tensiones disminuían, los antagonismos
desaparecían. Muchos de los miembros del personal que no tenían la
formación adecuada se fueron del departamento (de forma amistosa) y
entretanto gente mucho más competente se presentaba para reemplazada de
forma casi inmediata. Los esfuerzos de Bill y de Helen no siempre eran
consistentes, incluso a veces no los hacían con mucha convicción, pero el
compromiso de fondo permanecía inamovible y no cabe duda de que sus
esfuerzos ayudaron a producir algunos resultados importantes. En el espacio
de tres meses, el departamento dio señales de funcionar de forma más suave,
y la moral empezó a mejorar hasta el punto que Bill se dio cuenta de que la
gente se sonreía de vez en cuando.
    Sin embargo sus primeros esfuerzos por mejorar su relación mutua no
tuvieron éxito. Aunque intentaban ser comprensivos y compasivos, a menudo
los obstáculos psicológicos que enfrentaban eran demasiado grandes para
poder superarlos. Así, mientras las relaciones con los miembros del
departamento y de otros departamentos siguieron mejorando drásticamente,
entre ellos mismos aún experimentaban estallidos de total antagonismo. Y
aunque luego llegasen a reconocer que éste era infundado, sabían con mucha
claridad que aún les quedaba mucho trabajo por hacer si habían de superar
aquellas respuestas casi paulovianas a las que se habían acostumbrado.
Mientras intentaban asiduamente poner las cosas al derecho entre ellos, Helen
comenzó a notar cambios en sus «imágenes mentales»,
45
 esas imágenes que había estado viendo de vez en cuando durante toda su
vida. Las «fotografías» en blanco y negro comenzaron a aparecérsele en
color y en movimiento y además en secuencias significativas. Sus sueños
comenzaron a tener las mismas características y a menudo continuaban
con el tema comenzado antes de dormir.
   Entre junio, cuando Bill y yo hicimos el compromiso de cambiar de
actitud, y octubre, tres líneas más o menos claras de secuencias de
fantasía y sueños alcanzaron mi atemorizada conciencia. Aunque se
superponían hasta cierto punto, las describiré por separado esperando
que así se comprendan más claramente. No se si eran representaciones
simbólicas, como las imágenes oníricas, o si de alguna manera estaban
asociadas a hechos reales.
   Las observaba como si fueran películas y me sentía más como una
espectadora de ellas que como partícipe, incluso cuando contemplaba una
figura que sabía que era yo misma.
   La primera de las tres series fue introducida por una imagen femenina
desconocida, totalmente envuelta en su vestimenta, arrodillada y con la
cabeza inclinada hacia adelante; llevaba las muñecas y los tobillos atados
con pesadas cadenas. Junto a ella, en un trípode, había un gran brasero
metálico del que salía un fuego que se elevaba por enncima de su cabeza.
Parecía ser algún tipo de sacerdotisa y el fuego parecía estar conectado
con algún tipo de antiguo rito religioso. Esta figura se me apareció
recurrentemente, cada día durante varias semanas, aunque cada vez
podía distinguir en ella algún cambio. Se le fueron cayendo las cadenas y
fue levantando la cabeza. Muy lentamente se fue poniendo de pie y sólo le
quedaba un trozo de cadena muy corto atado a su muñeca izquierda. El
fuego refulgía con un brillo desacostumbrado a medida que se levantaba.
Yo no estaba preparada para las profundas emociones que las imágenes
despertaban en mí y tampoco las entendía.
   Cuando la figura de la sacerdotisa levantó los ojos y me miró, me sentí
muy atemorizada. Estaba segura de que su rostro expresaría ira y sus ojos
estarían llenos de desprecio hacia mí. Las primeras veces que apareció,
miré hacia otro lado, rehuyéndola, pero al final decidí mirarle
directamente a la cara
y al hacerla, se me llenaron los ojos de lágrimas. Su rostro era suave y
estaba lleno de compasión, y sus ojos eran indescriptibles. La palabra con
que mejor se la pude describir a Bill era la
46
de «inocente». Ella nunca vio en mi lo que yo tanto temía que
encontrara, nada que la hiciera condenarme. La amaba tanto que
literalmente caí de rodillas ante ella. Más adelante traté de unirme a ella
cuando se hallaba junto a mí, ya fuera deslizándome a su lado o
tratando de acercarla a mí, pero no lo conseguí.
    Mi siguiente reacción fue aún más peculiar; repentinamente me sentí
bañada por una ola de alegría tan intensa que casi no podía respirar.
Pregunté en voz alta: «¿Significa esto que puedo recuperar mi
función?». La respuesta, silenciosa pero muy clara fue: «¡Desde
luego!». No hubiera creído posible que existiera una felicidad como la
que esa respuesta provocó en mí y durante un rato repetía: «¡Es
maravilloso! ¡Es maravilloso!». No parecía caber ninguna duda sobre el
hecho de que había una parte de mí que me era desconocida pero que
entendía con exactitud el significado de todo aquello. Era un tipo de
conciencia escindida que llegaría a serme muy familiar más adelante.
    Al igual que la primera, la segunda serie de imágenes me llegaba más
bien como breves percepciones que como fantasías, y a veces también se
me mostraban en sueños en los que aparecíamos tanto Bill como yo en
distintas relaciones. La cronología real era muy confusa: situaciones
aparentemente muy antiguas se mezclaban con otras casi
contemporáneas. En la primera imagen de la serie, me veía en una barca
remando frenéticamente pero sin llegar a ninguna parte. Mirando a mi
alrededor identifiqué el lugar como Venecia y la barca era una góndola.
Cerca de mí había un hombre alto y delgado, muy parecido a Bill,
apoyado en un poste rayado que emergía del agua. Tenía los brazos
cruzados y me miraba con seriedad burlona. Estaba segura que era Bill
vestido. de gondolero pero tenía lentejuelas brillantes en el traje. No se
movía ni hablaba. Poco después me di cuenta de que la góndola estaba
atada al muelle con una gruesa cuerda. Era una situación estúpida; ha-
bía estado haciendo un gran esfuerzo para conseguir lo imposible. Bill
no me ayudó, pero su sonrisa no era malévola.
    Los siguientes sucesos de la serie, evocaban otros sentimientos
diferentes. Bill apareció otra vez como torero con un traje espectacular,
dorado de arriba a abajo. Tenía la ligera sensación de que había un
ruedo en el fondo pero no estaba nada claro. En su siguiente aparición,
era un brujo; llevaba plumas en los tobillos y en las muñecas y estaba
vestido con una falda de ar-
47
pillera y un imponente tocado de plumas blancas y piedras brillantes. Yo
vestía una simple falda tejida a mano. Ambos éramos negros y
estábamos en un claro en medio de la espesa selva. Parecía haber
venido a pedirle ayuda y él respondía a mi petición con un extraña
danza, acompañada de fuertes gritos en una lengua que no entendía. Al
principio me sentí reconfortada, pero después tuve miedo y le pedí que se
detuviera. No parecía oírme en medio del ruido que hacía con sus toscos
instrumentos de madera y los tambores que sonaban de fondo. Salí
gateando aterrorizada, con las manos sobre las orejas en un frenético
esfuerzo por no oír aquellos sonidos. No miré atrás.
    El siguiente episodio en el que aparecíamos Bill y yo parecía ser una
historia dentro de otra historia. Uno de los temas se extendía en diversas
fases antes de llegar a su macabra conclusión. Yo era una sacerdotisa en
lo que parecía ser un templo egipcio, aunque creo que podría haber sido
aún más antiguo.
    Había enormes piedras vagamente alineadas a los lados y detrás del
edificio pero no las divisaba con claridad porque el interior estaba muy
oscuro. Incluso en aquella oscuridad podía distinguir que el templo era
imponente. El altar, que era el único lugar intensamente iluminado del
edificio era particularmente espléndido. Estaba iluminado por una luz
muy brillante cuyo foco no pude identificar. Joyas magníficas
resplandecían a su alrededor, y su superficie de piedra lisa y pulida
reflejaba la luz como un espejo. La gran sacerdotisa llevaba un vestido
muy elaborado y tenía puesta una corona en la que faltaba la piedra
central. .
    En el primer episodio de la serie, yo estaba de pie ante el altar
inclinada sobre Bill que yacía en el suelo casi desnudo. Tenía una punta
de lanza en la mano y su filo descansaba sobre la frente de Bill, entre sus
ojos. Después me fueron llegando diversas imágenes retrospectivas de
cómo se había producido aquella primera escena: había habido una
rebelión de esclavos y yo iba a matar a Bill, el líder de la revuelta, que
se las había ingeniado para robar el gran rubí central de la corona de la
sacerdotisa.
    No era un rubí ordinario porque daba a quien lo llevara puesto
poderes mágicos. El ladrón había de morir para que los poderes
volvieran a la sacerdotisa, cuya religión era la del poder y la esclavitud.
Rebelarse contra ella era ir en busca de la muerte.
48
    Entonces ocurrió algo inesperado. Era consciente de albergar
intensos sentimientos de rabia y revancha mientras me preparaba para
incrustar la punta de lanza entre los ojos de Bill. Él no parecía
especialmente atemorizado, simplemente miraba y esperaba. Yo me iba
tensando a medida que me preparaba para clavarle la punta de lanza.
Entonces tuve un momento de duda y supe que todo había acabado para
mí, Bill viviría y yo iba a morir. Cuando solté la punta de lanza mi
muerte estaba asegurada. En la escena final de la serie, yo estaba sola y
me hallaba en el escalón más alto de una larga escalera ante una
enorme puerta cerrada con candados. Estaba fuera del templo, mi co-
rona y mi vestido dorado habían desaparecido, vestía un amplio vestido
blanco manchado por los lados y con el cuello roto. Ante mí no había
más que desierto, el viento arrojaba arena en mi cara y podía ver huesos
blancos esparcidos a cierta distancia por los alrededores; los míos
pronto acabarían también allí. Me maldije amargamente por haber
permitido que esto ocurriera, la cólera literalmente me hacía temblar.
Según iba descendiendo por la escalera la sed ya mordía mi garganta y
podía oler la muerte en el aire.
    El efecto emocional de este episodio fue intenso y duradero. Todavía
me sentía enfadada cuando desaparecieron las imágenes y a la mañana
siguiente tuve un estallido de rabia al contárselo a Bill, especialmente
cuando le dije lo del robo del rubí. Era como si estuviera ocurriendo de
nuevo. Ante mis ojos emergió una imagen del hermoso rubí con sus
destellos rojizos y por un momento la escena se convirtió en realidad
para mí. Una vez más me regañé a mi misma por dejarme morir por un
esclavo rebelde, por un simple ladrón. Apenas podía contener mi furia
hacia Bill que, comprensiblemente, se sentía molesto. Yo también lo
estaba y la intensidad de mi enfado nos sorprendió a ambos. El siguiente
episodio de la serie tardó en aparecer; era como si me tuviera que
recuperar un poco antes de continuar. Afortunadamente, la siguiente
entrega fue distinta aunque tampoco acabó bien para mí.
    Bill, un monje franciscano con hábito marrón y sandalias, leía en
silencio un librito según daba vueltas al claustro de un monasterio que
rodeaba a un pequeño jardín, verde y muy cuidado. En medio de él había
una preciosa fuente en la que se bañaban los pájaros y a su alrededor,
en cuadros sobre la hierba, crecían filas de flores de vivos colores. No
estaba segura de la
49
época en que se desarrollaba la escena pero el monasterio parecía estar
en España. Yo iba vestida de negro y caminaba despacio por el claustro
hacia Bill. Tenía la cara cubierta por un velo, mantenía la mirada baja y
las manos juntas como si rezase. Cuando llegué ante Bill me arrodillé
como una penitente y humildemente le pedí perdón. Él no me miró. Sentí
un arrebato de cólera y me levanté acusándole de ser un desalmado. No
pareció oírme y simplemente continuó leyendo sin apartar los ojos del
libro. Me retiré enfadada e impotente y la imagen se disolvió lentamente
dejando la situación inconclusa.
    La siguiente escena en orden de aparición parecía ser tan antigua
que se remontaba a los orígenes del tiempo. Yo era de nuevo una
sacerdotisa pero esta vez de un tipo totalmente diferente. Esta
sacerdotisa se parecía mucho a la de los ojos inocentes que había visto
liberándose de sus cadenas para emerger a la libertad. Se escondía del
mundo en un pequeño templo de mármol blanco erigido en medio de un
amplio y verde valle. No estaba segura de que su cuerpo fuera
totalmente sólido; de hecho, lo que podía distinguir era la silueta de una
mujer pequeña y delgada vestida de blanco, que nunca se asomaba al
mundo más allá de la puerta de una pequeña habitación que contenía un
altarcito de madera lisa. Sobre él ardía una pequeña llama de la que
salía una columna de humo blanco. La sacerdotisa se mantenía cerca del
altar sentada en un banco de madera y rezando con los ojos cerrados
por aquellos que venían a solicitar su ayuda.
    En alguna ocasión pude ver el valle alrededor del templo. Unas veces
parecía no haber nadie allí, pero otras había una enorme columna de
gente desfilando muy alegremente. La columna parecía extenderse
indefinidamente en ambas direcciones y pude sentir la profunda
sensación de libertad y unidad que cada uno de aquellos individuos
sentía al avanzar hacia una victoria segura. No sabía cómo les ayudaba
la sacerdotisa pero de alguna manera, sentía que sus plegarias suponían
una contribución esencial. También estaba segura de que la gente venía
a pedirle ayuda de todas partes y, de hecho, algunos desde muy lejos. Sin
embargo, no le hablaban directamente; se arrodillaban en una repisa a
lo largo del muro que separaba el interior del templo del exterior y
exponían sus necesidades a un hombre que parecía servir de
intermediario entre la sacerdotisa y el mundo. Él se quedaba en un
amplio es-
50
pacio cerrado que separaba a la sacerdotisa de la gente que pedía
ayuda y hacía llegar sus necesidades hasta ella.
    Durante algún tiempo no pude ver la cara del hombre y tardé
aún más tiempo en reconocer que era Bill. Él jugaba una parte
fundamental en el hecho de permitir a la sacerdotisa cumplir su
función: cuando la gente le decía lo que necesitaba, él iba a la
puerta de su habitación y simplemente decía que había habido una
petición de ayuda; sólo decía que había un hermano pidiendo ayuda
y él la solicitaba en su nombre. La sacerdotisa nunca preguntaba el
nombre de nadie, ni los detalles de las peticiones. Siempre rezaba
de la misma manera, sentándose en silencio junto a la llama del
altar. Nunca pensó que se pudiera negar ayuda a nadie: ella
siempre estaba junto a Dios y mantenía la pacífica certidumbre de
su Presencia allí con ella. Estaba segura de que era yo, y
simultáneamente no lo estaba tanto. Lo que sí era completamente
cierto es que yo la contemplaba con mucho amor.
    De nuevo, el siguiente episodio supuso un cambio dramático.
Bill y yo éramos esclavos en lo que parecía ser América en el siglo
XIX. Estábamos casados aunque yo sentía un profundo desprecio
por él. Él era más viejo, de piel mucho más oscura y muy religioso
aunque de un forma bastante ingenua. Yo no encontraba
justificación a su fe infantil en Dios. También confiaba en mí de
forma igualmente inocente y yo sabía que esta fe no estaba
justificada. La historia era bastante borrosa pero pude hacerme con
una serie de datos de lo que estaba ocurriendo. Yo era casi blanca y
completamente amoral. Gustaba a los hombres blancos y
comerciaba con sus favores. Había hecho un acuerdo por el que yo
ganaba mi libertad a costa de Bill. No le oculté mis planes, de
hecho, me gustó contárselos. Él no me culpaba ni trataba de
interferir. Le di la espalda y salí bruscamente pero la tristeza de sus
ojos permaneció en mi recuerdo.
    La serie acababa con una nota final de realización, incluso de
gloria. Me hallaba en una habitación en lo que parecía ser el piso
más elevado de un edificio eclesiástico. Bill, sentado ante un gran
órgano antiguo, tocaba el Aleluya de Haendel mientras su cara
resplandecía de alegría. Habíamos alcanzado nuestro objetivo; yo
estaba ante un altar de madera marrón sobre el que se destacaban
dos palabras, una debajo de la otra. No podía imaginar un par de
palabras menos apropiadas para estar juntas. La palabra de arriba
era «Elohim» y aunque entonces no
51
conocía su significado, más tarde aprendí que es uno de los nombres
de Dios en hebreo. La otra palabra, «Evoe», la identifiqué con el
grito de los adeptos griegos de Dionisos cuando celebraban sus ritos.
    Mientras miraba las palabras, un rayo que venía de la parte
posterior de la iglesia golpeó en el altar y borró la segunda com-
pletamente. Sólo quedó «Elohim» escrito en brillantes letras de oro.
El tono del Aleluya fue en aumento, y una figura refulgente de luz que
inmediatamente reconocí como Jesús salió de detrás del altar y se
aproximó hacia mí. Comencé a arrodillarme ante él, pero él rodeó el
altar y vino a arrodillarse a mi lado ante el altar. Bill se levantó y fue
a arrodillarse al otro lado de la figura y entonces una voz con la que
me iría familiarizando cada vez más, dijo con palabras silenciosas
pero claras: «Ese altar está en ti». El impacto emocional de esta
conclusión fue tan fuerte que rompí a llorar.
    La tercera serie de imágenes, que se presentó de la misma forma
que las anteriores, duró más tiempo y fue apareciendo en forma
progresiva. A través de esta serie de imágenes, una figura masculina
de identidad incierta surgía de vez en cuando para ayudar.
Generalmente no podía reconocerlo, a veces pensaba que podía ser
Bill y otras vagamente sospechaba que podía ser Jesús. Esta serie
empezó de forma parecida a la anterior y de forma menos evidente
que la primera. Vagando por las orillas de un lago, llegué a un bote
vacío que estaba volcado hacia un lado. Estaba fuertemente sujeto
por gruesas cuerdas atadas a un ancla profundamente hundida en el
barro que también cubría parte del bote. Evidentemente, había sido
abandonado hacía años.
    Sabía que no podría soltar la barca sin ayuda pero a pesar de
todo me sentí obligada a intentarlo. Tiré inútilmente de las cuerdas
que eran tan pesadas que apenas si podía levantarlas. Además, me
resbalaba en el barro y me caía una y otra vez. Pedí ayuda a gritos
pero no había nadie que pudiera oírme, el lugar parecía desierto. La
situación era frustrante, yo me daba cuenta de la importancia de
soltar la barca pero también era consciente de mi incapacidad para
hacerlo. Entonces me llegó la respuesta: lo había estado haciendo de
forma equivocada.
    «Evidentemente —me dije a mí misma—, hay un potente equipo
para recibir mensajes y trasmitirlos, aunque no haya sido usado
durante años aún funciona y es la única manera
52
que tengo de conseguir ayuda». En este punto finalizó el primer
episodio.
    Después pasaron algunas cosas que no estaban muy claras,
apareció un hombre de alguna parte y juntos arrastramos el ancla
sacándola del barro, enderezamos la barca y finalmente la pudimos
meter en el agua. Entonces comenzó a moverse aunque al principio el
ancla aún tiraba un poco. Pasado un rato la barca fue ganando
velocidad y pareció tomar una dirección definida. No sabía a donde
se dirigía pero aparentemente no necesitaba saberlo, parecía que el
hombre que venía conmigo lo sabía yeso era suficiente.
    Después de un rato el agua comenzó a estar picada y yo empecé a
tener miedo. Afortunadamente, en el siguiente episodio el hombre
apareció vestido para la ocasión: llevaba un impermeable amarillo,
casco y botas. Yo conducía erráticamente cuando llegó y tomó el
timón.
    —Ve allí y siéntate —me dijo en tono firme pero amistoso—. Viene
una oleada de mal tiempo, así que yo conduciré mientras dure y luego
te paso el timón.
    Me senté en un banco en cubierta sintiéndome un poco incómoda.
    —Quizá deberíamos llamar pidiendo ayuda -sugerí tímidamente—
Creo que hay un equipo receptor y transmisor muy bueno ahí dentro.
Quizá podríamos usarlo.
    —Mantente alejada de él por el momento —contestó el hombre
con firmeza—. No estás preparada para usarlo y sólo te causaría
problemas. Cuando lo estés, yo te avisaré pero entretanto no te
preocupes, lo superaremos.
    Observé confiada como llevaba el barco con gran habilidad a
través de un estrecho corredor y en medio de una tormenta. Enormes
olas alzaban la proa y la lluvia caía sin cesar del negro cielo.
Curiosamente ni siquiera me mojé. Gradualmente fuimos entrando en
aguas más tranquilas y volví a encontrar el timón de nuevo en mis
manos.
    El hombre volvió a aparecer la siguiente vez recostado en un lado
de la barca, cómodamente vestido con pantalones cortos y camisa
veraniega de cuello abierto. El tiempo era cálido y soleado, el agua
suave, y resultaba fácil navegar. Estábamos de pie junto al timón
charlando; me di cuenta de que él llevaba una cadena de oro
alrededor del cuello de la que colgaba un símbolo dorado que no me
era familiar. Pensé que podía ser una letra
53
hebrea y recordé algo: «Tengo uno igual —dije mirándolo— De
hecho, lo llevo puesto.
    —Ya lo sabía —respondió el hombre sonriendo.
    —Sólo que... —añadí—, el mío va al revés.
    —También lo sé —dijo él mientras seguía sonriendo—. En
realidad, este también es tuyo. Me lo quedaré un tiempo más pero
prometo devolvértelo cuando puedas utilizarlo.
    Ambos símbolos, imágenes inversas uno del otro, se grabaron tan
claramente en mi mente que más tarde pude dibujarlos en papel.
Algún tiempo después me encontré con un amigo mío, erudito judío, y
le pregunté si podía reconocerlos. Pareció confundido en un principio
y después dijo: «Por supuesto, el símbolo del milagro de la
inversión». Tuvo que explicarme su significado: «Cuando Moisés bajo
de la montaña donde había hablado con Dios, llevaba unas tablas en
las que estaba escrita la palabra de Dios. El milagro era que las
palabras podían ser leídas correctamente en ambos sentidos, lo que
obviamente hubiera sido imposible si hubieran sido palabras
normales». Mi reacción ante esta información fue una mezcla curiosa.
Por un lado estaba encantada e impresionada, por otro lado tenía
miedo. Todavía no podía creer que los sueños y las fantasías fueran
otra cosa que intentos poco realistas de realizar deseos y
por tanto pude deshacerme de mucho de lo que había visto y oído. Sin
embargo, esto no me resultó tan fácil de dejar pasar
    Helen relataba estas experiencias a Bill y a su marido a medida
que le sucedían. A Louis, como a Helen, toda esta situación le pro-
ducía mucha ansiedad por lo que simplemente dejó de contarle lo
que la pasaba. Por otro lado, Bill estaba muy interesado en esta se-
rie de imágenes, lo que no ayudaba a mitigar la ansiedad de Helen;
y aunque Bill le proporcionaba mucho apoyo, ella seguía sintién-
dose amenazada por aquellos fenómenos. No le gustaban ni los de-
seaba, y en general le hacían sentirse muy inquieta porque creía
que el tipo de imágenes mentales en que estaba implicada era
propio de los pacientes psiquiátricos que ella misma atendía. A
medida que sus experiencias continuaron, incluso llegó a decir a
Bill que podía estar volviéndose loca y que debía someterse a un
examen psiquiátrico.
    —¿Por qué no lo dejas estar y permites que suceda? Tengo la
sensación de que puede tener algo que ver con aquel discurso que
te di sobre intentar encontrar otra forma de tratar las relaciones
difíciles —añadió para reconfortada.
54
    Aunque Bill, al igual que Helen, no tenía ningún interés ni
conocimiento de nada remotamente relacionado con los fenómenos
psíquicos, le pareció obvio que algo paranormal estaba ocurriendo
y encontraba el material absolutamente fascinante. Por otro lado,
una de las cosas que más le molestaba a Helen era la idea de que
todo aquello podría tener algo que ver con lo psíquico, una idea que
le aterrorizaba particularmente, aunque lo único que sabía sobre lo
«psíquico» era que el conocido profesor de psicología Dr. J.B.
Rhine, había hecho algunos experimentos con cartas en la Universi-
dad Duke de Carolina del Norte.
    Dada su naturaleza inquisitiva y con el fin de reunir tanta infor-
mación sobre el tema como le fuera posible para comprender el fe-
nómeno, Bill comenzó a buscar libros sobre los fenómenos psíqui-
cos. Uno de los primeros que leyó fue la biografía de Edgar Cayce.
Cayce, considerado el mayor psíquico de América, había muerto en
1945 después de haber vivido una serie de experiencias inexplica-
bles racionalmente durante casi cuarenta años. Sus experiencias
fueron transcritas a medida que ocurrían y podían ser estudiadas en
la biblioteca de la Asociación para la Investigación y la
Iluminación (A.R.E.) en Virginia Beach, una organización para
perpetuar las intuiciones y visiones de Cayce.
    Cuando Bill habló de Cayce a Helen sugiriéndole que podía
interesarle leer el libro que había encontrado, ella se negó rotunda-
mente. Rehusaba admitir que hubiera nada que comentar sobre sus
experiencias aunque reconoció a Bill que había una cierta inconsis-
tencia en su actitud. Por un lado sabía que el incidente relacionado
con el «milagro de la inversión» era algo sobre lo que no tenía
conocimiento intelectual consciente, y sin embargo, no quería
ofrecer ninguna sugerencia sobre el modo en que aquella
información le pudiera haber llegado.        .
    Bill no se sintió descorazonado por la actitud de Helen y se fue
interesando cada vez más en la literatura parapsicológica porque en
algún lugar dentro de él sabía que lo que Helen estaba viviendo era
extraordinariamente importante para ambos.
    Cuando Bill sugirió a Helen que las imágenes que describía po-
drían estar relacionadas con vidas anteriores, Helen se sintió parti-
cularmente molesta: en primer lugar no entendía cómo Bill, que
nunca había creído en la reencarnación, podía seriamente hacer una
sugerencia semejante. Y segundo, dada su formación «intelectual»
y la gran importancia que condecía a las pruebas científicas, la
mera sugerencia de ese concepto le provocaba una reacción bur-
lona. Sin embargo, a medida que sus experiencias con imágenes
continuaban, su actitud comenzó a cambiar ligeramente.
55
    El siguiente episodio llegó en forma de sueño. Tal como suele
ocurrir en los sueños, la barca se había convertido en un
automóvil. Yo estaba cruzando un puente en medio del intenso
tráfico. Quería torcer a la derecha pero estaba en el carril equi-
vocado y el coche de mi derecha me bloqueaba el paso. Los dos
estábamos atascados; teníamos coches por delante y por detrás.
Estábamos rodeados por un enorme atasco de tráfico. No en-
contraba la forma de girar aunque sabía que el hacerla era
esencial para mí. Pensé: «Si intento girar me chocaré con el coche
de al lado, y si él intenta girar no me dará tiempo de seguirle antes
de que los demás coches me bloqueen. Seguí intentando pensar
formas de hacer el giro pero todas resultaban inadecuadas y
algunas de ellas desastrosas. Entonces me vino la solución: «Lo
haremos juntos —pensé, poniéndome muy contenta—. No será
ningún problema».
    Realicé el giro a la vez que el hombre que estaba a mi lado, fue
muy fácil. «Es divertido, nunca lo había pensado antes» — me dije
a mí misma según desaparecía la imagen.
    La vez siguiente volví a verme en la barca aunque era cons-
ciente de haber hecho aquel giro a la derecha. La barca se movía
lentamente pero con suavidad a lo largo de un pequeño canal muy
recto. Había justo la brisa suficiente para impulsar a la barca en
su movimiento. A ambos lados del canal se alineaban hileras de
viejos y hermosos árboles y verde hierba rodeada de flores. «Me
preguntó si habrá un tesoro escondido por aquí» —me dije a mí
misma fantaseando—. No me sorprendería que lo hubiera.»
Entonces me di cuenta de que en el fondo de la barca había un
palo largo con un gancho en el extremo. «justo lo que necesitaba»
—pensé hundiendo el gancho en el agua y sumergiendo el palo
cuanto pude. Algo muy pesado quedó enganchado y lo izé con
dificultad: era un viejo cofre de madera carcomida con la base
cubierta de algas. Conseguí subirlo a la barca y lo abrí
entusiasmada.
    Sufrí una amarga decepción pues esperaba hallar joyas o
monedas pero sólo había un gran libro negro. La cubierta del libro
era como las cubiertas de las carpetas que se utilizan para
mantener sujetos papeles o manuscritos. En el lomo estaba escrita
con letras de oro la palabra «Aesculapius». La palabra me era
familiar pero no recordaba su significado. Al buscarla, hallé que
es el nombre del dios griego de la curación. A la semana siguiente
volví a ver el libro un par de veces, la primera con un
56
collar de perlas a su alrededor y la segunda fue en un sueño en que
una cigüeña volaba sobre algunos pueblos y, al preguntarme que
importancia podía tener eso, oí una voz silenciosa que me dijo:
«Mira lo que transporta la cigüeña». Miré y vi que en el pañuelo
no llevaba un bebé como era de esperar, sino un libro negro; la
única diferencia era que este llevaba una cruz dorada en la tapa.
La voz me dijo: «Este es tu libro». Ni Bill ni yo supimos el
significado del libro hasta mucho más tarde.
    Aunque la idea de la reencarnación me repugnaba especial-
mente, era claro que las imágenes que veía parecían relacionarse
con recuerdos de mí misma en distintos momentos y lugares.
Expliqué a Bill que estas escenas representaban el clásico
simbolismo onírico con que cualquier psicólogo clínico está fa-
miliarizado.
    Sin embargo, debo admitir que a medida que estas imágenes
continuaban, mi dogmatismo respecto al tema mostraba signos,
aunque muy leves, de ceder.
    Observaba estas imágenes retrospectivas como una especta-
dora, aunque no dudaba de que las figuras me representaran a mí
misma. En una de las primeras escenas vi una muchacha delgada y
frágil en un opulento salón francés; la época debía ser la de
mediados del siglo XVIII. La muchacha, que vestía de blanco,
estaba tocando un instrumento musical parecido a un arpa en
medio de una reunión de señoras y caballeros magníficamente
vestidos que parecían ser los invitados a un banquete. La joven
tenía como mucho dieciocho años y evidentemente estaba enferma.
«Es demasiado frágil -me dije a mí misma-: no vivirá otro año
más, sólo puede desaparecer. Es un error, no lo va a conseguir.»
Un mayordomo espléndidamente vestido salió y cerró la puerta del
salón. La muchacha desapareció, y poco después vi una vaga
imagen de ella en la que era algo mayor que en la anterior y yacía
en el suelo cubierto de paja en la habitación sin ventanas de una
prisión. Sus brazos estaban fuertemente atados y sus pies estaban
encadenados al suelo. La época debía ser entre los siglos XII y
XIII Y tuve la idea de que la muchacha era ejecutada al final.
    Algunas de las imágenes siguientes me mostraron la imagen de
una monja, aparentemente ubicada en distintos países y épocas. En
la más clara de ellas, veía a una monja vieja, artrítica y
decepcionada, desgastada por toda una vida de austeridades y
emocionalmente retorcida y estéril.
57
    Caminaba por el pasillo lateral de una iglesia inmensa y muy
bella, con un sorprendente parecido a la catedral de Notre Dame
en París. El pasillo estaba oscuro y la vela que llevaba la monja no
le ayudaba mucho a ver. Iba pasando la mano por la pared a
medida que andaba, como si buscara una puerta o, más
literalmente, una salida. No la encontró y las severas facciones de
su rostro se iban tensando cada vez más. «No sabe pensé—. Lo
intenta, pero no sabe.» Me sentía repelida por su expresión tan
dura pero sentía simpatía por su causa perdida.
    Contrastando radicalmente con esta figura, había otra que me
venía de vez en cuando y a veces aún me pasa por la cabeza. Esta
es la única de las figuras que siempre se aparecía con la misma
forma. Era la imagen de una niña que se parecía mucho a mí,
aunque no podía tener más de dieciséis años a lo sumo. Tenía la
cabeza echada hacia atrás porque se estaba riendo, y extendía los
brazos en un gesto de apertura total, de bienvenida universal.
Parecía estar absolutamente alegre, literalmente incapaz de sentir
pena o dolor. Se hallaba sobre un jardín de hierba verde, y en
medio de su extraordinaria felicidad, sus pies descalzos apenas
parecían tocar el suelo. Llevaba puesto un vestido claro y suelto
que no recordaba ningún lugar ni época en particular. De hecho,
no había nada en ella que sugiriera algo del pasado y tampoco
parecía importarle el futuro. No creo que ella tuviera una
percepción del tiempo como la mía.
    A medida que Bill siguió leyendo literatura psicológica, se fue
interesando más en el material de Cayce. Algo que le impresionaba
mucho y consideraba muy importante en estos relatos eran las
pruebas que sugerían que las mentes se pueden comunicar entre sí
por medios paranormales aún desconocidos para la ciencia. A me-
nudo lo discutía con Helen y como ella respetaba su opinión, aun-
que pensaba que en este caso se había pasado mucho, finalmente le
pidió un libro sobre el tema; él eligió la biografía de Cayce escrita
por su hijo, Hugh Lynn. No hay duda de que Helen la encontró
interesante aunque le repelían las partes que consideraba más
"tétricas»e increíbles del relato. Cuando Bill recordó que
últimamente ella también había tenido experiencias bastante fuera
de lo común, lo admitió. Es más, aún encontraría más difíciles de
explicar todos los sucesos que le iban a ocurrir más adelante.
    La nueva fase comenzó un día en que Bill y yo estábamos
concentrados en un informe de investigación. Bruscamente
58
solté los papeles y dije con mucho apremio: «Rápido, Bill, tu
amigo Alan, el que conocimos en Chicago hace unos días, .está
pensando en suicidarse. Debemos enviarle un mensaje». Bill se
sentó junto a mí, y yo envié un serio mensaje telepático a Alan
para que lo reconsiderase. Al acabar le dije a Bill: «Seguro que no
era verdad». Sin embargo, me equivoqué y resultó además que
había sido muy precisa. Era difícil no sentirse impresionada, en
especial porque siguieron pasando cosas sorprendentes. Bill
asistió a una reunión en otra ciudad y a su vuelta le describí el
lugar donde había estado con todo lujo de detalles a pesar de que
yo nunca había estado allí. También pude relatarle algunas de las
cosas que habían ocurrido antes de que él tuviera la oportunidad
de contármelas a mí y asimismo le describí en detalle la casa del
amigo donde había pasado el fin de semana, incluyendo los
colores de las paredes y los muebles. Más adelante, se fue de
vacaciones a un lugar lejano y yo le envié mentalmente la imagen
del broche que quería que me trajera de allí. Al volver de las
vacaciones me lo dio y era, sin duda, el que yo le había pedido.
    Mis reacciones ante estos hechos eran una curiosa mezcla: por
un lado me sentía orgullosa por la adquisición de estas habilidades
tan especiales e incluso me sorprendí alguna fantasía de poder y
prestigio cruzando por mi mente; al mismo tiempo pasaba. mucho
tiempo intentando explicarme las imágenes porque me causaban
un miedo considerable. Durante algún tiempo, la idea de tener
poderes psíquicos se me hizo más atractiva y simultáneamente me
aterrorizaba cada vez más, de modo que comencé a tener
pesadillas aunque después no podía recordar su contenido. A
medida que la lista de sucesos sorprendentes iba en aumento, no
podía superar una cierto sentimiento de maldad e incluso de
brujería que asociaba con ellos. El orgullo y la ansiedad se
mantenían al mismo nivel y aunque ésta iba en aumento, también
tenía al mismo tiempo una sensación de autoensalzamiento.
    Encontrándome aún en esta fase de «magia», ocurrió algo que
implicó una extraña mezcla de hechos y fantasía y que pareció
apuntar en una dirección muy definida para el futuro. Este episo-
dio incluyó una serie de niveles diferentes, desde alusiones muy
evidentes a la magia, seguidas de imágenes religiosas muy aparen-
tes y concluyendo con una nota de la vida real. Bl hospital quería
enviamos a Bill y a mí a la clínica Mayo para estudiar sus procedi-
59
mientos de evaluación. La noche antes de irnos, tuve una imagen
tan clara que me sentía impulsada a describirla en papel. Era la
imagen de una iglesia cuyos detalles resaltaban con asombrosa ni-
tidez. Dudé de su afiliación en un principió hasta que decidí que
debía ser luterana. Parecía estar contemplándola desde arriba,
desde el ángulo que se obtendría si se miraba desde un avión que
volase a baja altura. La imagen estaba tan clara que dejé de lado
la prudencia y le dije a Bill que estaba segura que veríamos el
edificio al aterrizar en Minnesota al día siguiente. Me sentí
decepcionada cuando no encontramos nada parecido. En un
intento de recuperara mi autoestima, dije que estaba segura de que
la iglesia se encontraba en algún lugar de la ciudad. Era ya muy
tarde y estábamos cansados, pero Bill lo entendió y propuso que
saliéramos a buscarla en taxi después de cenar. Seleccioné
algunos nombres de iglesias del directorio telefónico pero no
resultó ser ninguna de ellas. Entonces describí mi iglesia al
conductor del taxi y le pregunté si conocía alguna que tuviera un
parecido razonable. No parecía tenerlo claro aunque fuimos a ver
algunas más a sugerencia suya. Finalmente, Bill propuso
inteligentemente que nos olvidásemos de aquello porque se hacía
muy tarde. Una vez en el hotel, me dijo con tono muy firme: «Tu
iglesia no está aquí y estás comportándote de una forma extraña.
¿A qué viene esta desesperación por encontrarla? Vete a dormir y
olvídala, ¡te veré mañana!».
    Cuando nos encontramos al día siguiente, ambos teníamos los
ojos rojos y estábamos muy cansados, porque a penas habíamos
dormido. Fuimos cumpliendo como pudimos con nuestros
numerosos compromisos y al final de la tarde volvimos al
aeropuerto muy fatigados. Bill fue a ojear un quiosco de revistas
mientras yo me quedé sentada con los ojos cerrados, estaba
demasiado cansada para hacer nada y me estaba quedando
dormida cuando...
   —Aquí está tu iglesia —dijo Bill, mostrándome una fotografía
de una guía turística.
   —Sí, ¡esa es! —dije con mucho énfasis—. ¿Dónde está? —En
ninguna parte —contestó—. Mira, léelo tu misma. Obviamente la
iglesia no estaba en ninguna parte. Había ocupado el lugar en el
que se encontraba la clínica Mayo pero fue derribada para
construir el hospital.
    «Por eso la veía desde arriba -dije a Bill-; es porque está en el
pasado. No tiene nada que ver con aviones.» Entonces sentí un
escalofrío y no quise volver a hablar de ella.
60
    Aquella noche, de camino a casa, tuvimos que hacer trans-
bordo y estuvimos esperando durante una hora es un aeropuerto
frío y casi vacío. Acurrucada contra la pared, había una mujer
joven que viajaba sola. Podía sentir cómo le atravesaban oleadas
de aflicción y se lo comenté a Bill que me dejó claro que no le
gustaba la idea de que fuera a hablar con ella. Ambos estábamos
exhaustos y el no tenía ganas de entablar relación con extraños
en aquel momento. Además me dijo que quizá sólo lo estaba
imaginando porque ella sólo mostraba signos externos de tener
sueño. Sin embargo no podía evitar sentir un profundo
sentimiento de pena que me llegaba de ella y- diciéndole a Bill
que no podía evitarlo, me dirigí a hablar con ella.
    Se llamaba' Charlotte y me dijo que estaba congelada por el
miedo. Nunca antes había volado y me pidió que me sentara a su
lado y le cogiera la mano. Fui con ella hasta Bill y le sugerí que
se pusiera entre nosotros dos para que tuviera un amigo a cada
lado. Bill se mostró cortés pero disgustado; había sido un
viaje difícil y hubiera preferido una vuelta a casa más tranquila.
Charlotte tembló cuando despegamos, pero le cogí de la mano y
se tranquilizó enseguida. Quería hablar, parecía que se había en-
contrado atrapada en su vida y había dejado a su marido y a sus
hijos para dirigirse al único lugar del mundo que le vino a la
mente: la ciudad de Nueva York. Había planificado muy poco su
viaje, trayendo consigo sólo una maleta, y no tenía ni idea de
dónde residiría una vez llegase a Nueva York. Sin embargo, no le
preocupaba, tenía varios cientos de dólares. Era luterana y pen-
saba que le bastaría encontrar una iglesia de su confesión en
Nueva York y allí la cuidarían. Bill y yo nos miramos, el mensaje
no era difícil de entender. Me pareció oír: « Y ésta es mi
verdadera iglesia... la ayuda mutua; no el edificio que viste
antes».
    Aunque Bill había puesto pegas a implicarse con Charlotte,
más adelante tomó una actitud muy servicial. Al llegar a Nueva
York llamó a un hotel para mujeres y le consiguió una habita-
ción. La llevamos hasta allí en taxi, dejándola en la puerta
principal y le dimos nuestros teléfonos. No hubo ningún
problema para contactar con ella. Bill se encontró fortuitamente
con ella varias veces al día siguiente y generalmente venía a mi
casa cada noche. Estuvo en Nueva York una semana y después
decidió volver a casa. Reservamos su pasaje de vuelta y yo le
llamé su casa al día siguiente. Había llegado bien y se alegraba
de estar de vuelta, pero esperaba volver a Nueva York de visita
61
algún día. Todo el mundo había sido muy amable con ella y es-
taba contenta de descubrir que no son verdad todas las cosas
malas que la gente cuenta de las ciudades grandes. Después de
aquello, seguimos escribiéndonos durante años y siempre me
sentía agradecida de haber/e dejado entrar en mi vida. De hecho,
la experiencia con Charlotte pareció señalar el principio del final
de la «magia» que me había estado ocurriendo en los últimos tres
meses.
    Se acercaba ya el otoño y el verano había sido agotador. Bill,
que seguía interesado en Cayce, sugirió que tomásemos unos días
de vacaciones y fuéramos a Virginia Beach, Virginia, para poder
examinar las experiencias que tenían allí registradas. La idea no
me pareció atractiva, ese tipo de cosas aún me daba miedo y
deseaba que no fuesen verdad: ya era suficientemente malo lo
que me estaba pasando a mí. En particular no quería que mis
poderes mágicos se exacerbaran y estaba más que dispuesta a
abandonar/os. Sin embargo, la idea de tomar unas vacaciones me
sonaba muy bien y mi marido, sabiendo que estaba cansada, me
animó a ir; era el mejor momento del año para hacer el viaje y
pensó que me sentaría bien. Bill y él se habían hecho amigos y
aunque pensaba que Bill estaba empezando a tener unas
aficiones bastante extrañas, Louis sabía que cuidaría de mí. Partí
hacia Virginia Beach con algunos recelos pero deseando poder
descansar.
    El viaje no resultó nada tranquilo para mí. La gente de la
Asociación para la Investigación y la Iluminación, que entonces
era un grupo muy reducido dedicado a poner a disposición del
público el material de Cayce, eran inteligentes, sinceros y
evidentemente eran gente sana. La enorme cantidad de docu-
mentación de que disponían no era algo que se pudiera pasar por
alto. Yo estaba impresionada pero me sentía incómoda a pesar de
que Hugh Lynn Cayce, el hijo de Edgar Cayce y director de la
organización, fuera especialmente amable y hospitalario con
nosotros. A medida que el interés de Bill aumentaba, también lo
hacía mi ansiedad. Aquella tarde, Bill leyó más sobre el tema y
compró libros para leer en casa. Yo ojeé un volumen y lo dejé
bruscamente, me sentía tan incómoda que estaba al borde del
pánico. Me alegre de que acabara el viaje y ya en casa, eché una
ojeada a alguno de los libros que Bill había comprado pero no
pude leerlos. Para mí, parecían hacer sonar la nota mágica una
vez más.
62
    Mi propia «fase» mágica acabó de forma abrupta con un epi-
sodio de imágenes particularmente claras en las que supe que te-
nía que tomar una decisión irrevocable. Me vi entrando en una
cueva excavada en una formación rocosa de una costa desolada y
azotada por el viento. Todo lo que encontré en la cueva fue un
rollo de pergamino grande y muy antiguo. Sus extremos estaban
atados a unos ejes que tenían la punta de oro, y el pergamino es-
taba enrollado sobre ellos de forma que se encontraban en el
centro del rollo y estaban fuertemente atados entre sí. Con cierta
dificultad conseguí desatarlos y abrir el rollo lo suficiente para
poder leer la parte central en la que estaban escritas las
palabras: «DIOS ES». Entonces lo desenrollé completamente ya
medida que lo hacía, una pequeñas letras iban apareciendo a
ambos lados del panel central. La Voz silenciosa que ya me había
hablado antes, me explicó mentalmente la situación:
    —Si miras a la izquierda podrás leer el pasado —dijo la
Voz—, y si miras a la derecha podrás leer el futuro.
    Las letras a ambos lados del panel se hacían más claras y
dudé un momento antes de volver a enrollar el pergamino lo su-
ficiente para poder leer sólo el panel central.
    —No me interesa leer sobre el pasado o el futuro —dije con
decisión— . Voy a acabar con esto.
    La Voz sonó a la vez tranquilizante y tranquilizada: «Esta
vez lo has conseguido. Gracias» —-dijo.
    Y la cosa pareció acabar así.
    Varias veces después, Helen sintió algo parecido a aquella
experiencia en el metro de algunos años atrás, aunque con mucha
menor intensidad. Estas experiencias ocurrían generalmente
cuando estaba rodeada de mucha gente, y sentía una breve pero
intensa afinidad con todos ellos.
    Una noche de verano, mi marido y yo caminábamos por una
acera abarrotada de gente. Sentí de repente una profunda
sensación de cercanía emocional con todas aquellas personas, a
la vez que reconocía que estamos todos en el mismo viaje y
tenemos el mismo objetivo. Otra vez, Bill, Louis y yo estábamos
juntos en el teatro. Sentada allí, en la oscuridad, fui consciente de
una intensa luz interna que comenzaba en mi pecho e iba
creciendo en intensidad y amplitud hasta que irradió a todo el
teatro y a toda la gente que se encontraba allí.
63
    Mi conciencia de la luz, que duró varios momentos, estaba
acompañada por una intensa sensación de paz y felicidad.
Durante un tiempo no podía creer que nadie mas se hubiera dado
cuenta de ella.
    Algún tiempo después ocurrió un incidente parecido en una
ocasión en que Bill y yo nos desplazamos al sur de Francia para
asistir a una reunión. Una noche antes de dormir, surgió en mí
una intensa sensación de increíble fuerza y alegría. Una vez más
partía de la zona del pecho y se extendía hacia la cabeza y los
brazos. Durante unos minutos sentí que podía abarcar al mundo
entero. Mas adelante, esta experiencia de felicidad tuvo su
contraparte de miedo en la forma de una clarísima sensación de
terror que sentí la noche antes de volver a América. Estaba
cansada y me tumbé un rato antes de prepararme para ir a la
cama. De la forma mas inesperada me vi atrapada por un ataque
de furor asesino tan intenso que literalmente salté de la cama
temblando. Estas dos experiencias eran tan opuestas entre sí que
parecían representar el cielo y el infierno. Este contraste no me
era del todo desconocido: la sacerdotisa «buena» cuya única
función era ayudar y la «mala» con la lanza levantada para
matar habían representado un contraste bastante similar.
    Tan solo una vez fui yo quien pidió una experiencia que me
animara porque estaba deprimida. La respuesta vino en forma de
un criadero de plantas, podía ver hileras de brotes jóvenes
cuidadosamente etiquetados y muy cuidados. Junto a los brotes
había un recipiente de riego. El cuadro no significaba nada para
mí y lo encontré un poco irritante.
    —A pesar de que es bueno —murmuré— ¿qué se puede
esperar de esto?
    —Mira en dónde está creciendo -dijo la Voz silenciosa que
ya en este momento no me era del todo inesperada.
    —¿Pero qué significa? —pregunté indignada.
    —Mira-dónde-está-creciendo —repitió la Voz de forma lenta
y muy precisa.
    —Bueno, vale —respondí aún con un poco de aspereza, y
miré a la imagen con más cuidado. El criadero de plantas estaba
totalmente rodeado de un desierto desolado y sin vida, sólo
aquella zona donde crecían las plantas era húmeda y verde.
    —Ahora que han empezado a crecer, las regarás, ¿verdad? —
dijo la Voz.
64
   Me sentí casi sobrepasada y prometí intentarlo.
   Hubo también algunos períodos en que sentía cambios en mi
conciencia temporal. Quizá el más intenso ocurrió una noche mientras
me cepillaba el pelo y no me sentía muy inspirada. Entonces vi mi vida
representada por una línea dorada que se extendía infinitamente hacia
adelante y hacia atrás. Había una pequeña hendidura en la línea y me
di cuenta de que representaba mi vida actual. Era tan mínima que daba
risa y apenas se notaba. Di una palmada de auténtico gozo.
    «¿Qué importancia puede tener lo que suceda en este parpadeo del
tiempo? -me pregunté asombrada-. Parece muy largo e importante
cuando estamos en medio de él pero en menos de un instante es como si
no hubiera sucedido nunca.» Durante varios minutos esta comprensión
era patente y sentí como si me hubiera quitado un enorme peso de la
mente.
65
                       CAPÍTULO 4
   TODAS estas cosas ocurrieron en unos pocos meses. Un día de sep-
tiembre de 1965, Helen le dijo a Bill que se sentía a punto de hacer
«algo» muy poco común. Estaba preocupada por esta sensación porque
no sabía lo que podría ser ese «algo»; todo lo que sabía era que ocurría
pronto. Helen había estado llevando un diario a partir de la visita a
Virginia Beach, y Bill le sugirió que si apuntaba todo lo que ocurriera
en conexión con aquel «algo poco común» podría tener una pista de lo
que iba a ser. En un principio no le venía nada y estaba a punto de
desechar esta idea cuando una tarde de octubre, mientras se encontraba
sentada en su habitación, la Voz que para entonces ya le era familiar
comenzó a darle instrucciones precisas.
    Tuvo un ataque de pánico e inmediatamente llamó a Bill: «Sabes,
esa Voz interna... ¡No me deja en paz!».
    —¿Qué te dice? -preguntó Bill.
    —Repite: «Esto es un curso de milagros, por favor toma notas».
¿Qué voy a hacer? — suplicó.
    Con calma y dándole ánimos, Bill le dijo:—¿Por qué no tomas
notas? Tómalas usando la taquigrafía que ya conoces.
    —Pero, Bill-persistía Helen—, ¿qué pasará si es un galimatías
sin sentido? Entonces sabré seguro que me he vuelto loca.
    —Helen, escúchame —dijo ignorando su comentario—, desde
nuestro viaje a Rochester he estado leyendo cosas que no he com-
partido contigo porque te muestras muy antagónica a toda esta
cuestión, pero ha habido mucha gente, algunos de ellos muy conoci-
dos, que han sentido que la inspiración creativa les llegaba por vías
místicas. Einstein afirmaba recibir información por esa vía Y ¡desde
luego que los grandes dramaturgos y poetas místicos también!
    —No soy una poeta mística —protestó—. Soy psicóloga y no
creo en esto.
    —Bueno, ya que no podemos hacerlo desaparecer, ¿por qué no
tomas notas?; las llevas a la oficina mañana temprano antes de que
llegue el personal y las revisamos juntos.
    —¿Y si es un galimatías sin sentido?
    66
    —Las romperemos y nadie lo sabrá.
    —¿Me lo prometes, Bill?
    —Prometido.
    Helen colgó, fue al salón y le dijo a Louis que iba a trabajar al
    dormitorio y que saldría enseguida. Cerró la puerta del
    dormitorio, apagó la luz del techo y se sentó en una silla junto a
    una lámpara de pie, permitiéndose escuchar. Esto es lo que oyó
    aquella primera noche:
              Éste es un curso de milagros. Es un curso
              obligatorio. Sólo el momento en que decides
              tomarlo es voluntario. Tener libre albedrío no
              quiere decir que tú mismo puedas establecer el
              plan de estudios. Significa únicamente que
              puedes elegir lo que quieres aprender en
              cualquier momento dado. Este curso no
              pretende enseñar el significado del amor, pues
              eso está más allá de lo que se puede enseñar.
              Pretende, no obstante, despejar los obstáculos
              que impiden experimentar la presencia del
              amor, el cual es tu herencia natural. Lo opuesto
              al amor es el miedo, pero aquello que todo lo
              abarca no puede tener opuestos.
              Este curso puede, por lo tanto, resumirse muy
              simplemente de la siguiente manera:
                     Nada real puede ser amenazado.
                     Nada irreal existe
              En esto radica la paz de Dios.
    Aunque la Voz quería continuar, Helen tuvo un ataque de pánico
y se negó a seguir. Cerró su cuaderno de notas y lo puso en la cartera
que llevaba a la oficina cada día, después fue al salón para decirle a
Louis que se iba a la cama.
    A la mañana siguiente Bill llegó al hospital a las 7:30, media hora
antes de lo habitual; Helen ya había llegado y se encontraba en un
estado de gran agitación.
    «No sé que hacer, Bill, no sé que hacer con lo que me pasa.» Bill
le sugirió que le leyera lo que había anotado y se ofreció a transcri-
birlo a máquina diciéndole que era mejor mecanógrafo que ella. He-
len logró leerlo a pesar de cierto tartamudeo muy poco habitual en
ella. «Me suena bastante interesante, Helen —dijo Bill—. ¿Eso es
todo?»
    —No, parecía querer continuar, pero tuve miedo.
67
—¿Cómo te vinieron las palabras? —preguntó Bill.
—Es difícil describirlo -contestó-; realmente podría ser una
alucinación porque la voz no viene desde fuera, es todo interno. No
hay sonido, y las palabras me llegan mentalmente pero con toda cla-
ridad. Se podría decir que es un dictado interno.
    —¿Sabes lo que escribes? —preguntó Bill—. ¿O lo describirías
como un proceso automático?
    —Oh, no. No es automático en absoluto; soy perfectamente
consciente de lo que hago.
    —¿Por qué no intentas escribir algo más esta noche? —sugirió
Bill—. y así vemos que pasa.
_ —No creo que pueda —respondió Helen—. Realmente me re-
  sulta demasiado enervante.
    A pesar de sentirse reacia a continuar escribiendo, no podía eli-
minar la Voz. Esto se hizo patente aquella misma tarde después de
una conversación telefónica. En cuanto colgó, la Voz interna co-
menzó a hablar. Se levantó de un salto y se fue corriendo al despa-
cho de Bill para contarle lo que ocurría. Este, después de
asegurarle que no había nada que temer, le sugirió que lo mejor
sería que simplemente tomara notas cuando oyera la Voz y que
  viera si actuar así le resultaba menos incómodo que seguir
  oponiéndose a ella.
      Discutió con Bill durante casi media hora argumentando que
ella no quería hacer esto, pero incluso cuando se lo contaba a Bill,
en medio de sus respuestas, la Voz reaparecía suavemente.
Desesperada, al fin accedió a tomar notas. «Pero sólo hasta que
vea que es» -añadió.
En menos de un cuarto de hora se pudo hacer una idea de «lo que
era», porque en cuanto volvió a su escritorio, la Voz comenzó a
dictarle las primeras palabras del Curso de Milagros. Lo que oyó fue:
«Principios de los Milagros», que comenzaba:
.
  1. No hay grados de dificultad en los milagros. No hay ninguno
      quesea más «difícil» o más «grande» que otro. Todos son
      iguales. Todas las expresiones de amor son máximas.
  2 Los milagros —de por sí— no importan. Lo único que importa
     Es su Origen, El Cual está más allá de toda posible evaluación.
  3 Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor.
     El verdadero milagro es el amor que los inspira. En este sentido
     todo lo que procede del amor es un milagro.
68
4. Todos los milagros significan vida, y Dios es el Dador de la vida.
   Su Voz te guiará muy concretamente. Se te dirá todo lo que
   necesites saber.
5. Los milagros son hábitos y deben ser involuntarios. No deben
   controlarse conscientemente. Los milagros seleccionados
   conscientemente pueden proceder de un falso asesoramiento.
 6. Los milagros son naturales. Cuando no ocurren es que algo
    anda mal.
    Sonó el teléfono y se interrumpió el dictado. Helen no volvió a oír
la Voz hasta que aquella noche en su casa continuó dictando
exactamente donde había acabado, en el Principio n° 7 de los Mila-
gros.
    Aquella noche Helen acabó de anotar los cincuenta principios de
los milagros con los que comienza el Texto. Aunque se negaba a leer
lo que había escrito, estaba anonadada. No tenía ni idea de lo que era
Un curso de milagros, y por lo que ella sabía, podía haberse limitado a
aquellos cincuenta principios, pero de lo que sí estaba segura es que
aquel material surgía de una Fuente muy autorizada en la que ella no
creía intelectualmente.
                             * * *
    Así empezó la transmisión real del material que Helen anotó en
más de doscientos cuadernos a lo largo de un período de siete años y
medio. Para Helen la situación era muy paradójica: por una lado, se
sentía resentida con la Voz, ponía pegas a tomar notas, tenía mu-
chísimo miedo del contenido y para continuar tuvo que superar sus
enormes resistencias personales. Por otro lado, nunca pensó seria-
mente en no tomar las notas a pesar de que a menudo se sentía
ofendida por aquella odiosa interferencia.
    La mañana en que tomó los cincuenta principios, se encontró con
Bill en la oficina una hora antes de que llegase el personal. Como sus
despachos estaban alejados de la zona de mayor tránsito del edificio
gracias a aquella decisión de Bill años atrás, nadie iba a preguntarles
que hacían allí a aquella hora de la mañana. Sin embargo, a lo largo de
los siguientes siete años y medio, cerraron la puerta del despacho de
Bill cada mañana o cuando quiera que
69
se juntasen para revisar el material anotado por Helen el día anterior.
    Aquella mañana, cuando Bill pidió a Helen que le dictara el ma-
terial que había anotado el día anterior, ella apenas podía articular
palabra. A mitad de la primera frase tuvo un ataque de tos que le duró
cinco minutos. Más adelante, tuvo que aclararse la garganta
continuamente porque parecía llenársele de flemas. Después de más
de una hora, sólo había podido dictar los primeros dieciocho princi-
pios y Bill tuvo que acudir a una cita. Decidieron intentar acabar la
transcripción después del trabajo.
    Bill acabó de copiar los primeros cincuenta principios aquella
tarde, después de mucho tartamudeo, bostezos y toses por parte de
Helen. Le dio el original y se quedó una copia. A medida que fue le-
yendo cuidadosamente y digiriendo lo que había escrito, se dio cuenta
que si aquello era verdad, entonces lo que él había creído en el pasado
era falso. Se sintió asombrado y aprensivo al darse cuenta de que
tomarse en serio aquel material implicaría un cambio mental de
enormes proporciones, mucho mayor de lo que personalmente se
sentía capaz de hacer. También se daba cuenta de que de alguna forma
él había pedido «una manera mejor de hacer las cosas», y no le cabía
ninguna duda de que esto era la respuesta a su petición. Nunca había
visualizado lo que la respuesta pudiera ser y desde luego que no
esperaba que llegase de esta manera. Se sentía apesadumbrado por las
dudas y, sin embargo, también intentaba obligarse a dejarlas de lado
ya que además de ser él quién pidió una respuesta, reconoció de forma
inmediata la verdad de muchos de los cincuenta principios, los cuales
se le hacían también vagamente familiares aunque contradijeran su
sistema consciente de creencias y, en apariencia, no se parecieran a
nada que él hubiera conocido en el pasado.
    Aquella noche, Bill llamó a Helen y le preguntó qué opinaba de
aquellos cincuenta principios. Ella respondió que no los había releído,
que no tenía interés en hacerlo y que el hecho de haber accedido
renuentemente a tomar las notas, no significaba que tuviera que
leerlas, pensar sobre ellas, comentarlas o creerlas. Añadió que la Voz
le había estado dictando aquella noche y que debían pensar en
programarse para llegar a las siete de la mañana a la oficina cada día.
La mañana siguiente fue parecida a la anterior, sin embargo, en medio
de las toses y la «incapacidad de ver mis notas», Helen se las arregló
para dictar y Bill pudo mecanografiar todo lo anotado el día anterior.
Entonces Bill le dijo que tenía que volver a leerle el material para
asegurarse de que lo había copiado correctamente y aunque protestó
diciendo que no
70
quería oírlo, reconoció la importancia de lo que él decía, así que
asintió:
            La revelación produce una suspensión completa,
            aunque temporal, de la duda y el miedo. Refleja la
            forma original de comunicación entre Dios y Sus
            creaciones, la cual entraña la sensación extremada-
            mente personal de creación que a veces se busca en
            las relaciones físicas. La proximidad física no puede
            proporcionarla. Los milagros, en cambio, son genui-
            namente interpersonales y conducen a un auténtico
            acercamiento a los demás.
   Helen se detuvo y pidió a Bill que comenzara de nuevo. Cuando le
preguntó porqué, ella contestó: «No puedo oír las palabras. Veo
moverse tus labios pero no puedo oír ni una palabra de lo que dices».
Helen padeció este problema mientras Bill leía durante todos aquellos
años, aunque finalmente él siempre se las arreglaba para revisar el
material
   Desde el principio, tanto a Helen como a Bill, el material que iba
emergiendo les producía mucho temor, aunque Bill tuvo admitir que
no había nada en los contenidos que fuera amenazador en sí mismo.
Sin embargo, la amenaza a su sistema de pensamiento supuso para él
un problema difícil de tratar. Además les costaba admitir tanto la
terminología religiosa como el origen declarado de los dictados.
Helen, atea convencida, no tenía dudas de que el material le era dado
por Jesús, porque el Curso estaba dictado en primera persona, y en un
momento dado declara:
            El Nombre de Jesucristo como tal no es más que un
            símbolo. Pero representa un amor que no es de este
            mundo. Es un símbolo que se puede usar sin riesgo
            para reemplazar a los innumerables nombres de to-
            dos los dioses a los que imploras. Este curso procede
            de él porque sus palabras llegan a ti en un lenguaje
            que puedes amar y comprender.
    Después de los primeros diez días Bill llevaba escritas catorce
páginas, pero cuando se encontró con Helen la mañana siguiente,
ésta no tenía nuevo material que leerle. Como ninguno de ellos sabía
lo que era Un Curso de Milagros o lo que tardaría en escribirse, Bill
se preguntó si el curso ya estaría acabado. Helen dijo que no lo
estaba pero que se negaba a seguir transcribiéndolo hasta que su-
71
piera para qué era. Bill, con mentalidad muy práctica, le respondió
que la única manera que se le ocurría de que ella pudiera averiguado
era preguntando a la Voz. «Si no te lo dice, obviamente no quiere
que sigas.» Este pensamiento infundió esperanza a Helen y decidió
preguntar aquella noche. Esta es la respuesta que recibió:
            La situación se deteriora hasta extremos
            alarmantes. Gente de todo el mundo es
            llamada a ayudar y están haciendo sus
            contribuciones individuales como parte de un
            plan global predeterminado. Una Parte de
            este Plan es la transcripción de Un curso de
            milagros y yo estay haciendo mi parte del
            trato, como tu cumplirás con la tuya.
            Utilizarás habilidades que aprendiste hace
            mucho y que no estás preparada para volver
            a usar. Sin embargo, debido a la enorme
            urgencia, el lento proceso evolutivo está
            siendo sobrepasado por lo que podríamos
            llamar una «aceleración celestial».
    Helen pudo sentir la urgencia subyacente en esta «explicación»,
aparte de lo que pudiera haber pensado sobre el contenido. Tuvo una
intensa sensación de que lo que se le hacía saber era que no quedaba
tiempo. Haciendo algo muy poco habitual releyó el mensaje, y al
acabar, supo que a algún nivel que no comprendía se había ofrecido
voluntaria para hacer este trabajo.
    Aquello le pareció tan extraño que se dispuso a tirar el cuaderno
de notas a la papelera; sin embargo, le vino a la mente algo, como un
recuerdo largamente olvidado en el que decía: «Desde luego que iré,
Padre, ¡es para tan poco tiempo!».
    Aún no estaba del todo satisfecha y una vez más intentó renun-
ciar a su posición. «¿Por qué yo? -preguntó-. No soy religiosa, no
entiendo estas cosas, ni siquiera las creo. Soy una de las peores elec-
ciones posibles.»
    La respuesta llegó muy clara: «Por el contrario eres una opción
excelente, de hecho, eres la mejor».
    -Pero ¿por qué? -preguntó angustiada. Y entonces, sin sombra de
duda, escuchó la respuesta: «Porque lo harás».
    Helen no pudo responder a eso, sabía que la Voz tenía razón;
sabía que ella lo haría. Desde aquel momento el futuro de Un curso
de milagros ya estaba en su sitio; Helen lo «transcribiría» hasta el
final, aunque protestara en voz alta durante todo el proceso.
                               * * *
   72
    Aunque de alguna manera Helen estaba predestinada a escribir el
curso, no se puede decir que fuera una partícipe que cooperase del
todo voluntariamente. Una mañana, dos semanas después de que
hubiera comenzado a transcribir el texto, Bill sacó la hoja de la
máquina de escribir y según habían acordado, comenzó a leérsela a
Helen. Cuando acabó le preguntó qué era lo que significaba para ella
una frase concreta del escrito. Ella contestó que había oído la frase
únicamente como palabras sueltas que debía revisar para asegurarse
de que fueran precisas, pero que el significado no le interesaba.
Entonces le dijo a Bill que la mejor manera de sacar adelante aquel
trabajo que parecían haber emprendido juntos era que Bill revisara el
material en cuanto a contenido mientras ella revisaría el estilo para
asegurarse de que la sintaxis y la gramática fueran correctas, ya que
eso era todo lo que le importaba.
    Aunque Bill sabía lo amenazada que Helen se sentía por todo lo
que el material implicaba, también pensó que su curiosidad in-
telectual no le permitiría permanecer aislada de la esencia de aquel
material. Asumió que en poco tiempo, su intelecto superaría los
miedos y se implicaría con el contenido tanto como él. Según fue
pasando el tiempo, la suposición de Bill resultó ser verdadera sólo en
parte, ya que ella siguió sintiéndose extremadamente incómoda al
comentar el material durante casi un año, a pesar de que conocía
perfectamente el contenido.
    Para ayudar a que Helen superase su aprensión en aquellos
primeros tiempos, Bill sugirió que fueran a visitar a Hugh Lynn
Cayce, de la Asociación para la Investigación y la Iluminación, y le
mostraran el material trascrito. Helen inmediatamente se negó,
indicando que sería peligroso para sus estatus profesionales el
mostrar aquel material a nadie. Después de algunas semanas, Bill
logró convencerla de que podría ayudarles mucho saber lo que Hugh
Lynn Cayce pensaba del material ya que su trabajo le había puesto
en contacto con muchas experiencias paranormales parecidas.
Finalmente accedió a que Bill le mostrara lo que habían escrito con
la condición de que el encuentro fuera confidencial.
    Bill, en su investigación de lo paranormal, había seguido rela-
cionado con la Asociación y no le fue difícil concertar una entrevista
con Hugh Lynn, con quién había mantenido contacto telefónico
desde que visitaron Virginia Beach.
    El encuentro tuvo lugar en Nueva York durante una de las visitas
que Hugh Lynn hacía a la ciudad y Helen llevó consigo casi todo el
material que había escrito hasta aquel momento. Bill había
73
puesto a Hugh Lynn al comente de las circunstancias sobre el escrito
de Helen, y no quedaba mucho por añadir por lo que, después de los
saludos, Hugh Lynn solicitó revisar el manuscrito mientras estaban
juntos. Según pasaba las páginas, Hugh Lynn se embebía cada vez
más y sus comentarios indicaban que estaba impresionado.
    Después de un rato, dejó el manuscrito sobre la mesa y moviendo
la cabeza asombrado, exclamó: «Admirable. Está absolutamente
inspirado», y continuó comentándoles que algunas partes eran
similares a las porciones más espirituales de las lecturas de su padre.
    Como Bill había relatado a Hugh Lynn la «incomodidad» que
sentía Helen en relación a lo que le ocurría, Hugh Lynn expresó a
Helen de una manera especial que comprendía el abrumador trabajo
que estaba haciendo, asegurándole que sabía lo difícil que debía
resultar. «Sin embargo -dijo-, pareces haber elegido hacerlo porque
evidentemente eres un alma muy evolucionada. Ojalá te pudieras ver
como te veo yo.»
    Aunque el encuentro con Hugh Lynn no curó a Helen de sus
aprensiones, su apoyo pareció reconfortarle algo, y continuó traba-
jando, si no con muchas ganas, al menos con menos desgano.
                              * * *
    La Voz dictaba a Helen casi a diario y en ocasiones varias veces
al día. Los momentos en que recibía el dictado nunca suponían con-
flicto con su trabajo o actividades sociales, y el dictado siempre co-
menzaba cuando se hallaba razonablemente libre para escribir sin
interferencias. Comenzó a llevar el cuaderno donde quiera que fuera
«por si acaso».
    Esto no significa que hiciera el trabajo sin protestar. Podía ne-
garse a cooperar y, de hecho, al menos al principio, lo hizo muchas
veces, negándose a copiar durante largos períodos de tiempo. Pronto
descubrió que no se sentía en paz a menos que cediera y volviera a
colaborar de nuevo y, generalmente, Louis también le apremiaba a
retomarlo. Él, que sabía muy bien que sólo así podía eliminar su
malestar, lograba convencerla de que continuar luchando con lo
inevitable tendría un efecto perjudicial en su relación.
    El momento preferido por la Voz para dictar era por la noche.
Helen se quejaba amargamente porque la escritura no era automática
sino que siempre necesitaba de toda su cooperación y se lamentaba
de que sus noches le fueran usurpadas. A menudo se iba a la cama,
sin escribir en un arrebato de* rebeldía, pero entonces no po-
74
día dormir y tenía que volver a levantarse a pesar del disgusto y es-
cribir tal como se le había ordenado. A veces estaba tan cansada que
tenía que volver a dormir después de haber escrito unos pocos pá-
rrafos. Sin embargo, entonces se sentía obligada a continuar a la
mañana siguiente antes del desayuno, y quizá acabarlo mientras iba a
trabajar o en algún momento del día en que estuviera libre.
    Cuando comenzaba una frase nunca sabía como acabaría y las
ideas venían tan deprisa que casi no le daba tiempo a escribirlas a
pesar de que usaba una serie de abreviaturas y símbolos de taquigrafía
aprendidos a lo largo de años de tomar notas en clase y en las sesiones
terapéuticas.
    La escritura era a menudo interrumpida para atender el teléfono,
hablar con un paciente, supervisar a otro miembro menos ex-
perimentado del personal o atender a una de las numerosas emer-
gencias, y después volvía a escribir sin revisar siquiera donde lo había
dejado. En casa podía hablar con Louis, charlar con un amigo o
sestear, sin perder en absoluto el hilo de las palabras. No importaba si
se había detenido al final de un párrafo o en medio de una frase, era
como si la Voz simplemente esperase a que volviera y recomenzaba el
dictado. Escribía con la misma facilidad en casa o en la oficina, en un
banco del parque, en un taxi, autobús o en el metro. La presencia de
otra gente no interfería y cuando llegaba el momento de escribir, las
circunstancias exteriores parecían irrelevantes.
    Ni Helen ni Bill tenían idea de cuánto material les sería transmi-
tido y, después de varios meses, Helen preguntó cual sería la longitud
del Texto. En respuesta se le dijo que sabría que el dictado había
terminado cuando oyera el «Amén» final.
    Esta respuesta resultó ser especialmente frustrante para Helen y le
dijo a Bill que si ese era el tipo de cooperación que iba a recibir,
simplemente prefería olvidarse de aquello. Bill no discutió, y solo le
dijo que si cambiaba de opinión le avisase para que fuera al día si-
guiente a la oficina temprano para repasar el material tal como lo
venían haciendo.
    Helen fue aquella noche a su casa determinada a no escuchar la
Voz. Durmió muy mal y a la mañana siguiente en el hospital estaba
muy irritable. Bill no le dijo nada del Curso y se limitó a comentar
temas relacionados con su trabajo en un proyecto de investigación.
    Pasaron tres días antes de que Helen reconociera que su insomnio
y su malestar estaban relacionados con su negativa a escribir lo que
seguía oyendo. Finalmente, a las tres de la mañana, tomó su cuaderno
de notas y la Voz retomó el dictado exactamente donde lo había
dejado unos días antes.
75
    Este tipo de episodio siguió ocurriéndole de manera intermi-
tente. A pesar de saber que cuando se negaba a escribir el Curso se
sentía deprimida, seguía amenazando periódicamente con dejarlo.
Aunque su período de retirada más largo duró casi un mes, Bill
nunca consideró seriamente que no acabaría su tarea, y básica-
mente sabía que sus «enfados» suponían solamente un retraso.
    A medida que el material del Curso siguió fluyendo, Bill siguió
estudiándolo y se fue dando cuenta de que los escritos espirituales
o místicos no le eran familiares ya que muchas de las referencias a
las que el Curso aludía le eran desconocidas. Siempre había
asociado las enseñanzas espirituales con la religión formal y no
conocía la tradición mística. Concluyó, por tanto, que para poder
evaluar y considerar el Curso con seriedad tendría que hacerse con
amplios conocimientos sobre las religiones del mundo e incluso
sobre las prácticas místicas, porque percibió con claridad que
aunque el Curso no era una religión, sus cimientos eran
fundamentalmente metafísicos.
    Inmediatamente comenzó a leer ávidamente todos los libros a su
alcance que estuvieran relacionados de una u otra manera con las
disciplinas místicas, y con ellos se fue haciendo una vasta biblioteca.
Intentó compartirla con Helen pero ella no quería saber nada del tema
aunque se alegraba de que Bill estuviera tan interesado porque cuanto
más aprendía él, más se aseguraba ella de que lo que estaban haciendo
no era algo extraño sino consecuente con las enseñanzas filosóficas
más profundas y con los escritos espirituales orientales y occidentales.
    Unas seis semanas después de que comenzaran las sesiones en
que mecanografiaban el Texto, Helen se dio cuenta de que Bill sa-
caba dos copias en vez de una. Cuando se lo comentó, Bill dijo que
un colega suyo estaba interesado desde hacía varios meses en
discutir de temas religiosos con él. En un principio no le había inte-
resado discutir de temas filosóficos o de la búsqueda espiritual y
por tanto no había tenido nada que comentar con él. «Sin embargo,
ahora -dijo Bill-, siento que John debe conocer esto y que debemos
compartirlo con él.»
    Inmediatamente Helen se opuso a aquella idea con vehemencia
señalando que lo que hacían era muy sospechoso desde el punto de
vista psicológico, que la gente pensaría que estaban locos y que sus
puestos de trabajo estarían en peligro si alguno de sus colegas
profesionales se enterase. Bill aseguró que John estaba muy
interesado en la filosofía de la religión, que nadie iba a enterarse y
que comentar el material con él sería muy beneficioso para ellos
dos. Al final, a pesar de sus recelos, consiguió
76
convencerla. Aquella mañana Bill fue a la oficina de John y le
contó todo lo que había estado ocurriendo. John se sintió intrigado
y deseoso de empezar a leer el material. A partir de entonces, John
comenzó a ir cada mañana a las ocho a la oficina de Bill para
recoger la hoja mecanografiada el día anterior; entonces Bill leía
en voz alta y la comentaban durante el tiempo que tuvieran libre.
John que había crecido en una familia baptista, había leído mucho
sobre religión y sus aportaciones y comentarios fueron de gran
ayuda para que Bill pudiera tener una visión en perspectiva del
material.
    Cuanto más leía y más comentaba el material con John, más
cuenta se daba Bill de que el Curso estaba absolutamente inspirado
y que sería una gran ayuda para mejorar y sanar relaciones conflic-
tivas. A medida que el Curso se iba haciendo más extenso, Bill se
dio cuenta de que, evidentemente, era la ayuda que había pedido,
un material que le señalaba como podía encontrar «una forma me-
jor de vivir» en el mundo.
    Obviamente el primer lugar por donde empezar a aplicarlo era
con Helen. Sabía que si su relación con Helen podía hacer progre-
sos, sus demás relaciones también podrían mejorar. Tanteó a
Helen, sugiriéndole que el material podía ayudarles a mejorar su
relación pero ella reaccionó con mucha determinación comenzando
a reñirle por ser tan inocente y le acusó de diversas faltas y
defectos que siempre había visto en él. Bill reaccionó
instintivamente acusando a Helen y exponiendo sus defectos de la
misma forma que lo había estado haciendo en los últimos años.
    Pero entonces se acordó de la causa por la que había sacado el
tema en un principio y dejó tanto de atacar como de defenderse. Al
poco tiempo, Helen acordó discutir con él al menos algunos temas
del escrito con el objetivo no sólo de comprenderlos intelectual-
mente sino de ponerlo s en práctica en la vida diaria.
    No fue una tarea fácil, Helen seguía teniendo una enorme resis-
tencia a comentar el material, y aunque Bill la apreciaba mucho, no
podía pasar por alto los aspectos de su personalidad y de su com-
portamiento que más le irritaban. Esto no significa que la relación
no mejorara, pues hubo una mejora casi «milagrosa» en todo lo re-
lacionado con la trascripción del curso. En aquellos momentos
nunca había roces ni conflictos, sólo cooperación. Era como si se
juntaran para producir algo muy sagrado... algo que no permitía
que interfirieran los conflictos habituales de la personalidad. Y
cuando compartían un pasaje especialmente hermoso y conmove-
dor, en aquellos momentos, parecía que su relación estaba real-
mente cicatrizada.
77
    Esto ocurrió por primera vez cuando llegaron a lo que más tarde
comprobaron que era la mitad del Texto. Una noche Helen estaba
anotando lo que le dictaba la Voz cuando se dio cuenta de que no
tenía ningún sentido. Se puso muy nerviosa porque pensó que al
fin se había vuelto loca. Protestó a la Voz diciéndole que lo que
decía no tenía ni pies ni cabeza pero ésta le respondió con mucho
calma diciéndole que escribiera lo que oyese y asegurándole que
por la mañana entendería las palabras perfectamente. No se sintió
reconfortada pero efectivamente tomó las palabras tal como las
escuchó, aunque estaba segura de que lo que escribía no tenía
sentido.
    Cuando se encontró con Bill por la mañana, le contó sus peores
temores: ...que aunque la Voz le aseguraba lo contrario, estaba se-
gura de que lo que le iba a leer no tenía ningún sentido.
    Después de dictar lo que había escrito la noche anterior, Bill se
lo leyó, y Helen escuchó con una mezcla de preocupación e inquie-
tud. Esto es lo que Bill leyó:
            Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y
            ayúdanos a aceptar nuestra verdadera
            relación Contigo, en la que no hay
            ilusiones y en la que jamás puede infil-
            trarse ninguna. Nuestra santidad es la
            Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que
            necesite perdón si Tu perdón es perfecto?
            El sueño del olvido no es más que nuestra
            renuencia a recordar Tu perdón y Tu
            amor. No nos dejes caer en la tentación,
            pues la tentación del Hijo de Dios no es
            Tu Voluntad. Y déjanos recibir
            únicamente lo que Tú has dado, y aceptar
            sólo eso en las mentes que Tú creaste y
            que amas. Amén.
    Bill no pudo acabar sin que le temblara la voz. Miró a Helen y se
sorprendió al ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Instantánea-
mente ambos reconocieron con claridad que lo que Helen no había
querido escribir el día anterior era la versión del Curso del «Padre-
nuestro», Y aunque no pronunciaron una palabra, los dos se sintieron
más unidos que nunca.
                                * * *
    La transcripción del Texto continuó durante algo más de un año y
durante aquel tiempo Bill intentaba seguir los principios del libro en el
trato con todas sus relaciones. A pesar de que su departamento
78
seguía carente de presupuesto y no encontraba un canal claro para
solucionar el problema, sus relaciones personales en el hospital al
igual que las relaciones del personal entre sí, mejoraron radicalmente.
Había mucha más cooperación, menos competencia y en general se
mantenía una atmósfera agradable que Bill, sin dudarlo, atribuía a la
mejora que suponía la determinación de mirar las cosas de forma
diferente, tal como el Curso le había enseñado.
    Sin embargo había un área en la que seguía sin ver resultados
positivos estables, el área de su relación con Helen. Hicieran lo que
hicieran, trabajar en un informe de investigación, configurar una
propuesta de beca o simplemente ir a comer juntos —lo que hacían
todos los días laborables—, parecían incapaces o al menos muy poco
dispuestos a verse de manera distinta a cómo lo habían hecho en el
pasado. Podían pasar horas criticando mutuamente sus escritos,
amistades o hábitos respectivos, pero paradójicamente cada uno de
ellos podían ser de enorme ayuda para el otro tanto en el campo
profesional como en la vida personal. Sin las propuestas de Helen en
relación a los procedimientos administrativos del departamento, que
Bill, aunque con reservas, acababa siempre por aceptar, éste no
hubiera podido incrementar su eficiencia como lo hizo, y sin el
constante apoyo profesional de Bill, Helen no hubiera podido
quedarse en el hospital y desarrollar la excelente labor clínica que
realizó.
   Mientras Bill parecía obtener resultados positivos en sus relaciones
difíciles», Helen parecía tener muchos más problemas al tratar de
poner en práctica los principios, lo que sin duda se debía a su in-
capacidad de abandonar su resistencia básica a transcribir el Curso.
   A lo largo de los siete años que duró la transcripción, el intenso
temor que Helen sentía en un principio fue cediendo, pero había una
parte de su mente que simplemente no le permitía acostumbrarse a la
idea de ser un canal para la Voz. Aunque había momentos que al
escribir se sentía transportada, esos momentos eran muy breves y
espaciados; la mayor parte del tiempo se mostraba fríamente
descreída, suspicaz y temerosa.
   Sin embargo, a lo largo de todo el proceso, en esta área, siempre
tuvo el apoyo incondicional de Bill que la tranquilizaba en los mo-
mentos de mayor temor y le tomaba el pelo cuando se ponía muy
obstinada. Además su marido siempre mostró una actitud muy co-
laboradora: a las pocas semanas de comenzar la escritura, Louis le
preguntó en que estaba trabajando y ella, con muchos recelos, decidió
decirle la verdad. Su reacción fue más que tolerante: a pesar de que los
contenidos le hacían sentirse un poco incómodo, por lo que ella dejó
de mostrárselos, él le animó a que se implicara, y el pro-
79
ceso mismo no le producía ansiedad. Obviamente, sin la ayuda de
estos dos hombres, Helen no hubiera podido acabar su tarea.
    En el momento en que Helen comenzó a sentirse menos incómoda
con los contenidos del Texto, comenzó a cambiar algunas palabras
aquí y allá que le parecían inconsistentes con los conceptos básicos
del material que había estado anotando. Generalmente sentía el
apremio de volver a poner las originales y acababa haciéndolo a los
pocos días; si no lo hacía, el temor le seguía inquietando hasta que por
fin las cambiaba. Además, pronto se dio cuenta de que las palabras
originales no estaban tomadas al azar sino que estaban elegidas con
mucho cuidado. A veces, lo que en principio le parecía inconsistente,
acababa siendo explicado y las palabras que en principio parecían
confusas era necesarias para una explicación subsiguiente. Otras
veces, ideas expresadas con palabras muy concretas volvían a ser
expresadas más adelante en contextos que ella
no había tomado en consideración y, por tanto, si los cambios que ella
queria introducir hubieran prevalecido, hubieran disminuido la
consistencia de los pensamientos en vez de aumentarla.
    Un día, unos dos años después de que comenzara a transcribir el
Curso, Helen se dio cuenta de que mucho del material que estaba
tomando entonces era poético. Echó una ojeada a las últimas páginas
escritas y le dijo a Bill que una buena parte del material más reciente
estaba escrito en verso libre, yámbico pentamétrico, al estilo de
Shakespeare. «¿Cuanto crees que está escrito así de lo que ya has
tomado? —preguntó Bill—. Me encanta la poesía.»
    Bill sacó las aproximadamente quinientas páginas que tenía me-
canografiadas y comenzó a ojearlas, y para su sorpresa, muchas de las
partes revisadas estaban escritas con esa misma métrica poética. No
podía creer que llevara tantos meses oyendo, leyendo y escribiendo el
material sin haberlo notado y aquella noche comenzó a releerlo desde
el principio. La primera parte estaba escrita en prosa y se preguntó
dónde habría tenido lugar el cambio. Pasaba las páginas revisando
brevemente y siguiendo adelante hasta que le pareció encontrar el
lugar en que el Texto se deslizaba hacia lo forma de verso libre, unas
páginas antes. A medida que releyó las palabras, el nuevo ritmo de los
pasajes parecía hacer el material aún más bello e inspirado. Llamó por
teléfono a Helen, le contó su descubrimiento y le leyó una muestra:
             Permanezcamos muy quedos por un
             instante y olvidémonos de todas las cosas
             que jamás hayamos aprendido, de todos los
             pensamientos que hayamos abrigado y de
             todas las ideas preconcebidas que tengamos
             acerca de lo que las
80
             cosas significan y de cuál es su propósito.
             Olvidémonos de nuestras propias ideas acerca del
             propósito del mundo, pues no lo sabemos.
             Dejemos que toda imagen que tengamos acerca
             nuestras mentes y desaparezca.
    Helen parecía estar profundamente complacida y satisfecha y
después de un breve silencio dijo simplemente: «¿No es maravi-
lloso?, Bill. ¿No es maravilloso?».
    En septiembre de 1968, después de tres años y novecientas cua-
renta y cuatro páginas transcritas desde el comienzo del dictado,
Helen oyó y transcribió lo siguiente:
         Mi mano se extiende en gozosa bienvenida a todo
         hermano que quiera unirse a mí para ir más allá de
         la tentación, y mirar con firme determinación hacia
         la luz que brilla con perfecta constancia más allá de
         ella. Dame los míos, pues te pertenecen a Ti. ¿ Y po-
         drías Tú dejar de hacer lo que es Tu Voluntad? Te
         doy las gracias por lo que mis hermanos son. Y se-
         gún cada uno de ellos elija unirse a mí, el himno de
         gratitud que se extiende desde la tierra hasta el Cielo
         se convertirá, de unas cuantas notas sueltas, en un
         coro todo-abarcador, que brota de un mundo redi-
         mido del infierno y que te da las gracias a Ti.
         Y ahora decimos «Amén». Pues Cristo ha venido a
         morar al lugar que, en el sosiego de la eternidad,
         Tú estableciste para Él desde antes de los orígenes
         del tiempo. La jornada llega a su fin, y acaba
         donde comenzó. No queda ni rastro de ella. Ya no
         se le otorga fe a ninguna ilusión, ni queda una sola
         mota de oscuridad que pudiese ocultarle a nadie la
         faz de Cristo. Tu Voluntad se hace, total y
         perfectamente, y toda la creación Te reconoce y
         sabe que Tú eres la única Fuente que tiene. La
         Luz, clara como Tú, irradia desde todo lo que vive
         y se mueve en Ti. Pues hemos llegado allí donde
         todos somos uno, y finalmente estamos en casa,
         donde Tú quieres que estemos.
    Helen dejó el cuaderno, cogió el teléfono de su habitación para
llamar a Bill, y con una sensación de solemnidad y profunda calma
dijo: «Bill, Un Curso de Milagros está acabado».
81
    Helen, por supuesto no tenía ni idea de que estaba equivocada
porque ni ella ni Bill tenían idea de lo que el Curso era realmente.
Bill, que había estado leyendo ávidamente todo lo relacionado con
el misticismo y la metafísica sabía que estaban en posesión de un
documento espiritual muy relacionado con la enseñanza no dualista
del Vedanta de la religión hindú, y que la evidente profundidad del
Curso era paralela a la profundidad del Vedanta. Se dio cuenta de
que las enseñanzas espirituales en ambos tenían parecidos
sorprendentes y que la diferencia principal es que el Curso expone
las verdades eternas de la Filosofía Perenne en términos cristianos,
con una aplicación psicológica que parece estar especialmente
dirigida al público contemporáneo.
    Sabía también que las novecientas cincuenta páginas que tenía
escritas eran la respuesta a la pregunta que había formulado hacía
casi tres años sobre una manera mejor de vivir en el universo y
aunque le resultaba muy difícil explicarse lo ocurrido, tenía una clara
sensación de que aquello había ocurrido porque dos personas se
habían unido en un compromiso consciente para lograr un objetivo
común. Y en esa unión sin juicios había sucedido algo milagroso.
    El Curso le resultó enormemente práctico. Sus relaciones profe-
sionales habían cambiado y se habían hecho más pacíficas e incluso
las relaciones personales en las que tenía dificultades se habían
hecho más satisfactorias. Únicamente la relación con Helen le seguía
resultando decepcionante porque pensaba que deseaba una relación
pacífica con ella que de momento no había conseguido.
    Al día siguiente de que Helen llamara a Bill para decirle que el
Curso había acabado, se encontraron en su oficina antes de comer.
Bill abrió el armario donde tenía el material y puso sobre la mesa las
seis carpetas que contenían el manuscrito.
    —Deberíamos ponerlo en otras carpetas más resistentes —dijo;
buscaré algo a la hora de comer.
     Cuando volvió traía consigo unas cubiertas negras del tipo que
utilizan los estudiantes de doctorado para transportar sus tesis.
    —Estas han sido las únicas que he encontrado que fueran lo su-
ficientemente grandes para que quepa el material —dijo a Helen. A
medida que iba encuadernando las páginas preguntó: «¿Qué hace-
mos ahora?».
    —¿Hacer? ¿A qué te refieres? No vamos a hacer nada. ¿No esta-
rás pensando en enseñarlo a nadie, verdad? —preguntó Helen con
aprensión.
82
    —No estoy pensando en nada Helen, pero tampoco creo que ha-
yamos pasado tres años haciendo esto para guardado en el
archivador.
    —Por lo que a mí respecta ahí está muy bien respondió —
    Porqué no preguntas lo que debemos hacer? —sugirió Bill.
    La Voz era una autoridad por la que Helen sentía ahora mucho
respeto, y le dijo a Bill que aceptaba su sugerencia y se lo pregunta-
ría en casa aquella noche. Entretanto, sin embargo, quería asegurarse
de que Bill estuviese de acuerdo en no enseñar el material a nadie.
    Evidentemente él estaba de acuerdo porque, al igual que Helen,
sentía que sus carreras profesionales se verían amenazadas si se di-
vulgase la verdadera historia del Curso.
    A la mañana siguiente, se encontraron en la oficina y Helen dijo
que la Voz había sido muy clara cuando le preguntó: no debían hacer
nada de momento. Ella se sintió muy aliviada.
    Bill dedicó su tiempo libre durante el mes siguiente a leer y releer
el material. Le impresionaba particularmente la coherencia del
trabajo, resaltando 'el hecho de que no podía encontrar un sólo
párrafo o idea que estuviera en desarmonía en todo el Texto. Sin
embargo se sentía confuso con el hecho de que el manuscrito, tal
como estaba mecanografiado, tenía más de doscientas cincuenta mil
palabras sin una sola división en capítulos o subcapítulos, y sintió
que el material presentado de esta forma tan compacta a pesar de ser
tan inspirado atraería a muy pocos lectores.
    Pensó que quizás el propósito real del Curso fuera simplemente el
de ofrecérselo a ellos dos para que lo usaran. Sin embargo, no
llegaba a estar muy convencido de ello porque sentía que la Voz no
podía haber dado tanto conocimiento en beneficio únicamente de dos
personas que tenían problemas en sus relaciones; no tenía sentido
que fuera así. Finalmente reconoció que como había pedido una
forma mejor de hacer las cosas y le había sido dada, simplemente la
utilizaría y no se preocuparía de hacer nada más con ella.
83
                         CAPÍTULO 5
   DESDE septiembre de 1968, cuando Helen «acabó» de escribir el
Curso, hasta la primavera siguiente, Bill y ella estuvieron muy
ocupados en el hospital con algunos nuevos proyectos. Un día a pri-
meros de mayo Helen comentó en la comida: «Sabes, Bill, me sentí
muy aliviada cuando acabé el Texto, pero por extraño que parezca,
echo de menos mi función». Durante los días siguientes se fue sin-
tiendo cada vez más inquieta; «No sé lo que es -dijo distraídamente,
pero creo que va a haber algo como un libro de ejercicios.»
    Dos semanas más tarde la Voz volvió y entonces se enteraron de
que el Texto que Helen había recibido no era la totalidad del Curso
como habían pensado hasta entonces, sino que iba a haber un Libro
de Ejercicios para los estudiantes que formaría parte integral de Un
curso de milagros. A Helen no le gustó: no podía saber si este Libro
de Ejercicios sería dos veces más largo que el Texto y si el dictado
continuaría otros cinco años o más.
    Cuando la Voz comenzó a dictar, sus miedos se disiparon rápi-
damente porque los primeros párrafos que Helen escribió les seña-
laron con precisión qué era lo que podían esperar:
            Para que los ejercicios de este libro de
            ejercicios tengan sentido para ti, es necesario,
            como marco de referencia, disponer de una
            base teórica como la que provee el texto. Es la
            práctica de los ejercicios, no obstante, lo que te
            permitirá alcanzar el objetivo del curso. Una
            mente sin entrenar no puede lograr nada. El
            propósito de este libro de ejercicios es entrenar
            a tu mente a pensar según las líneas expuestas
            en el texto. Los ejercicios son muy sencillos.
            No requieren mucho tiempo, y no importa
            dónde se hagan. No requieren ninguna
            preparación. El período de entrenamiento
            dura un año. Las lecciones van numeradas de
            la 1 a la 365. No intentes hacer más de una
            serie de ejercicios por día.
84
    Helen se resistió mucho menos a escribir los ejercicios que el
Texto. Quizá se debiera a que ya estaba acostumbrada a la Voz o a lo
que decían las instrucciones dadas en la introducción al Libro de
Ejercicios. Justo antes de empezar la primera lección, escribió:
          Recuerda solamente esto: no tienes que creer en las
          ideas, no tienes que aceptarlas y ni siquiera tienes
          que recibir/as con agrado. Puede que hasta te opon-
          gas vehementemente a algunas de ellas. Nada de eso
          importa, ni disminuye su eficacia. Pero no hagas ex-
          cepciones al aplicar las ideas expuestas en el libro de
          ejercicios. Sean cuales sean tus reacciones hacia
          ellas, úsalas. No se requiere nada más.
    El hecho de que el Curso diera permiso específico para no creer
en las lecciones si así se deseaba fue un gran alivio para Helen: ya no
tenía que enfrentarse a los conflictos ideológicos que el contenido
del Texto la producía. Además, sus resistencias disminuyeron debido
a que se dio cuenta de que poniendo en práctica los principios del
Curso, las relaciones dentro del hospital eran mucho menos tensas;
como era muy pragmática, no podía discutir contra las ideas básicas
de algo que parecía estar dando tan buen resultado...
    Las primeras lecciones dictadas eran muy compactas, lo cual
también tuvo un efecto muy positivo en la actitud de Helen, ya que
sabía que solamente iban a ser trescientas sesenta y cinco y podía
ver, por cómo estaban estructuradas las primeras, que su transcrip-
ción no supondría tanto trabajo como el Texto. Más tarde las leccio-
nes se alargaron, pero para cuando Helen se dio cuenta, estaba tan
absorbida con su desarrollo que casi dejó de quejarse totalmente por
la intrusión de la Voz en su vida.
    El dictado del Libro de Ejercicios tardó en completarse veintiún
meses. Durante aquel tiempo continuaron proliferando actitudes más
amistosas y menos competitivas por parte de sus asociados
profesionales, siguiendo la tendencia iniciada cuando Bill empezó a
aplicar los principios del Curso. Para Bill, esto era algo a destacar en
cualquier caso, pero lo que le parecía milagroso era que aquellos
sentimientos seguían vigentes incluso en medio de enormes
presiones o etapas de frustración personal que parecían ser
inherentes al hecho de trabajar dentro de la estructura organizativa
del hospital.
    Cuando la Voz llegó a la lección 365, en febrero de 1971, Helen
ofreció una oración silenciosa en acción de gracias porque una vez
85
más creyó concluido el trabajo. Incluso el epílogo que siguió a la
última lección le indicaba que su trabajo de escriba había
concluido, en tanto que comenzaba así:
         Este curso es un comienzo, no un final.
         Ya no se asignarán más lecciones específicas, pues ya
         no son necesarias.
y acababa con estas palabras:
         A Él le encomendamos nuestros pasos y decimos
         "Amén». Continuaremos recorriendo Su camino en
         paz, confiándole todas las cosas. Y esperaremos Sus
         respuestas llenos de confianza, cuando le pregunte-
         mos cuál es la Voluntad de Dios en todo lo que haga-
         mos. Él ama al Hijo de Dios tal como nosotros quere-
         mos amarlo. Y nos enseña cómo contemplarlo a través
         de Sus ojos y a amarlo tal como Él lo ama. No
         caminas solo. Los ángeles de Dios revolotean a tu al-
         rededor, muy cerca de ti. Su Amor te rodea, y de esto
         puedes estar seguro: yo nunca te dejaré desamparado.
    Al acabar el Libro de Ejercicios, Bill observó que su claridad y
organización eran aún más impresionantes que las del Texto, dado
que las lecciones, que llevaban a niveles cada vez más elevados de
conciencia, eran tan acertadas psicológicamente que sólo un maes-
tro psicólogo las podía haber creado.
    A pesar de la conciencia profesional que tenían de la cualidad
trascendente del material y de la efectividad de sus conceptos, ni
Helen ni Bill tenían idea de que hacer con el Curso, aparte de
leerlo, estudiarlo e intentar practicarlo. Sentían que en algún
momento debería ser compartido pero no sabían ni cuándo ni
cómo. Sin embargo, tampoco se preocupaban por ello porque
siguiendo el Curso habían aprendido que su guía interna les llevaría
en el momento justo a tomar la decisión correcta en relación con el
destino de aquel material.
    Entretanto, el Curso estaba marcando una gran diferencia en sus
vidas. Ahora les resultaba más difícil volver a las viejas pautas
de trabajo o de relación con los demás. Si lo hacían, comenzaban a
sentir una sensación de incomodidad y en aquellos momentos su
frustración era tan grande que las interacciones que antes les resul-
taban conflictivas ahora les causaban incluso más tensión.
86
    En verano de 1971, Bill le dijo a Helen que su sensación respecto
a «hacer algo» para hacer el material más legible, era ahora mucho
más intensa, y le preguntó si quería repasar el Texto con él y pedir
ayuda para estructurarlo de forma que resultara más legible. Helen
accedió a preguntar y obtuvo una respuesta clara en sentido
afirmativo.
    De esta forma comenzó un proyecto que les ocupó casi tanto
tiempo como la transcripción del material original. Cualquier rato
libre del que dispusieran y casi todos los sábados por la tarde, Helen
y Bill lo dedicaron a leer el Texto con lentitud, sintiendo y
preguntando dónde deberían ser ubicadas las pausas naturales. Así, a
lo largo de catorce meses, el Texto se dividió en treinta y un capí-
tulos y doscientos cincuenta y cinco subcapítulos.
    En abril de 1972, mientras estaba trabajando todavía con los
subcapítulos, Helen llegó al despacho de Bill y casi con resignación
le dijo que la Voz había vuelto a dictarla la noche anterior pues tenía
que transcribir un Manual para el Maestro. No tenía ni idea de que
sería aquello, pero para entonces ya había aprendido que con un
poco de paciencia lo averiguaría enseguida.
    A la mañana siguiente, al llegar a la oficina, Helen le dijo a Bill:
«Bien, parece que Un curso de milagros no está todavía acabado».
Cuando este le preguntó qué quería decir, abrió uno de sus cuadernos
y le leyó parte de lo escrito la noche anterior:
           En el pensamiento del mundo, los papeles de
           maestro y estudiante están, de hecho, invertidos.
           Esta inversión es típica. Parece como si el
           maestro y el alumno estuviesen separados y como
           si aquél le diese algo a éste, en vez de a sí mismo.
           Es más, se considera que enseñar es una
           actividad especial, a la que uno dedica una parte
           relativamente pequeña de su tiempo. El curso
           subraya, por otra parte, el hecho de que enseñar
           es aprender, y de que, por consiguiente, no existe
           ninguna diferencia entre el maestro y el alumno.
           Subraya, asimismo, que enseñar es un proceso
           continuo, que ocurre en todo momento del día y
           que continúa igualmente en los pensamientos que
           se tienen durante las horas de sueño.
    Volvió entonces unas páginas atrás hasta encontrar la
página que quería leerle específicamente:
87
            Este es un manual para los maestros de Dios,
            quienes no son perfectos, pues, de lo contrario,
            no estarían aquí. Su misión, no obstante, es
            alcanzar la perfección aquí, y, por lo tanto, la
            enseñan una y otra vez, de muchísimas maneras,
            hasta que la aprenden. y después ya no se les ve
            más, si bien sus pensamientos siguen siendo una
            fuente de fortaleza y de verdad para siempre.
            ¿Quiénes son? ¿Cómo son escogidos? ¿A qué se
            dedican? ¿Cómo pueden alcanzar su propia
            salvación y la salvación del mundo? El propósito
            de este manual es contestar estas preguntas.
    Helen cerró el cuaderno y sin emoción en la voz le dijo a Bill:
«Creo que los encabezamientos pueden esperar».
    Aunque Bill no tenía muchas ganas de seguir mecanografiando
durante meses o años el material que Helen anotara, en su interior se
alegró enormemente de la reacción que ella había tenido ante la
situación. Dada su relativa calma supo que había tenido lugar un
verdadero cambio de actitud: no mostraba señales de pánico como
antes, y aunque no estaba entusiasmada con retomar su labor de es-
criba, sus temores ya no se manifestaban como antes. Bill sintió que
esto en sí mismo era ya un milagro y se dio cuenta de que si este
cambio en la actitud de Helen se debía a que había trabajado con las
lecciones del Curso, el tiempo que necesitaran para completar la tarea
de transcripción no sólo iba a merecer la pena sino que supondría un
privilegio.
    El Manual para el Maestro acabó teniendo setenta y siete páginas
mecanografiadas, y en septiembre de 1972 Helen transcribió lo
siguiente:
            Este manual no pretende responder a todas las
            preguntas que tanto maestro como alumno
            puedan plantear. De hecho, solamente aborda
            algunas de las más obvias, a modo 'de breve
            resumen de algunos de los conceptos principales
            expuestos en el texto y en el libro de ejercicios.
            No es, sin embargo, un sustituto de ninguno de
            ellos, sino meramente un suplemento. Aunque su
            título es manual para el maestro, no hay que
            olvidar que el tiempo es lo único que separa al
            maestro del alumno, de manera que la dife-
88
           rencia entre ellos es, por definici6n, temporal. Es posible
           que a algunos alumnos les sea más útil leer primero el
           manual. A otros les puede resultar mejor empezar con el
           libro de ejercicios. Y todavía habrá otros que quizá necesiten
           empezar en el nivel más abstracto que ofrece el texto.
    Aquella noche anotó más cosas y por la mañana en el despacho se
las leyó a Bill. El Manual concluía así:
           Y ahora, bendito seas en todo lo que hagas.
           Dios te pide ayuda para salvar el mundo.
           Maestro de Dios, Él te ofrece Su gratitud
           y el mundo entero queda en silencio ante la gracia
           del Padre que traes contigo. Tú eres el Hijo que Él ama, y
           te es dado ser el medio a través del cual
           Su Voz se oye por todo el mundo,
           para poner {in a todo lo temporal,
           para acabar con la visi6n de todo lo visible
           y para des-hacer todas las cosas cambiantes.
           A través de ti se anuncia un mundo que,
           aunque no se ve ni se oye, está realmente ahí.
           Santo eres, y en tu luz el mundo refleja tu santidad,
           pues no estás solo y sin amigos. Doy gracias por ti
           y me uno a tus esfuerzos en Nombre de Dios,
           sabiendo que también lo son en mi nombre y en el
           nombre de todos aquellos que junto conmigo se dirigen
           hacia Dios.
                                     AMÉN
    Cuando terminó, una vez más ambos sintieron que Un curso de
milagros había acabado. En esta ocasión estuvieron en lo cierto.
89
                    CAPÍTULO 6
    ENTRE septiembre de 1972, en que acabó la transcripción del libro,
y marzo siguiente Bill mostró el material tan sólo a cuatro personas:
Hugh Lynn Cayce; un sacerdote católico llamado padre Michael que era
alumno de uno de los cursos de graduado impartidos por él; y dos
amigos íntimos.
    Cada una de estas personas tuvo una reacción positiva pero muy
diferente ante el Curso. Sus dos amigos encontraron el material in-
teresante a nivel intelectual, pero no deseaban trabajar con las lecciones.
Por su parte, Hugh Lynn sintió que el trabajo era «tremendamente
importante» y que sus contenidos le indicaban que tenía el potencial de
cambiar a «miles de personas». Mientras que el sacerdote, que tenía una
cierta preparación en el estudio de las religiones y el misticismo,
encontró que el Curso estaba en completa armonía con las grandes
enseñanzas místicas de Oriente y sintió que las lecciones estaban
concebidas con brillantez.
    Bill tuvo problemas para convencer a Helen de que le permitiera
enseñar el Curso a cada uno de ellos, y como no tenía ganas de seguir
manteniendo discusiones de este tipo, decidió no mostrárselo a más
personas. El Curso volvió al archivador y allí se quedó guardado para lo
que el futuro le deparase.
    En septiembre, cuando el Curso se completó, Bill leyó en una re-
vista especializada un artículo titulado «Misticismo y esquizofrenia»,
escrito por un médico y psicólogo llamado Kenneth Wapnik. Bill pensó
que el artículo le resultaría fascinante al padre Michael y se lo hizo
llegar sin darle más importancia. Este, sin embargo, pensó mucho sobre
las ideas del artículo y sobre su autor.
                                 * * *
    Kenneth Wapnick tenía treinta años y hacía cuatro que se había
doctorado en psicología. Nació y se crió en la fe judía, pero a mediados
de 1972 tuvo una profunda experiencia mística que le llevó a «saber»
que tenía que hacerse católico. Se bautizó oficialmente en
90
octubre de aquel año y el sacerdote que le bautizó tenía en tan alta
estima a este nuevo converso que comentó a su amigo el padre Mi-
chael, con quien estaba asistiendo a un curso por aquel tiempo, «lo
bello que había sido el bautizo de un psicólogo llamado doctor
Wapnick».
    El padre Michael reconoció el nombre inmediatamente y le dijo a
su amigo que le gustaría mucho conocer al doctor Wapnick. El sa-
cerdote expresó que le gustaría mucho presentarlos pero que el doc-
tor Wapnick estaba planeando irse a Israel y no sabía cómo tendría
programado el tiempo que le quedaba; en cualquier caso, le daría su
teléfono e intentaría que pudieran ponerse en contacto.
    Unos días después Ken llamó a Michael y acordaron una fecha
para verse. De forma inmediata sintieron una afinidad mutua y
pronto se hicieron amigos. A lo largo de sus debates sobre psicología
y misticismo, el padre Michael pensó que a Ken le gustaría conocer
a dos amigos suyos psicólogos y pocas noches antes de que saliera
para Israel le presentó a Helen y a Bill.
    El encuentro ocurrió en el apartamento de Bill después de cenar.
La conversación giraba predominantemente en torno a temas
profesionales y teorías, pero en un momento dado, Bill mencionó el
material que Helen había trascrito y preguntó a Ken si le gustaría
echarle un vistazo. Cuando Ken vio el volumen del manuscrito, se-
ñaló educadamente que sólo tenía unos días antes de irse y que no le
quedaba tiempo para ojearlo de la forma que le gustaría.
    Sin embargo, al llegar a Israel se encontró pensando con mucha
frecuencia sobre el manuscrito que Billle había mencionado. No sa-
bía porqué pensaba tanto en él, pero lo seguía teniendo en mente y
decidió que cuando volviera a Estados Unidos, debería localizar a
Bill y examinar en detalle su contenido.
    Ken Wapnick pasó más de cinco meses en Israel, de los cuales
tres y medio permaneció en un monasterio trapense, y cinco semanas
en otro monasterio que estaba en la cima de una montaña en la baja
Galilea. Este último había sido creado para desarrollar una co-
munidad en la que musulmanes, cristianos y judíos vivieran y reza-
ran juntos. La misa y las oraciones comunitarias se celebraban en
hebreo y Ken se sentía bien en aquel lugar. Pensó que podía ser su
punto de destino. Sin embargo, en marzo de 1973 se sintió guiado a
volver a Estados Unidos. La guía únicamente le dijo que debía vol-
ver, pero él pensó que había tres razones para ello: mejorar las rela-
ciones con su familia, renovar las relaciones con sus amigos y ver el
manuscrito que Billle había mencionado unos días antes de irse de
Nueva York y que había permanecido en su mente a lo largo de toda
su estancia en Israel.
91
    Al volver a Nueva York, no sabía cuanto tiempo se quedaría en
los Estados Unidos. Sentía que era un viaje de visita y que volvería a
Israel, quizá para vivir en aquel monasterio por un período de tiempo
indefinido. El padre Michael le recogió en el aeropuerto y una de las
primeras cosas que Ken le dijo era que quería ver a Bill Thetford y
aquel manuscrito que le había mostrado. Cinco días después, Bill le
pasó el manuscrito de 1500 páginas y Ken descubrió que se llamaba
Un curso de milagros. Durante los dos meses y medio siguientes,
Ken apenas hizo otra cosa que leer el manuscrito. A lo largo de aquel
periodo fue sintiendo cada vez más claramente que su vida espiritual
estaba de alguna manera conectada con ese material y que no iba a
volver a Israel para quedarse ni para residir una larga temporada.
   Cuando acabó de leer el Curso completo, tenía claros los pasos a
dar en su vida: viajaría a Israel para zanjar algunos temas que habían
quedado inconclusos y después volvería a Nueva York para trabajar
junto a Helen y Bill en el Curso. También sintió que era importante
que Helen y Bill visitaran Israel y les sugirió que lo hicieran
mientras él estaba allí para así poder mostrarles lo que él consideraba
los lugares más significativos.
    Tanto Helen como Bill tenían vacaciones, y como ambos tenían
deseos de visitar Tierra Santa pensaron que la invitación de Ken de
hacer de guía, daría al viaje una dimensión añadida que de otra ma-
nera no hubieran podido disfrutar.
    La tercera semana de agosto de 1973, un mes después de que Ken
hubiera vuelto a Israel, y a pesar de las aprensiones de Helen en
relación al legendario calor estival israelí, Bill, Helen y Louis em-
barcaron en un avión rumbo a Tel Aviv.
    Helen, a pesar de quejarse continuamente del «calor insoporta-
ble», participó plenamente en los planes que les propuso Ken, resul-
tándole especialmente conmovedora la visita a Qumran, el lugar
donde se descubrieron los manuscritos del Mar Muerto.
    Al acercarse al lugar donde fueron hallados los manuscritos, He-
len se detuvo visiblemente conmovida. Se quedó mirando a la aper-
tura de la cueva y repentinamente rompió a llorar. Aunque Louis y
Bill intentaron consolarla, no pudo articular palabra durante cinco
minutos, y cuando por fin retomó la compostura, hablaba tan bajo
que los demás tenían que esforzarse mucho para oírla.
    «Esta es la cueva -dijo con voz temblorosa-. Esta es la cueva
donde vi el pergamino que decía DIOS ES.» Nadie dijo una palabra;
no había nada que decir.
    Un rato después, impregnados del ambiente histórico que rodea al
Mar Muerto, Helen comenzó a decirse a sí misma: «Sabes, le pasa
algo al nivel del agua. Está muy bajo y antes solía estar mucho más
92
alta». Bill, que no tomaba a la ligera ningún pensamiento de Helen,
abrió una guía que había comprado a su llegada a Israel y comenzó a
ojearla. «Muy interesante, Helen —comentó—. Aquí dice que en los
tiempos de los esenios, el nivel del agua del Mar Muerto era mucho
más alto.» Todos se quedaron en silencio y por fin Helen, muy
emocionada, dijo: «Este es el lugar más sagrado de la Tierra».
    Después de un rato continuaron moviéndose por allí y unos mi-
nutos más tarde, en la misma zona, Helen volvió a detenerse de re-
pente frente a otras ruinas. Miró al frente, hacia una suave depresión
en el terreno y fijó la vista en una antigua tumba. «Esto me resulta
muy familiar, quiero ir allí y echar un vistazo» —dijo. Antes de que
pudiera dar más de dos pasos, la Voz que ya se le había hecho muy
familiar le dijo de repente: «Deja que los muertos entierren a los
muertos». Helen se detuvo sabiendo muy bien a que se refería.
    Las experiencias vividas por Helen en Israel, a pesar de su inten-
sidad emocional, a la larga no tuvieron efecto en su actitud hacia
Dios, la reencarnación o cualquier otra cuestión espiritual. No podía
negar el impacto de tales experiencias pero sus creencias e ideas
respecto a Dios siguieron siendo tan ambiguas como siempre.
    Helen, Louis, Bill y Ken volvieron juntos a Nueva York a prime-
ros de septiembre. Ken se sentía instintivamente atraído hacia el
centro médico aunque Bill hubiera dicho que veía muy difícil que
tuviera trabajo para él. Pensó que como tenía algo de dinero aho-
rrado e iba a vivir en un hotel católico muy barato de Manhattan
oeste, sus acciones en el futuro inmediato no se verían condicionadas
por el hecho de no tener un empleo remunerado, y el tirón del
manuscrito era tan grande que sabía que se dedicaría a él sin im-
portarle los obstáculos que aparecieran en su camino.
    A mediados de ese mismo mes, Ken comenzó a ir al centro mé-
dico cada día aunque no tenía un trabajo oficial. Pasaba el día le-
yendo y releyendo cuidadosamente cada sección del manuscrito y
discutiendo con Helen lo que pensaba que había que hacer para ase-
gurarse de que el material fuera totalmente claro. Fue una labor que
sólo se pudo realizar a través de una dedicación total y mucho amor.
Pasaron más de mil horas determinando la puntuación precisa y lo
que debía ir en mayúsculas. Asimismo, Ken dedicó mucho tiempo a
revisar y pulir las particiones de las secciones y los encabezamientos
que Helen y Bill habían insertado el año anterior. Aunque Helen y
Bill hicieron un primer trabajo de dividir el manuscrito en secciones,
ninguno de ellos estaba completamente satisfecho con el resultado,
con lo que Ken asumió la tarea de conseguir la colaboración de
Helen para asegurarse de que los encabezamientos estuvieran en
armonía con la pureza de contenidos del Curso. Si no lle-
93
gaban a un acuerdo, Ken y Helen preguntaban a su guía interna y las
repuestas recibidas por cada uno de ellos siempre coincidían.
    Cuando Ken llevaba tres meses trabajando con Helen, el padre
Michaelle envió dos sacerdotes para ponerse en tratamiento tera-
péutico con él. A pesar de no hacer ningún esfuerzo por aumentar
sus ingresos, a partir de ese momento Ken comenzó una pequeña
consulta psicológica privada que iría desarrollando únicamente en
base a referencias de amigos, y hacia otoño de 1974 dedicaba los
viernes a los clientes que le habían ido surgiendo. Por aquel tiempo,
Bill también le encontró un trabajo de psicólogo a tiempo parcial en
su departamento, justo en el momento más oportuno, pues ya em-
pezaba a quedarse sin dinero y a preguntarse qué hacer al respecto.
    A medida que se acercaba la Navidad de 1974, Ken sintió una
intensa presión interna para completar el trabajo de editar el Texto.
No sabía porqué sentía aquella urgencia y tampoco le resultaba fácil
la situación, ya que cuanto más presionaba a Helen para que traba-
jara con él, más parecía ella resistirse. A pesar de todo, él sabía que
debía continuar el trabajo y acabado y, en consecuencia, pasaron fi-
nes de semana, noches y cualquier otro momento en que Helen es-
tuviera disponible para cooperar completando aquel trabajo monu-
mental del que se había hecho responsable.
    A finales de enero el trabajo estaba acabado a entera satisfacción
de ambos y el manuscrito que en un principio habían sido 500.000
palabras de dictado sin pausas, ahora era un Curso de autoestudio,
fácil de leer y con un estilo coherente. Helen, Bill y Ken tuvieron
una sensación de alivio sentida de forma diferente por cada uno
según su personalidad y actitud. Helen se sintió por fin libre; Bill
sabía que habían dado lo mejor de ellos mismos, y Ken se sentía
muy agradecido por haber podido participar en un trabajo de gran
significado espiritual.
    Por aquel tiempo, Bill comentó a Helen que había estado pregun-
tándose cómo podrían llegar las enseñanzas del Curso relativas a la
curación a quienes practicaban la medicina tradicional. Comentó que
había estado leyendo artículos de distintos temas que él sentía
relacionados con la cuestión y entre ellos había una intrigante
información sobre un invento ruso llamado fotografía Kirlian.
Explicó a Helen que este proceso era una forma de fotografía a alto
voltaje que parecía indicar el campo de fuerza alrededor de la
materia. Bill se preguntaba si ese aparato podía ser una forma fiable
de demostrar, a través de la tecnología, la existencia de energías no
físicas, haciendo de esta manera el asunto más aceptable a los
colectivos profesionales.
    Helen dijo que no sabía nada del tema pero que le preguntaría a
su guía interna. Dos días más tarde llevó a Bill información
94
que había anotado y que parecía ser la respuesta a aquella pregunta.
       «No tiene nada que ver con la luz --dijo-; es sonido», y leyó a Bill el
principio de una transmisión muy técnica que les sorprendió por su
naturaleza científica. El dictado describía un aparato que cuando fuera
construido podría medir la curación en un cuerpo. Las Notas sobre el
sonido parecían incompletas y poco claras pero se completaban con
imágenes que Helen tenía del aparato mismo y de las que podía hacer
una descripción con palabras.
       Ni Helen ni Bill comprendían el aspecto técnico de la información y
decidieron dejarla de lado hasta que algún ingeniero entrase en contacto
con ellos'. Entretanto continuaron sus tareas profesionales sin hacer
muchos progresos en su relación interpersonal.
       Por aquel tiempo, se encontraba un día Bill trabajando en su
despacho cuando sonó el teléfono. La voz al otro extremo del hilo
telefónico se identificó como un amigo de uno de sus colegas de tra-
bajo. Según dijo, llamaba porque él y algunos socios estaban prepa-
rando una conferencia sobre la fotografía Kirlian y se preguntaba si el
auditorio del hospital en que Bill trabajaba podría ser alquilado. Bill le
dijo que no era posible alquilarlo a gente sin relación con el hospital, y
el hombre le preguntó si le podía sugerir otro lugar para la conferencia.
Bill le habló del primer lugar que le vino en mente, que era la Academia
de Medicina, situada entre la Quinta Avenida y la calle 104. El hombre
pensó que era una idea muy buena, le agradeció la información y colgó.
       Bill no volvió a pensar en la llamada hasta que recibió una invi-
tación para la primera Conferencia Internacional sobre la Fotografía
Kirlian que se iba a celebrar el sábado dentro de tres semanas. El
hombre con quien había hablado le enviaba una nota de agradecimiento
escrita sobre la invitación impresa: «Gracias; venga por favor». A causa
de las Notas sobre el Sonido, Bill tuvo una intensa sensación de que
debería asistir; consultó a Helen y a Ken qué les parecía y juntos
decidieron preguntar a la guía interna. La respuesta fue muy clara:
Helen no debería ir pero Bill sí.
       El sábado de la conferencia hacía una mañana de primavera muy
hermosa y Bill se dirigió a la Academia de Medicina protestando un
poco por tener que pasar el día en un edificio cerrado.
       «¿Por qué hago esto?» -refunfuñaba, mientras caminaba a pie por
la Quinta Avenida. Finalmente lo racionalizó diciéndose que
___________________________________
       En los años siguientes el material ha sido mostrado a distintos científicos eminentes,
pero ninguno de ellos ha podido dar la información necesaria para poder construir el
aparato.
95
quizá tendría ocasión de conocer a uno de los oradores,
Douglas Dean. Bill había oído hablar de este profesor
universitario de ingeniería y sus investigaciones sobre la
curación paranormal, y pensó que quizá podría arrojar algo de
luz sobre el ingenio curativo que Helen veía en sus imágenes.
    Cuando llegó a la academia se presentó al coordinador de
la conferencia con quien había hablado por teléfono en un
principio sobre la posibilidad de alquilar el auditorio del
hospital.
    —¿Puedo hacer algo por usted? -le preguntó el
    coordinador.
    —Sí— le respondió Bill-. Me gustaría conocer a Douglas
    Dean.
    Fueron presentados de inmediato y comenzaron a hablar
de fenómenos paranormales. Como el programa de la
conferencia estaba a punto de comenzar, pensaron que les
gustaría quedar un día para comer y continuar con la
conversación, así que decidieron encontrarse diez días
después en la oficina de Bill.
    La conferencia comenzó, y después de los saludos de
bienvenida, la encargada de hacer la charla de introducción
fue Judith Skutch, una mujer de cuarenta y cuatro años,
profesora de parapsicología. No era la primera vez que Bill
veía a Judith; habían coincidido el año anterior en una
conferencia sobre parapsicología, de la que Judith fue
presidenta, que se había celebrado en el ayuntamiento. A
medida que Judy empezó a hablar, Bill pensó: «Realmente
debería tener un encuentro con ella algún día, pero no hoy».
96
                        CAPÍTULO 7
    JUDY Skutch se había criado en un vecindario de clase media en
Brooklyn, Nueva York, pero su pasado no se podía calificar de
«ordinario» .
     A la edad de siete años, cuando estaba en tercer grado, el consejo
educativo de las escuelas de su área diseñó un programa de educación
para niños superdotados y Judy fue seleccionada para participar en él.
El programa estaba basado en la idea de que la educación auto dirigida
facilitaría el aprendizaje y promocionaría la creatividad. A pesar de su
edad, a los participantes se les ofreció la posibilidad de elegir clases
de lengua extranjera, matemáticas y ciencias, así como de lectura
rápida y mecanografía. También se promocionaban los proyectos
grupales y se examinaban a fondo los trabajos de investigación.
     El programa era interesante, aunque para Judy supuso tener que ir
en autobús cada día a una escuela pública lejos de su barrio durante
los siguientes cinco años. Además, a pesar de que tenía que realizar
otro largo viaje interurbano, sus padres insistieron en que asistiera a la
escuela hebrea cuatro tardes por semana, así como a la escuela
dominical. Su padre, una abogado llamado Samuel Rothstein, era líder
de una organización judía a nivel mundial que concedía gran
   importancia a su tradición y quiso asegurarse de que sus hijos
   estuvieran versados en el significado del judaísmo.
     Judy tuvo poco tiempo y oportunidades de llevar una vida social
normal en su preadolescencia porque, aparte de tener pocos compa-
ñeros de su escuela en la vecindad y de sus largos desplazamientos,
recibía clases de música entre semana e iba a la sinagoga los sábados
por la mañana. Como consecuencia de todo ello, sus compañeros
' fueron los libros.
      Al acabar la escuela primaria, el programa para estudiantes su-
perdotados se continuó en el instituto de su área. Las líneas maestras
del programa fijaban que los estudiantes del grupo especial estuvieran
separados de los demás, por lo que aunque ya no tenía que hacer el
largo viaje de ida y vuelta a la escuela cada día, seguía sin
101
estar en contacto con gente de su edad que viviera cerca de su casa.
El programa de aprendizaje especial le resultó, a pesar de todo, muy
interesante. Apenas hacían nada del trabajo típico que normalmente
se hace en las aulas. En su clase de ética, por ejemplo, organizaban
visitas a los tribunales de justicia, después de los cuales, en vez de
hacer exámenes, editaban un periódico sobre lo que habían visto en
los distintos juicios a los que habían asistido.
     Tampoco se podía decir que su vida familiar fuera la típica. Cre-
ció en una atmósfera muy familiar y su casa siempre parecía estar
llena de parientes, sobre todo a finales de los años treinta y princi-
pios de los cuarenta cuando tantos judíos huían de Europa. Los pa-
rientes de países ocupados por los nazis que habían conseguido es-
capar al holocausto hicieron de la casa de los Rothstein su «hogar de
acogida» .
     Dada la necesidad de espacio para dormir, pidieron a Judy que
compartiera habitación con su abuela materna. La compañía de esta
sabia mujer, Anna Solomon, resultó ser una intensa experiencia
emocional para Judy porque llegó a intimar más con ella que con
cualquier otra persona de su familia. Su abuela era una mujer muy
independiente que había enviudado cuando tenía casi cincuenta
años y, por aquel entonces, se proveía el sustento trabajando en una
guardería infantil de su propiedad.
     Además de todos los parientes, Judy estuvo en contacto con una
 serie de líderes políticos y religiosos que visitaban la casa de los
 Rothstein para hablar con su padre de temas relacionados con el ju-
 daísmo a nivel mundial. El hecho de cenar en la misma mesa con
 Eleanor Roosvelt u otras figuras de renombre dio a Judy un «saber
 estar» en las relaciones sociales que se iría manifestando más a me-
 dida que madurara.
     La mayor parte de sus pensamientos íntimos eran compartidos
 con su abuela pero había uno, basado en algo que le había ocurrido
 en su pubertad, que no compartía con nadie.
    A la edad de trece años tuve una experiencia mística espontánea que
me afectó tan profundamente que la incorporé a la esencia misma de mi
conciencia. Sin llegar a entender su significado, porque el intelecto no
podía enfrentarse a aquel poder, de una u otra forma sabía que lo ocurrido
era Verdad.
     El incidente sucedió cuando tuve que ser sometida a una operación
dental. No tenía ni idea de cómo sería aquel proceso, no sabía que me iban
a administrar un anestésico, y me sorprendió encontrarme atada a un
sillón entre dos auxiliares: uno
102
para administrarme el gas y el otro para observar la marcha de la
operación a medida que el cirujano la realizaba. Cuando me
pusieron la máscara en la cara, comencé a luchar con la sensación
de pérdida de conciencia y en un instante sentí un miedo tremendo
de «perderme a mí misma» . El dolor emocional era muy intenso y
la sensación física que sentía era de enorme presión, como si tiraran
de mí dentro de mi cabeza. Era como si estuviera perdida en la
conciencia a lo largo de una línea de puntos negros. De forma
inexplicable, sabía que tenía que progresar hacia arriba y cuando la
línea de puntos negros me rodeó convirtiéndose en un triángulo,
supe que mi conciencia debía llegar hasta su vértice. Para mí
aquello fue la muerte. La lucha interna era inmensa pero no podía
continuar y finalmente, después de una agudísima y cortante
sensación de dolor, me sentí catapultada a través de la barrera del
sufrimiento a la paz total.
    No había percepción, sólo un sentimiento de luz absoluta y
preciosa. Yo no era un cuerpo, veía sin ojos y tenía conciencia de
una realidad total que transciende los sentidos. Me envolvía una
sobrecogedora sensación de bienestar y en un lugar al que podemos
llamar «conocimiento»; yo era una con el Universo, con todas las
almas y con Dios. En este estado de conocimiento, la paz, la alegría
y la realización estaban más allá de todo lo que se pueda imaginar.
    Recuerdo vívidamente el sentimiento de «por fin estoy en casa» ,
y cuando esto ocurrió, escuché una voz dentro de mí y a mi
alrededor que me repetía: «Ahora conoces, ahora conoces, ahora
conoces». No sabía lo que conocía pero parecía conocerlo Todo.
    Al despertar de la anestesia intenté contarle a mi madre esta
maravillosa e incomprensible conciencia de lo que la vida es re-
almente. Me escuchó sonriente y me dijo que se alegraba de que
hubiera tenido un sueño tan bonito. Reconocí que me sería im-
posible traducir o explicar con palabras aquello que sentía que era
el conocimiento.
    Al no poder hablar sobre la experiencia ni tener la ayuda ne-
cesaria que me indicase la literatura que pudiera validarla, reprimí
aquel incidente hasta que casi dejó de formar parte de mi
conciencia. De hecho, lo reprimí tan totalmente que durante mis
años universitarios no me interesé por hacer cursos que hubieran
ampliado mi comprensión de la experiencia. Sin embargo, en algún
lugar de mi conciencia, nunca perdí el senti-
103
miento de que nuestro verdadero hogar está en el reino del co-
nocimiento total y no en el reino de la forma.
    Cuando Judy acabó sus estudios universitarios se matriculó en la
Escuela de Filosofía de la Universidad de Columbia para realizar un
master en Literatura Inglesa. En menos de un año, hizo lo que tanto
ella misma como sus padres esperaban que hiciera: se casó. Los
siguientes tres años estuvo trabajando en un editorial donde realizaba
los comentarios de presentación para las cubiertas de los libros. Este
trabajo no era lo que había imaginado cuando estudiaba periodismo y
en el séptimo mes de su embarazo lo dejó sin pensado dos veces.
    Su primer hijo, Jonathan, nació en 1955 y su hija Tamara llegó en
1959. Sus experiencias con Tamara cuando comenzó a hablar fueron
las que dieron un giro a su subconsciente haciéndole recordar con
claridad aquella experiencia que le había ocurrido en el dentista
quince años atrás...
    Casi desde el momento en que empezó a hablar, me di cuenta de
que Tammy parecía estar en sintonía con el mundo a su alrededor de
una forma que estaba más allá de los cinco sentidos. Tuve las
primeras indicaciones de esto en el increíble contacto telepático que
existía entre ella y yo. A menudo cuando yo estaba pensando en algo,
ella, ya desde que pudo articular palabra, respondía a mi
pensamiento.
    Un día, cuando tenía tres años, yo me estaba preguntando qué
hacer de comida para Jonathan, que pronto volvería de la escuela.
Pensé que quizá le gustaría tomar atún. Tammy, que estaba a mi
lado, respondió como si yo hubiera expresado el pensamiento con
palabras, diciéndome que a ella no le gustaba el atún y que preferiría
que hiciera otra cosa. Cuando le pregunté sorprendida porque había
dicho aquello, me respondió: «Has dicho que estabas pensando en
hacer atún, ¿no?».
En aquel momento me di cuenta de que oía de forma diferente.
    A lo largo de la infancia de Tammy, este tipo de cosas ocurrían
cada vez con mayor frecuencia, e incluirían una gran variedad de
experiencias desde comunicación telepática a sueños precognitivos y
manifestaciones de clarividencia. Muchas veces se despertaba con
informaciones para mí, e insistía en que no venían de un sueño sino
de un real. Usaba la palabra «real» como sustantivo porque decía
que podía distinguir entre lo que
104
parecía fantasía y lo que sabía que estaba ocurriendo. En realidad,
los sucesos que describía no habían sucedido todavía pero estaban a
punto, tal como aprendimos al poco tiempo.
    Hubo una ocasión, por ejemplo, justo antes de su séptimo
cumpleaños, en que vino a mi cama por la mañana temprano, cuando
aún estaba oscuro. Lloraba desconsolada y entre lágrimas me dijo
que su fiesta de cumpleaños iba a ser un desastre. Me dijo que había
tenido uno de sus reales y que dos de sus compañeras, que no eran
amigas suyas, habían desbaratado la fiesta tirando comida y
comportándose de tal forma que hubo que llamar a sus padres para
que vinieran a recogerlas antes de tiempo. Para empeorar las cosas,
las niñas habían recuperado los regalos que la traían antes de irse.
    Cuando indiqué a Tammy que aquellas niñas no estaba invitadas
a su fiesta y que no tenía de que preocuparse, reconoció que era
verdad, pero insistió en que el sueño era un real. Sin embargo,
cuantos más detalles recordaba, más se daba cuenta de que no tenía
nada que ver con su fiesta. Las decoraciones de su fiesta eran
mejicanas, mientras que las del real estaban tomadas de la tira
cómica «Peanuts». También se fijó en que la fiesta de su real se
celebraba en un piso decorado de forma muy distinta al nuestro.
Sabiendo esto, se sintió mejor y pudo volver a la cama.
    Tammy tuvo una fiesta de cumpleaños muy alegre y no volvió a
pensar en su real hasta dos semanas después cuando estaba en la
fiesta de cumpleaños de una amiga en cuya casa no había estado
antes. La dejé en la puerta del edificio donde estaba el apartamento y
quedamos en que pasaría a recogerla en aquel mismo lugar a las
cinco de la tarde. Sin embargo, a las cuatro llamó y con gran
determinación me dijo que tenía que subir a recogerla al mismo piso
cuando terminara la fiesta. No tenía muchas ganas de hacerlo pero
entendí que era importante para Tammy que lo hiciera.
    Cuando llegué, Tammy, muy emocionada, me recibió con la
noticia de que todo había ocurrido tal como ella lo había experi-
mentado anteriormente en su real' las decoraciones de «Peanuts», las
dos niñas que tuvieron que ser enviadas a casa antes de tiempo por su
mal comportamiento, incluso el hecho de que antes de irse habían
recuperado sus regalos.
    Hubo muchos ejemplos de sueños precognitivos similares a este a
medida que Tammy fue creciendo, e igualmente hubo docenas de
casos de telepatía y clarividencia.
105
    A medida que estos incidentes se hacían menos sorprendentes
para mí, me fui dando cuenta de que mi hija usaba sus habilidades de
forma natural y constructiva y que se sentía muy cómoda con este tipo
de percepciones.
    En consecuencia, yo misma me sentía relajada y cómoda con tales
capacidades y sabía que no había nada que temer. De hecho todas las
manifestaciones de la personalidad de Tammy como consecuencia de
su alto nivel de sintonía eran muy positivas, y me parecía que todos
los rasgos paranormales de su personalidad eran tan solo una
extensión de su naturaleza abierta.
    Esto se me hizo aún más claro debido al hecho de que si alguien
pedía a Tammy que hiciera una transmisión telepática, no quería ni
intentarlo y educada mente se negaba. Me dijo que no quería usar sus
habilidades a menos que hubiera una buena razón para ello y
pensaba que actuar para el público no lo era. Sin embargo, cuando
era necesario enviar un mensaje debido a una emergencia, se ofrecía
a hacerlo y además solía tener éxito en su intento.
    Esto quedó demostrado de forma muy hermosa cuando un tío mío
de Nueva York se puso repentinamente enfermo y mi madre, que iba
camino del teatro, tuvo que ser informada. Tammy, que entonces tenía
doce años, se dio cuenta de lo importante que era para mí localizar a
mi madre y me preguntó si quería que le enviara un mensaje.
Evidentemente, yo le dije que sí y se fue de la habitación por unos
minutos. Cuando volvió dijo con mucha seguridad: «La abuela lo ha
recibido».
    Le pregunté cómo lo sabía y me describió el procedimiento
diciendo que había ido a su habitación, se había puesto delante del
espejo y se había mirado intencionalmente a sí misma hasta que había
«desaparecido» . Entonces repitió tres veces: «Abuela, llama a casa»,
y cuando sintió un «click» en la parte posterior de su cabeza supo que
su abuela había recibido el mensaje.
    Resultó que, efectivamente, mi madre lo «recibió» aunque no tenía
ni idea de que era algo «enviado». Mi padre se detuvo un momento en
su oficina para recoger el correo, y mi madre, a los pocos momentos
de que Tammy enviara el mensaje, dijo que había tenido la sensación
de llamarme. Este era un comportamiento atípico, y mi padre, que no
quería llegar tarde a la actuación, intentó convencerla de que no
perdiera tiempo.
106
    Sin embargo ella sentía una inmensa fuerza que le impulsaba a
llamar y fue una bendición que as{ lo hiciera porque necesitábamos
urgentemente que llevara a su hermano al hospital.
    Incidentes de este tipo fueron la piedra de toque para darme
cuenta de que Tammy daba muestras de no tener dificultad para
extender su conciencia más allá de los parámetros de su cuerpo. Esto
le permitía mucha más conexión con la gente de lo que yo había
creído posible en un principio.
    En 1966, el doctor Irving Rubin, un buen amigo mío que había
conocido a Tammy toda su vida, me dio un libro. «Toma -me dijo-.
Creo que lo encontrarás interesante y puede que te ayude a entender
algunas de las experiencias de Tammy.» Era un libro de Jess Stearn
titulado El profeta durmiente. La historia de Edgar Cayce, el mayor
psíquico de América.
    Llevé el libro a casa y se lo enseñé a mi marido Bob, el padre
adoptivo de Tammy, y tanto él como yo comenzamos a interesamos
por toda la información escrita con las habilidades paranormales de
este hombre. A su vez esto hizo que comenzáramos un programa
autodirigido de lecturas relacionadas con los fenómenos psíquicos.
Bob se sentía particularmente intrigado por las lecturas relacionadas
con la curación paranormal. Sin embargo, pronto se hizo evidente
que tentamos que ser extremadamente selectivos para elegir
información que fuera fidedigna. Por tanto decidí investigar aquel
campo a través de los estudios académicos.
    Durante algunos años hice cursos en la Nueva Escuela para la
Investigación Social y recibí enseñanzas de los principales
investigadores en ese campo. Mi enorme interés me llevó a asistir a
los cursos abiertos al público que ofrecían la Sociedad Americana de
Investigación Física y la Asociación para la Investigación y la
Iluminación.
    Pronto me hice amiga de los investigadores pioneros, como el
doctor Stanley Kipner y el doctor Montague Ullman, del Laboratorio
de Sueños Maimónides de Brooklyn, Nueva York; el doctor Ian
Stevenson, un conocido investigador de la reencarnación en la
Escuela de Medicina de Virginia; el doctor Lawrence LeShan, un
psicólogo cuyo extenso estudio de investigación dio como resultado
un método único de enseñar la sanación psíquica; y en general la
mayor parte de las figuras conocidas a nivel nacional que eran
líderes en este campo. Al ir
107
implicándome en sus esfuerzos, finalmente me di cuenta en 1971 de
que el mejor uso que podía hacer de mis energías era dedicar/as a
apoyar las investigaciones parapsicológicas. Cuanto más observaba
el desarrollo de mi hija y más aprendía sobre las investigaciones
paranormales, más claro veía que tenía que dedicarme totalmente a
un único objetivo: aprender cuanto fuera posible sobre el potencial
del ser humano. Con este propósito, Bob y yo creamos una
organización no lucrativa a la que pusimos el nombre de Fundación
para la Investigación Parasensorial.
    Para Judy Skutch, la dirección de la Fundación para la Investi-
gación Parasensorial resultó ser un trabajo al que dedicaba hasta
dieciocho horas diarias, pues Judy y Bob eran sus dos únicos miem-
bros y él trabajaba toda la jornada como asesor de inversiones.
    Judy se dedicaba a hablar con muchas personas que buscaban
financiación para sus proyectos, sopesaba su importancia y pedía
consejo a sus amigos, profesionales en esos temas, a la vez que ayu-
daba a contactar entre sí a la gente con objetivos comunes.
    Los fondos que la Fundación ofrecía en forma de becas eran muy
modestos, y las primeras investigaciones fueron gestionadas a través
del Laboratorio de Sueños del Hospital Maimónides, que
experimentaba con los estados alterados de conciencia. Las personas
que trabajaba en el Laboratorio se hicieron buenos amigos de Judy y
Bob, y cuando pensaban que un proyecto merecía la pena, Judy
intentaba encontrar el dinero para financiado. No eran proyectos muy
amplios sino más bien intentos de ayudar a poner en marcha las
investigaciones más meritorias con un poco de dinero inicial. Más
tarde, si el trabajo prometía, había otras grandes organizaciones que
podían sentirse inclinadas a continuar con la financiación.
    Durante este tiempo, Bob comenzó a trabajar con la sanación
paranormal y además se sentía interesado por el proceso conocido
como «escritura automática». En el curso de su inmersión en este
tema se sintió impulsado a experimentado por sí mismo y durante una
temporada estuvo escribiendo material cada noche en estado
meditativo. Todas las páginas de guía interna que escribió resultaron
ser de gran valor en su trabajo de curación y también constituyeron un
apoyo fiable que le ayudaba a tomar aquellas decisiones que parecían
necesitar algo más que la lógica.
    La Fundación trabajaba principalmente con la curación paranormal
y la escritura automática, y como tanto Judy como Bob sen-
108
tían que debían ayudar a atraer la atención del público hacia estos
temas, patrocinó una serie de conferencias públicas a partir de 1973.
    En junio de 1973, Judy y Bob organizaron una de estas confe-
rencias en el Centro Lincoln de Nueva York a la que asistieron más de
mil personas. El tema de la conferencia era «Sanación psíquica: mito
dentro de la ciencia», y estaba centrado en el trabajo de gente como
Larry LeShan y Stanley Krippner, los sanadores OIga Wonal y Edgar
Jackson, así como de la hermana Justa Smith cuyo trabajo pionero
investigaba el efecto de la curación psíquica en la estabilidad de las
enzimas.
    Debido a las presiones de Stanley Krippner, la Fundación pa-
trocinó también las dos primeras «Conferencias occidentales sobre
acupuntura, fotografía Kirlian y el aura humana». Estas eran las
primeras conferencias que trataban de estos asuntos y fueron lo
suficientemente significativas para que se publicaran sus debates.
    Además, Judy hacía el seguimiento de los numerosos proyectos de
investigación que la Fundación ayudaba a financiar, incluido el
innovador trabajo sobre visión remota realizado en el Instituto de
Investigación de Standford con el psíquico israelí Uri Geller. Este
proyecto, cuyos resultados se publicaron en la prestigiosa revista
británica Nature, junto a una miniconferencia sobre los fenómenos
psíquicos a la que asistieron dieciséis físicos de renombre mundial,
fueron muy importantes para conseguir que a nivel mundial se
reconociera la importancia de investigar el funcionamiento
psíquico. De hecho, la conferencia misma llevó a publicar un libro:
Los documentos Geller, de Charles Panoti.
    Judy continuó asumiendo responsabilidades: se hizo miembro
fundadora de la Sociedad de Ciencias Noéticas junto al ex-astronáuta
Edgar Mitchell, y también profesora de la Escuela para la Educación
Continua de la Universidad de Nueva York donde daba clases de
Parapsicología Experimental y Nuevas Dimensiones en la Sanación.
Paralelamente aceptaba invitaciones para participar en programas de
radio y televisión en los que hablaba de su trabajo, y por si fuera poco,
comenzó su tesis doctoral en el Instituto de Psicología Humanista en
California.
    Su vida externa comenzó a parecer una compañía teatral de
derviches girando. La revista Nuevas Realidades, en la biografía que
acompañaba a una entrevista hecha a Judy, describía su vida de esta
forma:
109
      La mejor manera de resumir la vida de Judy Skutch en
      los años setenta es ver como transcurre un día típico en
      el salón del amplio piso que tienen los Skutch en Nueva
      York. En una habitación se muestra una película a un
      grupo interesado en la biorretroalimentación, en la
      siguiente hay un grupo practicando meditación y en
      una tercera hay una reunión de investigadores
      médicos.
      Skutch misma parece estar en todas partes a la vez y
      también hace juegos de manos con tres teléfonos que
      conectan a tres personas entre sí en el campo de la
      conciencia. En cualquier momento uno se puede
      encontrar con Edgar Mitchell, Swami Muktananda o
      Uri Geller, por no hablar de un amplio surtido de
      psíquicos, místicos y psíquicos o simplemente amigos
      de amigos. A quien venga por primera vez le parece un
      milagro que una mujer tan pequeña pueda mantener
      todo esto en funcionamiento a la vez y además servir la
      cena, preparada por ella, a todos los reunidos.
          .
    La capacidad de Judy para tapar su vacío existencial y la ausencia
de realización que sentía por aquel tiempo, en 1975, era igualmente
milagrosa. Superficialmente, su vida era todo lo que ella hubiera
deseado: su trabajo era desafiante y divertido, toda su familia
compartía sus intereses, y sus consejos y servicios eran buscados por
gente de todo el país. Pero le faltaba algo vital y esto le producía un
profundo dolor.
    Mi situación comenzaba a causarme dolor físico: contraje una
grave úlcera péptica. Sabía muy bien el efecto que las emociones
pueden tener en el bienestar físico pero ese conocimiento no hacía
que cambiaran los síntomas. De hecho, el conocimiento de que me
estaba haciendo aquello a mí misma me hizo sentirme aún más
frustrada. Buscaba una y otra vez las respuestas que me ayudasen a
salir de la prisión que yo misma había construido, pero no
encontraba ayuda alguna. Todo lo que sabía era que a pesar de
todos los aspectos que tenía el trabajo que estaba realizando, no
había ni un sólo proyecto que no me dejara con la sensación de que
daba una respuesta incompleta, de que faltaba algo. Respetaba y
apoyaba el enfoque científico y
110
lo creía totalmente necesario pero no estábamos tocando ninguno de
los aspectos espirituales, aunque supiéramos en todos los proyectos,
en especial con los relacionados con la curación, que tratábamos
con principios espirituales una y otra vez.
    En aquel momento comencé a tener sueños que fueron la
continuación de mi primera experiencia mística. Esta vez parecía
haber en ellos un mensaje que me dejaba con una sensación de amor
universal omniabarcante, cercana al éxtasis, aunque este
sentimiento era efímero y no podía mantenerlo.
     El contraste que había entre los sentimientos que experimentaba
en sueños y los que tenía cuando estaba despierta y activa era, como
poco, desgarrador. Aunque mi marido y mis hijos no se quejaban
nunca, sabía que mi estado mental nos hacía sufrir a todos.
     Me sentía deprimida y quería cancelar el compromiso adquirido
dos meses atrás de dar el discurso introductorio en la conferencia
sobre fotografía Kirlian que tendría lugar en la academia médica de
Nueva York. Ahora que había llegado la hora, tenía unas ganas
desesperadas de no hacer aquella presentación y sin embargo sabía
que no podía evitarlo de ninguna manera. Aquel día, me arrastré a
mi misma hasta el lugar en que se celebraba la conferencia e hice un
discurso de veinticinco minutos sobre la sanación y la importancia
de atraer métodos de curación no tradicionales hacia la práctica
médica habitual.
     Después de la conferencia fui directamente a casa y me metí en
 la cama. Me sentía más hundida que nunca. Lo tenía todo... un
 marido amoroso, dos hijos preciosos y con talento, un trabajo
 creativo que me ponía en contacto con la gente más interesante... y
 sin embargo sentía un gran vacío dentro, como si me estuviera
 partiendo en pedazos. Entonces, en medio de una aguda crisis
 emotiva, rompí a llorar y sin saber muy bien cómo o de dónde
 vinieron las palabras solté un grito dolorido: «Que alguno de los de
 ahí arriba me ayude, por favor». Las palabras me sorprendieron
 porque nunca antes las había utilizado ni había tenido pensamientos
 parecidos.
     Dos días después, hacia las nueve de la mañana, sonó el te-
 léfono. Una amiga mía de Detroit estaba en Nueva York y me dijo
 que era importante que nos viéramos, proponiéndome que nos
 encontráramos a la hora de comer en un restaurante del centro de
 la ciudad. Cuando llegué me estaba esperando y le acompañaba un
 hombre de unos cuarenta y cinco años. Me lo
111
presentó como su profesor de metafísica y me dijo que tenía un
talento especial como numerólogo. Como yo no sabía nada de
numerología y no era algo que me interesase mucho, escuché sólo a
medias las historias que mi amiga relataba sobre sus sorprendentes
capacidades de predicción y cómo le había ayudado a encontrar
una forma más pacífica de mirar la vida. Después de comer, cuando
nos íbamos, mi amiga me dio la tarjeta de aquel hombre e insistía en
que me hiciera la carta numerológica. El hombre me miró
directamente y dijo: «Tengo muchas ganas de hacerte la carta, para
ti será un regalo».
    La conversación me dejó confundida pero como creía que en la
vida no hay encuentros fortuitos, sentí que tenía que ceder a los
deseos de mi amiga. Racionalizándolo me dije a mí misma: «Los
numerólogos, como los que leen las cartas del Tarot o quienes leen
el futuro, son personas muy sensibles que tan sólo utilizan un tipo de
herramientas como puntos focales para decirme algo acerca de mí
misma que me ayude a resolver mi problema». En mi estado de
angustia, valía la pena probar cualquier cosa.
    A la mañana siguiente le llamé y concerté una cita con él para la
tarde. La carta numerológica que me había preparado estaba
basada en mi nombre y fecha de nacimiento que yo le había
facilitado el día anterior y describía con precisión algunos de los
sucesos más importantes transcurridos en mi vida. Me dijo que
pronto conocería a una mujer mayor que yo que sería mi maestra
para el resto de mi vida, y que en el espacio de un año iba a
publicar uno de los documentos espirituales conocidos más
importantes para la Humanidad. Cuando le dije que no estaba por
escribir nada, él respondió: «No he dicho que vayas a escribirlo, he
dicho que vas a publicarlo». Le dije que era ridículo porque no
estaba en el negocio editorial. El sonrió cálidamente y simplemente
dijo: « Ya lo verás».
    A la mañana siguiente me despertó una llamada de mi amigo
Douglas Dean, el presidente de la conferencia en la que había dado
la charla unos días atrás. Douglas me dijo que tenía dos razones
para llamarme: la primera era saber si me encontraba mejor y la
segunda era que le habían presentado a un profesor de la Escuela
Médica de la Universidad de Columbia en la conferencia y éste le
había invitado a comer el martes siguiente en la universidad para
poder comentar algunos temas de interés mutuo. «¿Te gustaría
venir?» -me preguntó.
112
    Aunque no me sentía bien, él insistió en que le acompañara. Le
dije que iría porque aunque el profesor de Columbia no había
especificado el tema del que quería hablar, había estado mucho
tiempo esperando ansiosamente la oportunidad de hablar con un
representante del mundo de la medicina ortodoxa sobre el enfoque
holístico en la curación. Esta parecía ser la oportunidad perfecta de
exponer nuestras ideas a un profesional conectado con una de las
instituciones médicas más prestigiosas del país. Le dije a Douglas
que ya había quedado para comer el martes, pero que si el profesor
podía cambiar la cita al miércoles estaría encantada de unirme a
ellos. Después de colgar empecé a pensar en qué material podría
llevar para intrigar al profesor lo suficiente de manera que nos
ayudase a forjar algún tipo de conexión entre los profesionales
médicos y los individuos con capacidades curativas.
    El 29 de mayo de 1975, Douglas y yo fuimos al centro médico en
la parte alta de Broadway, en Manhattan, donde nos encontramos
con el profesor doctor William Thetford. Me sentía un poco
aprensiva ante el encuentro porque no sabía que tipo de hombre iba
a encontrar, dado que Douglas sólo había hablado unos minutos
con él en la conferencia y no tenía ningún tipo de pista sobre sus
intereses específicos. Douglas me aseguró que pronto lo
averiguaríamos ya que el doctor Thetford le había dicho que nos
esperaría en su despacho e iríamos a comer directamente.
    Una vez aparcado el coche, según nos acercábamos al edificio
del centro médico en medio del flujo de peatones, le dije a Douglas:
«Mira, ahí está, nos está esperando en las escaleras», y le señalé un
hombre delgado y alto. Douglas estaba asombrado: «Sí, ese es el
doctor Thetford. Pero Judy, ¿cómo lo has sabido? ¡Nunca le habías
visto antes!».
    No pude contestar a Douglas racionalmente porque ni siquiera
me había detenido a pensarlo antes de hablar. Sin embargo, después
de decirlo tuve la sensación de que ya conocía a aquel hombre.
    Después de las presentaciones, el doctor Thetford nos dijo que
había bajado a recibimos para que no nos perdiéramos en el
laberinto de pasillos y salas que constituían el complejo conocido
como centro médico. Entonces nos llevó a la cafetería de profesores.
En el recibidor nos presentó a una de sus colegas, la doctora Helen
Schucman, una mujer pequeña, ligera y de
113
mediana edad; no podía pesar más de cuarenta y cinco kilos y era la
compañera de trabajo del doctor Thetford. Entramos los cuatro en
el restaurante y después de que ambos profesores nos pidieran que
les llamáramos por sus nombres de pila, Bill nos llevó a una mesa
apartada.
    Después de hablar de algunas trivialidades, saqué el tema de la
salud holística que es el que yo quería discutir con ellos, pero no
pareció interesarle a ninguno de los dos. Tanto Bill como Helen
siguieron hablando de la investigación en general y cuanto más
hablaban, más me preguntaba qué hacía yo allí. La conversación
continuó y comencé a sentir que había algo en la mente de Helen
que no nos revelaba, aunque no podía imaginarme que era. Todo lo
que sabía era que no tenía nada que ver con los diseños
investigativos de los que hablaba. Estábamos ya tomando el postre
cuando me escuché a mí misma diciendo algo increíble; me volví
hacia Helen y lo que salió de mi boca fue: «Oyes un voz interna,
¿verdad?».
    Antes de que pudiera pedir perdón por aquel arranque sobre el
que no había tenido control, me di cuenta de que Helen se había
puesto pálida; con mirada tensa y voz suave me dijo: «¿Qué has
dicho?».
    Bill interrumpió echando su silla hacia atrás y diciendo: «¿Por
qué no vamos todos a mi despacho? Creo que estaremos mucho más
cómodos allí».
    No sabía si repetir o no lo que le había dicho a Helen, pero in-
mediatamente me di cuenta de que no tenía que preocuparme de ello
porque al salir del restaurante me percaté de que Bill quería ca-
minar a solas con Helen, y que Douglas y yo debíamos seguirlos.
Fueron hablando entre ellos hasta que llegamos al despacho donde
nos presentaron a su socio, el doctor Kenneth Wapnick. Entonces
Bill cerró la puerta con pestillo y preguntó en voz baja: «¿Podéis
mantener en secreto todo lo que aquí se diga?».
    Tanto Douglas como yo se lo aseguramos aunque no sabíamos
cual sería el contenido de aquel secreto.
    Bill y Helen pasaron las dos horas siguientes contándonos la
historia de los últimos diez años. Los hechos que describieron no me
parecían extraños y ellos tampoco me parecían desconocidos. De
forma inexplicable me sentía reunida con viejos amigos míos y lo
que decían me parecía muy natural, como si fuera la continuación
de los sucesos con los que ya había estado conectada.
114
    Toda la escena estaba bellamente orquestada; allí estaba yo,
sentada en un prestigioso centro médico con personas muy creíbles
en sus profesiones científicas, pero en vez de discutir sobre prácticas
de salud holística, lo que hacía era contener la respiración
esperando ver el documento metafísico que habían trascrito en
secreto. Les pregunté si podía leer aquel material.
    Bill abrió su archivador y tomando siete grandes carpetas del
tipo que usan los estudiantes de doctorado para sus disertaciones,
las puso sobre el escritorio. «Aquí está -dijo-. Mil quinientas
páginas, Un curso de milagros.»
    Me sentí electrificada. Cogí la primera carpeta que contenía el
Texto y a medida que la abría mis ojos se dirigieron a la in-
troducción:
          Éste es un curso de milagros. Es un curso
          obligatorio. Sólo el momento en que decides tomarlo
          es voluntario.
    Cuando acabé de leer el primer pasaje suspiré profundamente
aliviada, como si oyera a mi voz interna proclamar: «Este es el
mapa de vuelta a casa». Y supe de forma absoluta que esta era la
respuesta a mi petición de ayuda.
    Helen y Bill tenían programada su asistencia a una reunión del
personal aquella tarde y tuvieron que acabar su reunión con Judy y
Douglas antes de lo que hubieran deseado. Antes de irse, Judy quiso
saber a que se había referido Bill cuando dijo que lo que contara era
confidencial.
    -¿Significa que no queréis que enseñe el Curso a ninguno de mis
amigos? -preguntó.
    - No -dijo Bill-. Estamos seguros de que el Curso no se ha hecho
para ser mantenido en secreto. Simplemente no queremos que
nuestros nombres aparezcan conectados con él de ninguna forma.
    -Ya ves querida -dijo Helen-, sería muy difícil intentar explicar a
nuestros colegas cómo ha ocurrido todo esto. Bill y yo... Judy
interrumpió: —Desde luego, lo entiendo.
    —Sin embargo, es aún más importante -añadió Bill- que este
material se presente por sí mismo. No necesita que ninguna perso-
nalidad se relacione con él. Ya hay demasiados cultos a la personali-
dad y este Curso no debe ser la base de otro más. Helen y yo no sen-
timos que podamos representado porque no lo demostramos
115
adecuadamente. Como verás, Judy, el material es un Curso de auto-
estudio, y Helen y yo sólo somos dos estudiantes más.
    Cuando Judy llegó a su casa, nada más abrir la puerta llamó a
Bob y le dijo: «Mira lo que tengo». Siguió contándole toda la histo-
ria del Curso, tal como se la habían contado a ella aquella tarde. Bob
escuchó interesado; para él la prueba del Curso estaría en el
contenido y no en la forma. Él mismo había estado practicando la
escritura automática en los últimos tres años y no había nada anor-
mal en que alguien fuera utilizado como canal para registrar infor-
mación de cualquier tipo. En lo relativo al contenido, de momento no
sentía deseo especial de lanzarse sobre sus mil quinientas páginas.
    Judy comenzó a leer el Texto inmediatamente después de cenar y
según iba avanzando, sentía dentro de sí un profundo agradecimiento
porque sabía que su vida iba a cambiar de una forma que superaba
sus esperanzas más descabelladas. La terminología cristiana del
Curso no le supuso ninguna gran dificultad porque según Bill le
había explicado, él creía que el Curso la usaba porque el cristianismo
predomina en Occidente y a la mayoría de la gente le sería más fácil
identificarse con ella. Le comentó también que una parte del
lenguaje cristiano tradicional había sido reinterpretado en el Curso.
«Por ejemplo -le dijo-, la palabra 'expiación' en el Curso tiene un
significado diferente que en el cristianismo tradicional. En el Curso
significa la corrección de la percepción equivocada de que estamos
separados de Dios.» «El Espíritu Santo -añadió- se define como la
Voz de Dios dentro de cada uno de nosotros. Es nuestra guía y
conexión con el Creador»
    Eran las cinco de la mañana cuando Judy dejó el escrito y se dis-
puso a dormir; había estado leyendo ocho horas sin parar y aunque
sabía que no era la forma adecuada de leer el Curso si realmente se
quería estudiar, se sintió obligada a ver la impresión que le produ-
cían diversos fragmentos de los tres volúmenes. Sin querer explicár-
selo intelectualmente, estaba segura de que el Curso iba a ser la base
de su forma de vivir para el resto de sus días.
    Antes de quedarse dormida, algunas frases del Curso se repetían
en su cabeza; se sentía abrumada por la verdad y la intuición que
expresaba el material. Le había impactado de forma especial una
frase que había leído y memorizado en el capítulo Curación y
Totalidad: «La mente sin culpa no puede sufrir. Cuando está sana, la
mente cura al cuerpo porque ella ha sido curada». Cuando leyó
aquello enseguida pensó que su úlcera pronto pertenecería al pasado,
y justo antes de sumirse en el sueño tuvo la certeza de ello.
116
    A la mañana siguiente Judy llamó por teléfono a Helen para
contarle lo enormemente hermoso y significativo que era aquel ma-
terial y le preguntó si ella y Bill se detendrían un momento de ca-
mino a sus casas porque había un montón de preguntas que quería
hacerles acerca del Curso. Helen dijo que le gustaría pasarse y que si
Bill estaba libre, seguro que la acompañaría.
    Así comenzó una serie de reuniones casi diarias que Judy man-
tuvo con Helen y Bill, Y también con Ken quien para entonces era
tan importante para la gestión del Curso como Bill o Helen.
    En el transcurso de sus sucesivas reuniones a lo largo de los tres
años siguientes se desarrolló entre ellos un sentimiento de profundo
amor, conexión y compromiso mutuo.
    Diez días después de recibir el Curso de Helen y Bill, Judy tenía
programado ir a California para asistir a una reunión relacionada con
su trabajo en la Fundación y visitar a su supervisora doctoral, la
doctora Eleanor Criswell. Preguntó a Bill y a Helen si podía llevarse
el material y mostrarlo a algunos amigos que sabía que estarían in-
teresados.
    —California está a cinco mil kilómetros y nadie nos conoce allí
— comentó Bill con desenfado.
    Las siete carpetas con las mil quinientas páginas pesaban casi
diez kilos y aunque Judy no las había sacado de su apartamento
desde que las recibió, ya tenía idea de lo pesadas y voluminosas que
resultaban de mover. Cuando se preparó para ir al aeropuerto, la
única forma de transportarlas que encontró fue en un carro de la
compra, pero incluso antes de encajarlas allí supo que tendría que
hacer algo para que en el futuro fueran más transportables.
    En el avión tuvo seis horas de tranquilidad para pensar en el
Curso y darse cuenta de que había muchos amigos suyos que iban a
querer copias una vez que les hablara de él. No sabía como iba a po-
der satisfacer sus peticiones pero se acordó del primer principio de
los milagros en el Texto: «No hay un orden de dificultad en los mila-
gros», y concluyó que aquellos que tuvieran que tenerlas las
conseguirían de alguna manera.        .
    Una de las primeras personas a quienes mostró el Curso fue a
James Bolen, editor del la revista Psychic, una publicación de alta
calidad, quizá la más respetada en su área. La revista se interesaba
por una amplia variedad de temas y los artículos más destacados in-
cluían entrevistas con personalidades como el doctor J.B.Rhine o
Richard Bach, autor de Juan Salvador Gaviota.
    Naturalmente Jim Bolen estaba interesado en saber de qué forma
había sido recibido el material por la «escriba» pero cuando
117
Judy le habló de los contenidos del Curso y le mostró alguna de las
secciones específicas, él reconoció que tenía entre las manos el ma-
nuscrito más especial que hubiera visto nunca y sintió el deseo de
involucrarse en él personalmente. Surgió entonces el problema de
cómo podría trabajar con el Curso si Judy tenía sólo una copia, con
lo que Jim decidió hacer fotocopias. Debido a sus conexiones con
editores, pudo tenerlo hecho en veinticuatro horas y por sólo «cua-
renta y ocho dólares».
    Obviamente esta no sería una solución muy práctica en el futuro.
El material presentado de ésta forma era demasiado pesado y Judy
no podía seguir prestándolo por veinticuatro horas a todo el que lo
quisiera. A pesar de ello se fueron desarrollando formas de hacerlo.
La copia de Jim comenzó a ser reproducida, y las copias fueron
copiadas a su vez. En poco tiempo hubo más de cien personas en el
área de San Francisco que estaban en posesión de Un curso de
milagros.
    Poco después de llegar a San Francisco, Judy mostró el Curso a
Eleanor Criswell, su supervisora doctoral del Instituto de Psicología
Humanista, quien no tardó en reconocer la importancia del material.
«Muchísima gente va a querer esto -dijo-. Vas a tener que hacerlo
más manejable antes o después, y cuanto antes mejor.»
    —Está claro, Eleanor, pero ¿cómo lo hago? Costaría mucho di-
nero publicar este libro.
    —Depende de cómo lo hagas. Yo tengo una pequeña editorial
llamada «editorial de la persona libre» y estoy familiarizada con la
reproducción y encuadernación de documentos. Podemos hacer fo-
tocopias reducidas de las hojas mecanografiadas que tienes, encua-
dernarlas con cubiertas de papel y por el momento servirían perfec-
tamente a tus propósitos.
    —¿Todo esto se podría condensar en un volumen? –preguntó
Judy sin creérselo mucho.
    —No, probablemente necesitarías tres o cuatro volúmenes, y la
letra acabaría siendo bastante pequeña, pero sería legible.
    —¿Por cuánto lo podrías hacer? —preguntó Judy.
    Eleanor dijo que no lo sabía seguro pero que en cantidades de
cien unidades el costo estaría entre treinta y cuarenta dólares la uni-
dad.
    —Eso significa que tendríamos que venderlos a cuarenta y cinco
dólares porque querré regalar algunos a la gente que no pueda pa-
garlos.
    Eleanor le dijo que incluso al precio de cincuenta dólares, era
mejor publicarlo así que pagar el mismo dinero por diez kilos inma-
nejables de fotocopias.
118
    Judy pensó en consultar la idea con Helen y Bill, Y cuando llamó, la
respuesta de Bill fue muy previsible: «Hagamos lo que el Curso nos dice que
debemos hacer... preguntemos».
    Los tres se sentaron en silencio aquella tarde y pidieron una respuesta.
Cada uno de ellos obtuvo la misma respuesta afirmativa y, además, se les
aconsejó que obtuvieran los derechos de autor para adecuarse a las prácticas
editoriales.
    De esta forma se puso en marcha la impresión de la «primera edición» de
Un curso de milagros.
    Antes de colgar Judy añadió que en el área de San Francisco había tanto
entusiasmo por el Curso y tantas preguntas que no se sentía capaz de
responder, que pensó que sería de gran ayuda que Helen, Bill y Ken pudieran
trasladarse allí durante un par de semanas. Bill y Helen decidieron que estaría
bien hablar de manera informal sobre el Curso a unas pocas personas a cinco
mil kilómetros del hospital y cómo iban a tomar vacaciones, les encajó muy
bien en sus planes.
    Judy comentó a algunos amigos que Helen y Bill iban a ir al área de la
bahía de San Francisco durante unos días y que estaban dispuestos a hablar
sobre el Curso a un número reducido de gente. En una semana se constató que
había mucha gente interesada en asistir a aquella reunión y una vez fijada la
fecha de su celebración, hubo más de cien personas que confirmaron su
asistencia. Para poder dar cabida a todos, Judy alquiló una sala de conferencias
en el hotel donde Helen se alojaría.
    Desde el principio de aquella primera reunión, se vio que la gente que
había fotocopiado el Curso se planteaba las preguntas y el trabajo de forma
muy seria. Las preguntas y respuestas se prolongaron hasta más allá de
medianoche, y sin embargo Helen no mostraba signos de fatiga o
incomodidad. Cuando se iba, comentó a Judy: «El interés de esta gente me
llega mucho más hondo de lo que hubiera imaginado».
    Al final de su estancia, que se prolongó cuatro semanas, se habían reunido
con más de quinientas personas y Judy pudo ver claramente la satisfacción que
sentían Helen y Bill al ver cómo el Curso afectaba a las vidas de la gente,
compensándoles más que de sobra por la ansiedad que sentían por proteger su
vida privada.
119
                      CAPÍTULO 8
    LOS primeros cien juegos de Un curso de milagros le fueron ser-
vidos a Judy siete semanas después. Cada uno estaba formado por
cuatro volúmenes: dos incluían el Texto completo, y los otros
recogían independientemente el Libro de Ejercicios y el Manual para
el Maestro. Sus dimensiones eran las de un libro de bolsillo (doce
centímetros de ancho por veinte de alto), pero el tamaño de _letra era
un treinta por ciento menor que en el material original y se hacía
difícil de leer. Sin embargo, de esta forma, al menos era fácil de
transportar con lo que en una semana se distribuyeron ochenta de los
cien lotes en el área de San Francisco, y los restantes viajaron a
Nueva York con Judy.
     En vista de que esta veintena se distribuyó en cuatro días, Judy
 envió un SOS a Eleanor para imprimir otro centenar, pero antes de
 que le fueran servidos ya tenía casi cien nuevas peticiones.
     Por aquel entonces, Judy compartió con Helen, Bill y Ken en
 una de sus reuniones que tenía problemas para entender parte de la
 terminología del Curso, por lo que le gustaría que hubiera un glosa-
 rio de términos.
     Bill le dijo que ya lo había comentado varias veces con Ken y
 Helen, pero sin resultado. «¿No podrías pedir ayuda a la Voz para
 clarificar algunos términos?» -preguntó Judy a Helen.
     Esta respondió que por supuesto que podía preguntar, lo cual no
 significaba que obtuviera respuesta, añadiendo: "Si la respuesta es
 igual de larga que el resto del material, no estoy segura de querer
 oída».
   _ Aquella noche Helen se sentó en silencio en su casa y pidió
 ayuda. La Voz volvió, y lo que oyó fue el principio de la "Clarifica-
 ción de Términos», que acabaría incluyendo once de los mismos
 frecuentemente usados en el Curso. Esta breve sección, posterior-
 mente añadida al Manual para el Maestro, se transcribió en menos
 de nueve semanas.
     De cualquier forma, aquellas semanas no fueron nada tranquilas
 para Helen. Debido a una serie de reuniones de trabajo a las
120
que debía asistir y al trabajo subsiguiente producido por ellas, su
entorno profesional le resultó especialmente tenso. Una tarde que se
encontraba muy fatigada, se sentó en su despacho con Bill y Ken y
comenzó a leerles el nuevo material que había anotado. Re-
pentinamente, se detuvo y comenzó a quejarse de lo mucho que el
Curso interfería en su vida y de la pérdida de tiempo que le suponía.
    —¿Realmente no crees que es una pérdida de tiempo, verdad?
—le preguntó Ken.
    —Desde luego que sí.
    —Pero ya sabes lo hermoso y significativo que es el material.
    —¿Para quién? -refunfuñó.
    —Para quien quiera leerlo.
—Bueno, pues yo ya no quiero escribirlo -contestó-, ni tampoco
leerlo.
    Ken lo intentó de nuevo: «Bien, en ese caso ya no hay razón para
que lleves tu cuaderno de taquigrafía contigo. ¿Porqué no lo tiras a la
basura?», y diciendo esto se acercó, tomó el cuaderno y con la
habilidad de un jugador profesional, lo encestó en la papelera.
«Bueno —comentó según se erguía —esto simplificará mucho tu
vida», y sin esperar respuesta salió de la oficina seguido rápidamente
por Bill.
    A la mañana siguiente, a las seis y cuarto sonó el teléfono en casa
de Ken, justo en el momento en que estaba dando comienzo a una
sesión de terapia con uno de sus pacientes. Cogió el teléfono; era
Helen que estaba aterrorizada:
    —Ken, no puedo encontrar mi cuaderno. Lo he buscado por todas
partes.
    —Tiene que estar en algún lugar, Helen, mira en los papeles que
te llevaste a casa anoche.
    —Los he revisado ya tres veces -explicó nerviosa-. ¿Dónde podrá
estar?
___ —Helen, ahora tengo un cliente -respondió Ken-. Por qué no...
    —¡Oh, Dios! -exclamaron a la vez.
    —¡La papelera! -recordó Ken, quedándose boquiabierto. —
Olvidé sacarlo, me puse al teléfono y ...¿Qué vamos a hacer? —
Llama a Bill—le aconsejó-. Quizá pueda avisar al encargado de la
limpieza.
    Helen colgó y de inmediato llamó a Bill a su casa y le contó lo
sucedido.
    Billle tranquilizó: «No te preocupes, Helen; llamaré al celador y
le diré que retenga la basura hasta que llegue yo».
121
    —¿Cómo pude hacer una cosa así? —se preguntaba Helen des-
pués de colgar.
    Bill llamó al hospital inmediatamente e intentó hablar con el ce-
lador pero no tuvo suerte. Todo lo que sabía era que la basura se re-
cogía antes de medianoche y era llevada al incinerador del hospital
para ser quemada a las seis de la mañana.
    Bill colgó el teléfono, se puso la ropa y salió corriendo a coger un
taxi. La carrera hasta el hospital le pareció interminable a pesar de
que llegó en menos de veinte minutos.
    Aunque no pudo localizar al celador del edificio, encontró a un
ayudante que le confirmó que el encargado normalmente incineraba
la basura a las seis de la mañana aunque aquel día aún no le había
visto. Bill le contó al ayudante la importancia del asunto y éste le
llevó al lugar en que almacenaban la basura antes de quemarla.
Abrieron la puerta y Bill suspiró aliviado cuando vio la habitación
repleta de bolsas llenas de basura. Debía de haber unas cuarenta y
como todas eran parecidas, era imposible decidir por dónde
comenzar la búsqueda. A Bill no le agradaba mucho la idea de regis-
trar toda aquella basura que incluía todo tipo de sobras y excremen-
tos de los animales de los laboratorios pero sabía que tenía que ha-
cerlo. Silenciosamente pidió ayuda y cogió dos bolsas. El asistente
tomó una y le dio la vuelta. Bill revolvió entre los desperdicios pero
no vio el cuaderno. Ayudó al asistente a rellenarla de nuevo y abrió
la segunda bolsa. El asistente la vació e inmediatamente Bill localizó
el cuaderno y dio gracias en silencio por el milagro.
    Cuando se estaban limpiando, el hombre que generalmente in-
cineraba la basura entró apresuradamente: «Lo siento, llego tarde —
dijo—. No me encontraba bien».
    Este episodio tuvo un impacto vital en Helen al convencerla del
verdadero compromiso que tenía con el Curso. No podía negar la
sensación de pérdida que sintió al pensar que el cuaderno había sido
destruido.
     Poco después de que pidiera los terceros cien lotes de libros en
 edición de bolsillo, Judy recibió una llamada de una amiga que tenía
 una pequeña editorial y quería hablar con ella sobre la posibilidad de
 publicar Un curso de milagros comercialmente. Judy sabía que no
 podía tomar ninguna decisión sin contar con Bill, Helen y Ken.
 Evidentemente, esto significaba que cuando había alguna propuesta
 sólo tomaban decisiones después de que cada uno de ellos hubiera
 pedido ayuda a su guía interna, o como dice el Curso, al «Espíritu
 Santo».
     En la reunión siguiente, los cuatro se sentaron en silencio y pi-
 dieron ayuda. Lo que los cuatro escucharon fue que la amiga de
 Judy no debía editarlo.
122
    Siguieron este procedimiento media docena de veces a lo largo de
los siguientes meses, porque a medida que más gente se enteraba de la
existencia del Curso y lo pedía, los editores comenzaban a mostrarse
interesados. Judy sabía que el material tenía que ser publicado de
forma adecuada, pero no tenía idea de cómo hacerlo.
    El número de gente que llamaba a la Fundación para hablar con
Judy acerca del Curso siguió aumentando. Muchas eran personas a las
que ya conocía, pero también había muchos desconocidos que habían
oído hablar de los libros por un «amigo». Otra gente a la que no había
visto en años llamaba para preguntar cómo podría conseguir los libros
que había visto en la casa de «un amigo de un amigo». Lo más
desconcertante era que el número de llamadas no guardaba ninguna
proporción con el de los libros que habían sido distribuidos. «Las
fotocopiadoras deben estar haciendo horas extras» -solía comentar
Judy a Bob. Llamaba todo tipo de gente: psicólogos, educadores,
pastores, gente del mundo de los negocios, estudiantes universitarios,
católicos, protestantes, judíos, negros, blancos, y orientales; la
universalidad en la demanda del libro parecía ser total.
    En febrero de 1976, una vez más se agotaron los libros. La tercera
partida de cien lotes se distribuyó entre una lista de espera de gente
que los había reservado antes de que Judy los recibiera. Pero cuando
cada uno del círculo preguntó si se debían imprimir otra tanda igual, la
respuesta fue «No»; no lo entendían porque la demanda iba en
aumento en vez de disminuir y no había otra forma de satisfacerla que
no fuera imprimiendo más libros.
    «Quizá la gente que viene a vernos hoy serán los indicados»
    —suspiró Judy. Aquel grupo les fue presentado a través de John
White, un viejo amigo de Judy que era un respetado autor y editor. A
medida que el grupo expresaba sus actitudes, intereses y creencias, a
todo el mundo le pareció obvio que eran personas muy espirituales
que podrían cuidar de la andadura del Curso de manera responsable y
digna. Los cuatro tenían una sensación muy positiva y estaban
entusiasmados con la idea de que gente tan adecuada les hubiera sido
enviada para ayudarles a hacer el Curso asequible de la forma «menos
comercial» posible.
    Agradecieron a John que hubiera traído a sus socios y Judy le dijo
que volvería a contactar con él una vez que hubieran preguntado a su
guía sobre aquel asunto.
    Después de que el grupo de hubiera ido, los cuatro se sentaron en
silencio y preguntaron si esas eran las personas que debían publicar el
Curso.
123
trabajado en publicidad antes de trabajar en su empleo actual, co-
nocía a una serie de gente a la que llamar para pedir consejo.
    A la mañana siguiente temprano, sonó el teléfono y Bob lo cogió.
La operadora le dijo que había una llamada personal para Judy desde
México. Cuando Bob preguntó quién llamaba, la voz al otro lado de
la línea telefónica se identificó como Reed Erikson. Bob recordó que
era el fundador de la Fundación Educativa Erikson, en la que
trabajaba Zelda, una amiga de Judy. ZeIda Suplee, había presentado
Eric a Judy una noche hacía tres años y esta fue la única vez que
Judy o Bob le vieron o hablaron con él. Bob soltó el teléfono y le
dijo a Judy que tenía una llamada de larga distancia de Reed
Erikson.
    —¿Eric? -parecía confusa cuando cogió el teléfono, pero Eric fue
directamente al grano. ZeIda le había enviado una copia del ma-
nuscrito original de Un curso de milagros unos meses antes y quería
decirle a Judy que su vida no era la misma desde entonces. Continuó
hablando sobre la belleza del lenguaje, la verdad de las ideas y lo
práctico de las lecciones y dijo que estaba estudiando el Curso con
un grupo de amigos. Entonces la apremió para que publicara el
material de forma inmediata, y encuadernado en tapas duras, con el
respeto que merecía. Judy le dijo que ella y sus socios habían llegado
a la misma decisión la noche anterior, pero que lamentaba no
disponer del dinero necesario para publicarlo en ese tipo de encua-
dernación.
    —No entiendes, Judy -replicó Eric-. Te llamo para decirte que he
sido guiado recientemente a vender una propiedad y con esos in-
gresos quiero financiar la primera edición en tapas duras de cinco
mil lotes de Un curso de milagros. Debe ser hecho de forma ade-
cuada y tan pronto como sea posible.
    Judy se quedó con la boca abierta e inmediatamente llamó a He
len y a Bill para darles la noticia.
    —Ya lo ves, Judy -dijo Bill con hilaridad —. Realmente no hay
ninguna clase de dificultad en los milagros.
    Cuando Judy volvió a reunirse con Bill, Ken y Helen después del
fin de semana, esta comentó que tenía la clara sensación de que
como la Fundación iba a editar Un curso de milagros, deberían cam-
biarle el nombre. «Investigación parasensorial -dijo-, es equívoco e
inapropiado para el enfoque del Curso.» Aquella idea no se les había
ocurrido a los demás, pero cuando Helen la mencionó todos sintieron
que tenía razón. Lo siguiente que hicieron fue preguntar cual debía
ser el nuevo nombre de la Fundación.
    Aquella tarde, cuando se sentaron en silencio y preguntaron, no
recibieron respuesta. Judy y Bill coincidían en que habían oído que
125
el nombre debía cambiar, pero ni ellos ni Ken habían recibido res-
puesta directa a la pregunta. Decidieron que volverían a intentado en
otro momento.
    Al día siguiente, Bill llamó a Judy para decide que Helen había
recibido un nombre la noche anterior. Sin preguntar nada, le había
venido la imagen de una puerta de hierro forjado con una placa sobre
ella. Cuando se acercó a mirar, pudo leer: «Fundación para...», y luego
venía un espacio en el que había escrito algo ilegible, aunque después
se podía leer la palabra «Paz». «No se cual es el significado de las
puertas de hierro -dijo Bill- y tampoco lo sabe Helen, pero los dos
creemos que lo que vio está relacionado con el nuevo nombre de la
Fundación.»
    Aquella tarde, el grupo se reunió para comentar la información
recibida por Helen. Todos tenían claro que el nombre no debía ser
«Fundación para la Paz» ya que no les parecía suficientemente es-
pecífico. «El propósito del Curso -dijo Helen-, es ayudar a encontrar
la paz interior.» De forma casi simultánea, Ken, Bill y Judy, cada uno
de ellos, dijeron: «Paz Interior». Desde ese momento quedó claro que
el nuevo nombre debía ser Fundación para la Paz Interior.
    Los primeros juegos de la primera edición encuadernada en tapas
duras de Un curso de milagros se sirvieron el 22 de junio. Aquella no-
che hubo una fiesta en casa de Judy y Bob; celebraron simultánea-
mente la primera edición del libro y el cumpleaños de Douglas Dean,
el profesor responsable de que Judy llegara a conocer a Helen, Bill y
Ken. Todos se sintieron sorprendidos por lo rápido que se había reali-
zado la impresión y en uno u otro momento de la noche, cada uno de
ellos cogió los libros para acariciados suavemente, como si quisieran
asegurarse de que realmente estaban impresos. Cuando trajeron el
pastel de cumpleaños, Judy hizo un pequeño discurso para agradecer
todos los milagros que habían permitido que los libros nacieran de
aquella forma. Comenzó con las imágenes de Helen y la Voz, y siguió
con toda la lista de milagros hasta el de cómo se había financiado
aquella edición. Y cuando tomó los libros en sus manos, supo sin
sombra de duda, como todas las demás personas en la habitación, que
escuchando a sus voces internas, Un curso de milagros había sido her-
mosamente guiado hasta su perfecto nacimiento.
                                 * * *
126
    Reed Erikson, de la Fundación Educativa Erikson, regaló las
primeras copias del libro a más de doscientos de sus amigos perso-
nales y conocidos, aquellos que él sintió que se podrían beneficiar.
Estas personas vivían por todo el país y muchos de ellos eran líderes
en sus respectivas profesiones. Como resultado, el Curso comenzó a
tener una excelente difusión de forma casi inmediata.
    Otros miembros del grupo enviaron asimismo copias de regalo, y
Bill envió una a Hugh Lynn Cayce, que les había ayudado tanto años
atrás.
    Y además, la Fundación había acumulado una lista con más de
doscientos nombres de gente que solicitaba información sobre el
curso. Fueron informados de que ahora podían adquirido en el nuevo
formato.
    Los planes de Judy incluían un viaje a California aquel verano.
Al irse se llevó sesenta y cuatro juegos, e hizo enviar otros tantos
para poder proporcionárselos a quienes lo pidiesen. No tenía ni idea
de cómo se venderían ni a quién, pero sabía que si estaban disponi-
bles, la gente que debía tenerlos sería guiada hasta ellos.
    Cuando Judy llegó a California, inmediatamente se puso en con-
tacto con Jim Bolen, el editor de Psíquica, quien le insistió para que
dirigiese un grupo de trabajo sobre el Curso una de las noches si-
guientes. Bill, Helen y Ken habían acordado pasar algún tiempo en
California con Judy, y como iban a hacer el viaje al cabo de unos
pocos días, Judy y Jim reunió un grupo de unas veinticinco personas
que habían estado trabajando con el material. Existía en general una
gran sensación de dedicación al Curso, y las historias que se
contaron aquella noche sobre las transformaciones de tantas rela-
ciones eran el testimonio del incuestionable valor práctico de los
principios en los que estaba basado. Naturalmente, este fue el as-
pecto que más les gustó a Helen y a Bill de la reunión de aquella no-
che y de las otras que siguieron a lo largo de aquel mes de estancia
en el área de San Francisco. Les resultó también muy gratificante
tener la oportunidad de conocer a Reed Erikson, que estaba de visita
en esa ciudad en aquel momento. El 14 de julio se les presentó la
oportunidad de celebrar el cumpleaños de Helen y hacer los honores
a Eric por su especialísima intervención en la publicación del Curso.
    A partir de la primera reunión, todo el mundo deseaba adquirir
para sí ejemplares de la nueva edición. Judy se dio cuenta de inme-
diato de que los ciento veintiocho lotes que había traído consigo no
iban a ser suficientes para todos los que querían libros. A la mañana
siguiente llamó a Nueva York y pidió que le enviaran otros cien jue-
gos.
127
    A mediados de julio comenzaron a llegar pedidos por correo so-
licitando el Curso, de modo que cada día Bob abría tres o cuatro so-
bres con peticiones de libros. Entonces se autoproclamó presidente del
"Departamento de Atención Postal» de la Fundación, lo que sig-
nificaba que cada día cuando llegaba a casa después de trabajar todo el
día en la agencia de inversiones, abría el correo, escribía las etiquetas
de envío y las fichas para el archivo, y mandaba las primeras a Long
Island, que era el lugar donde estaban almacenados los libros y desde
donde se enviaban.
    A Bob le resultaba desconcertante comprobar que gente de zonas
donde el Curso no había sido «introducido» pudiera haber oído hablar
de los libros con tanta rapidez. Durante las primeras seis semanas
llegaron encargos desde veintitrés estados, entre los que se
encontraban Florida, Texas, Louisiana, Minnesota y Washington, y
también desde algunas localidades de Canadá.
    Entretanto, Jim Bolen que había estado trabajando con el material
durante casi un año, reconoció lo profundamente que el Curso había
afectado su vida y la de las personas a su alrededor, y decidió que se
debería escribir un artículo especial para la revista Psíquica.
    Cuando conoció a Helen y a Bill el verano anterior, se habían es-
tablecido entre ellos una conexión y un respeto mutuo inmediatos.
Especialmente Helen mostraba un cariño particular por Jim y le
gustaba estar con él. Sin embargo, cuando les dijo a Helen y a Bill que
quería hacer un artículo sobre el Curso, y que le gustaría que ellos
fuesen parte del artículo, Helen se resistió de forma inmediata. Bill
reconoció que ella reaccionaba así debido al miedo, pero tuvo que
reconocer que él tampoco tenía una sensación muy positiva hacia
aquella idea. Judy, por otro lado, sentía que los lectores de Jim eran
justo el tipo de gente a la que interesaría mucho leer sobre el Curso.
    Así que hicieron lo que el Curso pide que se haga constantemente,
se sentaron en silencio y preguntaron a su ser interno si debería
hacerse el artículo. Para sorpresa de Judy, su propia respuesta fue
«no», y sin preguntar siquiera supo que los demás habían recibido la
misma contestación.
    A Judy no le gustó aquella respuesta porque Jim era su amigo, y su
mente "lógica» le decía que debía tener el artículo para su Revista
Psíquica. Sugirió a los demás que sería bueno volver a preguntar, sólo
que esta vez preguntarían porqué el artículo no debía escribirse. La
respuesta fue clara y Helen la expresó de forma concisa:
    —He oído que el Curso no debe ser asociado de forma alguna con
lo psíquico —dijo—. Su impulso es espiritual, metafísico y psi-
cológico, y no debe confundirse con lo psíquico.
128
    La claridad del mensaje no dejaba lugar a dudas, y aunque tanto
Judy como Jim se sentían decepcionados, ambos sabían que la res-
puesta recibida era correcta.
    A lo largo de las cinco semanas siguientes, Judy fue invitada a
hablar sobre el Curso en una serie de reuniones en la zona de la bahía
de San Francisco. Las solicitudes provenían de grupos de educación
para adultos, grupos de psicología, organizaciones espirituales o de
estudiantes del Curso que habían formado sus propios grupos de
estudio. En todas estas charlas, al igual que en las organizadas por Jim
Bolen a principios del verano, destacaban la dedicación y la firmeza
de propósito de una forma que Judy nunca había visto antes cuando
daba conferencias sobre temas relacionados con parapsicología.
     Cuando Judy regresó a Nueva York a finales de agosto, casi cua-
trocientos juegos de libros habían sido pedidos por correo; llegaban
tres o cuatro solicitudes diarias y aunque seguían llegando más de
California, donde Judy, Bill, Helen y Ken habían estado aquel ve
rano, era evidente que la información se estaba extendiendo por todo
el país de boca en boca. Por ejemplo, llegaba una orden de envío de
una ciudad de Oregon ya las pocas semanas comenzaban a llegar más
desde la misma ciudad.
     Entretanto comenzaron a surgir espontáneamente grupos de es-
tudio sobre Un curso de milagros en muchos puntos del país como
Nueva York, Long Island, Chapel Hill, Houston, Washington D.C.,
Chicago, y en el Norte y Sur de California. En estos grupos, los estu-
diantes se reunían para compartir experiencias y ayudarse mutuamente
a aprender a vivir según los principios del Curso.
     En aquel tiempo, Judy recibió invitaciones de diversos grupos de
 Nueva York para introducirlo. Cada vez que recibía una invitación,
 preguntaba a Bill y a Helen si querían acompañarle y cada vez
 obtenía de ambos el mismo previsible «no, gracias» por respuesta.
     Sin embargo, en noviembre, cuando pidieron a Judy que diera una
 charla sobre el Curso en el club de parapsicología de las Naciones
 Unidas, Bill finalmente decidió ir con ella. No le importaba mientras
 se tratara de un grupo reducido de gente, ya que no creía que ningún
 miembro de la ONU tuviera algo que ver con el hospital en el que
 trabajaba.
     En aquel mismo mes Bill recibió una llamada de Hugh Lynn
 Cayce agradeciéndole mucho los ejemplares que había recibido como
 regalo, y le dijo que creía que realmente era uno de los documentos
 metafísicos más importantes que conocía. Continuó diciendo que a la
 librería de la Asociación para la Investigación y la Iluminación le
 gustaría poner los libros a la venta y pidió a Bill si
129
podía encargarse de que fueran enviados en depósito diez lotes de
libros a Virginia Beach.
    Esta fue la primera librería en la que Un curso de milagros se
puso a la venta.
                            * * *
  * ** * *
    Para Bob, uno de los aspectos más satisfactorios del cargo de
«Presidente del Departamento de Correos» en la Fundación era el de
leer y contestar el continuo flujo de cartas de todos aquellos a
quienes el trabajo con el Curso había afectado profundamente. Lle-
gaban cartas de gentes procedentes de cualquier tipo de fe o tradi-
ción, quienes en su mayoría relataban cómo aplicando los principios
del Curso, diversas relaciones inarmónicas habían comenzado a
sanar. Muchas de las cartas hacían referencia a los milagros ocu-
rridos cuando quienes las escribían comenzaron a aplicar los princi-
pios del Curso; milagros que les ayudaron a cambiar radicalmente la
dirección de sus vidas... milagros que siempre tenían como base la
percepción recientemente adquirida de que el amor está siempre
presente.
    A veces las cartas contenían relatos muy inspirados de cómo ha-
bía ocurrido lo «imposible», mientras que otras simplemente expre-
saban su agradecimiento a la Fundación por «poner a disposición del
público estos libros tan prácticos».
    Las cartas comenzaron a llegar a finales de otoño de 1976, y
hasta el día de hoy continúan llegando regularmente.
    Mientras Bob tomaba a su cargo el trabajo administrativo, Judy
pasaba mucho tiempo viendo a gente que había oído hablar de Un
curso de milagros, y que quería saber algo más sobre él. Aunque re-
cibía solicitudes de personas con todo tipo de formación, las más
habituales eran de educadores, psicólogos, y gente orientada espiri-
tualmente. Estas personas no sólo estaban interesadas en los libros
para sí mismas sino también en relación con sus prácticas profesio-
nales.
    La atracción hacia los libros por parte este tipo de gente fue pre-
cursora de cómo serían las cosas en el futuro porque, a medida que el
Curso se extendía por el país, habría muchas solicitudes de prac-
ticantes de esas profesiones.
    Helen, Bill, Ken y Judy siguieron dedicando tres tardes a la se-
mana a reunirse; algo que ellos consideraban un deber sagrado. Uno
de los temas que trataban con regularidad era el miedo de Helen a
que alguien del hospital se enterase de lo que había hecho,
130
porque a pesar de saber muy bien lo que decían las lecciones del
Curso, incluida la cuarenta y ocho en la que se afirma que «no hay
nada que temer», seguía sintiéndose muy amenazada por la idea de
que alguien lo descubriera. De hecho el que fuera cada día al hospital
y funcionara de forma muy productiva a pesar de sus miedos, era un
mérito de su capacidad profesional.
    Una tarde, en una de aquellas reuniones, Judy recibió una lla-
mada de Jim Bolen que estaba rebosante de entusiasmo. Relató a
Judy cómo el Curso le había ayudado a abrirse a muchas ideas que
antes le producían mucho temor y que quería compartir este nuevo
mundo lleno de dones con sus lectores. Por lo tanto, estaba exami-
nando con su socio la posibilidad de ampliar el ámbito de intereses
de la revista para incluir otros temas además de lo psíquico y quería
contarles que la idea que habían comentado en el pasado de cambiar
el nombre a la revista, ahora era más que probable. «Dile a Bill
—añadió— que el nombre que el sugirió espontáneamente cuando
hablábamos del tema es el que hemos elegido para la nueva revista
ampliada. »
    —¿Quieres decir Nuevas Realidades? —preguntó Judy.
    —Eso es -contestó Jim— que nos gustaría inaugurar el nuevo
formato con la primera presentación pública de Un curso de mila-
gros.
    Cuando Judy, Helen, Bill y Ken se reunieron para preguntar
sobre la idea de sacar un artículo en Nuevas Realidades, la respuesta
que todos recibieron fue afirmativa. Helen, sin embargo, no se sentía
muy alegre y comenzó a repasar su letanía de objeciones. Bill le
aseguró que permanecería en el anonimato, que Jim no imprimiría
nada que ellos no aprobasen y que el Curso iba a acabar estando
expuesto al público muy pronto en cualquier caso. «De esta forma
—dijo—, sabremos que lo que se escriba será exacto y no
sensacionalista.»
                             * * *
    Una de las personas que había comenzado a trabajar con el Curso
en otoño de 1975 era un periodista de treinta años, amigo de Judy,
llamado Brian Van der Horst. Brian era columnista del Village
Voice, un popular semanario neoyorquino especializado en noticias
curiosas e informes de investigación. Judy y Brian se conocieron a
principios de 1975 cuando él la había entrevistado mientras reunía
material para una historia que estaba preparando sobre los
fenómenos psíquicos. Aunque después de aquello no se vieron con
frecuencia, hablaban por teléfono de vez en cuando y se habían
hecho amigos.
131
    Cuando Jim Bolen preguntó a Judy si tenía alguna sugerencia
respecto a un posible autor para el artículo sobre Un curso de mila-
gros en Nuevas Realidades, ella inmediatamente pensó en Brian. Sa-
bía que había estado trabajando seriamente con el Curso y que había
experimentado muchos cambios positivos en sus relaciones. Aunque
Jim no conocía a Brian personalmente, conocía su excelente
reputación de reportero por lo que decidió llamarle y hacerle la
propuesta. La reacción de Brian a la sugerencia de Jim fue inmediata
y entusiasta; un artículo sobre el Curso era algo en lo que realmente
se podía meter a fondo y disfrutar.
    Con la ayuda de Judy, Brian hizo una larga lista de veinte perso-
nas, cada una de las cuales tenía una destacada reputación en su área
de actividad. Entre ellas había educadores, psicólogos, hombres de
negocios, escritores y un médico. El artículo se escribiría sobre
algunos de aquellos personajes y su contenido trataría de cómo el
Curso había afectado sus vidas hasta aquel momento.
    Mientras Brian comenzaba a preparar su artículo, Jim Bolen
llamó a Judy y le dijo que habían decidido que querían incluir una
extensa entrevista con ella en el primer número de la revista Nuevas
Realidades.
    —¡Venga ya!, Jim, tu revista entrevista a gente como Richard
Bach, no a Judy Skutch.
    Jim le explicó que aunque no lo reconociera, su trabajo en
parapsicología había hecho que su nombre resultara muy familiar a
los lectores de la revista y que un relato aparte acerca de su papel en
la publicación del libro sería muy apreciado por los lectores de la
revista. Dijo también que una entrevista de este tipo añadiría impacto
al artículo que Brian estaba escribiendo.
    Jim tardó casi una hora y tuvo que utilizar su lógica más persua-
siva para que Judy consintiera en preguntar a su voz interna qué de-
bía hacer. Asimismo, Judy contó a Helen y a Bill el proyecto de Jim
y ellos acordaron preguntar también. Para su sorpresa, la respuesta
que recibió Judy fue un enfático «sí», mientras que Helen y Bill es-
cucharon una respuesta igualmente afirmativa.
    Entretanto, a primeros de mayo, la organización de Hugh Lynn
Cayce, la Asociación para la Investigación y la Iluminación, envió el
número de marzo de su periódico. En él iba impreso el primer co-
mentario sobre el Curso. Esto es un extracto:
          Los tres libros constituyen uno de los sistemas
          de verdad espiritual más destacables a los que
          se puede acceder hoy en día en el mundo de la
          metafísica. Es una obra de revelación del siglo
          xx, cuyo ámbito
132
          virtualmente no tiene límites. Quienquiera que bus-
          que a Dios y que haya estudiado la literatura metafí-
          sica, el nuevo pensamiento o los misterios de las re-
          ligiones de Oriente u Occidente, debería leer Un
          curso de milagros.
    Poco después de la aparición del comentario, la librería de la
Asociación pidió cincuenta juegos. Para Bill esta era una de las se-
ñales por las que deberían tratar el tema de una nueva reimpresión
del Curso. De los cinco mil juegos que fueron impresos, quedaban
unos dos mil quinientos, los cuales bastarían para los seis meses si-
guientes si se mantenía el ritmo de la demanda. Pero teniendo en
cuenta la revista de la Asociación y suponiendo que el artículo en
Nuevas Realidades tendría algún efecto sobre los pedidos, Bill sentía
con claridad que debían encargar otra impresión.
    Una vez más los pros y contras «lógicos» fueron estudiados. Ob-
viamente nadie tenía una idea exacta del efecto que tendrían el artí-
culo y la entrevista en las órdenes de compra pero Bill sintió que se
podía esperar que fueran «unos mil» los pedidos de los lectores de la
revista Nuevas Realidades. Bob pensó que aquella era una estima-
ción muy optimista para una revista con una tirada de catorce mil
ejemplares, y después de la típica discusión infructuosa preguntaron
en su interior.
    Cada uno de ellos escuchó que se debían encargar otros cinco mil
ejemplares, pero Bill escuchó además que debían ser encargados de
forma inmediata.
    Cuando Bob llamó para encargados, le contestaron que tardarían
tres meses en servir los libros.
    —Es perfecto —dijo Bob— Esto nos pone a mediados de junio.
No los necesitaremos hasta dos meses después.
    ¡Qué poco sabía entonces!
    Al final del artículo de Brian, la revista imprimió un recuadro con
la información de cómo obtener el Curso, y cinco días después de
que el número fuera enviado por correo, la Fundación comenzó a
estar abarrotada de pedidos.
    Para Bob esta fue la señal de que debía renunciar a su puesto de
«Presidente de la Sección de Envíos Postales» y la Fundación con-
trató a una secretaria para gestionar los pedidos y la correspondencia,
ya que ambos parecían ir en aumento.
    A mediados de junio, Bob vio que escaseaban los libros: el en-
cuadernador estaba teniendo algún problema y los envíos se
retrasarían de cuatro a seis semanas. No había otra cosa que hacer
que
133
procesar el correo y preparar las etiquetas hasta que fuera servida la
segunda remesa de libros. Cuando los nuevos libros estuvieron lis-
tos, a finales de junio, ya había más de mil pedidos acumulados.
Nadie podía creérselo. Una revista que tenía una tirada de catorce
mil ejemplares era responsable de tres mil quinientos pedidos en un
período de cuatro meses.
    Otra reimpresión de 7,500 juegos de libros, que fue encargada tan
pronto como se recibió la segunda, llegó en octubre. Por entonces los
pedidos llegaban a un ritmo de unos veinticinco diarios y había una
serie de librerías que habían solicitado poner el libro a la venta. La
cuarta reimpresión de diez mil juegos se sirvió en enero de 1978 y
entonces se pudo abastecer a los libreros especializados en temas
metafísicos.
    Evidentemente, la información sobre el Curso se transmitía de
boca en boca. Tres meses después de la edición de los artículos en
Nuevas Realidades, se habían recibido pedidos de los cincuenta es-
tados así como de numerosos países del extranjero entre los que se
contaban Australia, India y Sudáfrica. Además todos los días llega-
ban cartas de agradecimiento de gente que contaba como el Curso
«ya» les había ayudado a sanar relaciones que antes daban por per-
didas. Para Helen y Bill ese fue el momento de «tocar fondo». Las
cartas eran un premio a los diez años que habían pasado recibiendo,
transcribiendo y cuidando el material.
    Hasta el día de hoy aún no se ha hecho ninguna publicidad re-
munerada del Curso. Sin embargo, hay muchos profesionales que
trabajan con él y le comentan en muchas de las conferencias que re-
alizan regularmente. Así, un psiquiatra puede dirigirse a un grupo de
salud holística, o un psicólogo puede dar un seminario de trans-
formación personal, describiendo cada uno de ellos la forma en que
el Curso ha influido en su vida. De esta manera cada uno ayuda a
extender el conocimiento del Curso, que tal como uno de los confe-
renciantes afirma, es «uno de los documentos más importantes del
siglo».
134
                   CAPÍTULO 9
    LA historia detrás de Un curso de milagros, ¿tiene algún signi-
ficado especial por sí misma, o es simplemente el sensacional relato
de algo extraordinario que ocurrió a dos personas que de alguna
manera pueden haber sido «diferentes» al resto de nosotros? El
nacimiento del Curso realmente puede ser considerado como un
milagro tal como los describe el Curso mismo, ya fue traído a la vida
a través de dos personas que parecían estar atrapadas en una relación
insoportable, que pidieron «otra forma mejor» de relacionarse y,
unidos por ese propósito, trabajaron en completa armonía. El
nacimiento del Curso ilustra de forma conmovedora uno de los
«cincuenta principios de los milagros» del Texto que afirma: «Los
milagros ocurren de forma natural como expresión del amor... todo
lo que viene del amor es un milagro».
    y no cabe duda de que el amor total fue la base de esa faceta de la
relación entre Helen y Bill. La Fundación para la Paz Interior ha
recibido cientos de cartas de gente que describe cómo han cambiado
sus vidas cuando empezaron a vivir según los principios del Curso,
es decir, cuando comenzaron a actuar desde el amor en vez de
reaccionar desde el miedo. Cada carta es distinta y sin embargo es la
misma.
    ¿Cómo funciona?
    Si describimos un incidente en la vida de una persona que intenta
vivir de acuerdo a los principios del Curso, podremos tener una idea
de lo que significan los milagros y del tipo de ellos que se pueden
esperar cuando uno realmente cree la explicación de la lección 77
del Libro de Ejercicios: «Tengo derecho a los milagros».
                             * * *
135
    En 1975, el doctor Gerald G. Jampolsky, de Tiburón, California,
tenía cincuenta años y era un psiquiatra de prácticas eclécticas y gran
éxito profesional. Por ser amigo íntimo y socio de Judy, fue uno de los
primeros que recibieron las fotocopias del manuscrito; le llegaron en
un momento especialmente apropiado pues acababa de pasar por un
traumático divorcio y estaba dándose a la bebida. En medio de todo
ello, había empezado a preguntarse cuál era su propósito en la vida y
estaba reevaluando seriamente su forma de vivir y sus valores.
Reconoció inmediatamente que este material podría suponer una
alternativa mejor que el camino que había emprendido y en
consecuencia ha estado trabajando con el Curso desde 1975, con lo
que su vida personal y profesional refleja su espectacular cambio.
    Jeny, tal como le conocen sus pacientes y amigos, es sin duda el
más conocido de los médicos que han hecho una exposición pública
del Curso y usado sus principios sistemáticamente en su práctica
profesional.
    Poco después de recibir el Curso, Jeny fundó una organización no
lucrativa llamada «Centro para la curación a través de la correcta
actitud». En el Centro se utilizan los principios de Un curso de
milagros para ayudar a los niños convalecientes de accidentes a
cambiar la percepción sobre su enfermedad. Gran parte de los cui-
dados y terapias están basados en las lecciones del Libro de Ejercicios
y, casi a diario, los niños se sientan juntos y hablan de cómo librarse
de sus miedos para encontrar la paz.
    Un día, Jeny recibió una llamada de una madre cuyo hijo había
sido víctima de un terrible accidente. Le contó que su hijo había sido
atropellado por un tractor, había estado en coma durante cuarenta y un
días, y ahora, aunque estaba fuera de peligro, estaba ciego y tenía el
cuerpo totalmente paralizado excepto el brazo izquierdo. «Joey está
terriblemente deprimido -dijo-. No sabemos qué hacer, ¿nos puede
ayudar?»
    —¿Dónde está ahora? —preguntó Jeny.
    —En casa con nosotros —contestó la madre—, pero le van a
trasladar a un hospital de Los Ángeles para intentar con él una terapia
diferente.
    Aunque aquella familia vivía a quinientos kilómetros al norte, Jeny
escuchó que su voz interna le decía que debía ver a esta familia, por lo
que voló a Eureka, alquiló un coche en el aeropuerto y condujo los
restantes cien kilómetros para poder estar con Joey y sus padres... sólo
para saber si podía ayudarles.
    Jeny, que sabía bien que el cambio vivido en su práctica médica y
en toda su vida se debía a su compromiso con el Curso, comenzó
136
a compartir con la familia algunos de los conceptos del material.
Explicó en detalle el significado de la lección 108: «Dar y recibir son
en verdad una sóla cosa», e intentó grabar en ellos el concepto de que
ayudar a los demás es ayudarse a sí mismo.
    —Aunque todo te pueda parecer terriblemente desolador —le dijo
a Joey—, siempre es posible encontrar a otros a quienes ayudar.
Y descubrirás cómo ayudarte a ti mismo cuando encuentres gente a la
que puedas ayudar.
    Al día siguiente, Joey fue trasladado a un hospital de Los Angeles
y cuando Jerry telefoneó a su madre para seguir el caso, ella le dijo
que los pronósticos no eran favorables. Sin embargo, unos diez días
más tarde, Jerry recibió una llamada de la madre de Joey.
    «Tengo que contarle un milagro» —dijo, y comenzó a describirle
como Joey se sentía tan deprimido a su llegada al hospital que pen-
saban que simplemente se iba a dejar morir.
    «Estaba en un estado terrible y nada le podía animar. Yo no sabía
que hacer —continuó—. Me quedé junto a su cama totalmente
desesperada, intentando pensar cómo podía ayudarle. Y entonces, de
repente, me acordé lo que usted comentó sobre ayudar a otros. Lo
único que se me ocurrió fue pensar en un niño de dos años que estaba
cinco camas más allá de J oey y que se había pasado llorando toda la
mañana. Evidentemente estaba muy enfermo y las enfermeras no
parecían poder ayudarle. De hecho, el niño parecía -sufrir una
regresión porque se asemejaba más a un recién nacido que a un niño
de dos años. Las enfermeras lo intentaban todo con él: lo llevaban a
caminar, le daban palmaditas... pero no conseguían nada y los lloros
molestaban a toda la sala.
    «Bien, sin pensarlo, fui a la cuna del niño y sin saber casi lo que
hacía, lo cogí en brazos, lo llevé a la cama de Joey y lo deposité sobre
el pecho de mi hijo, con la cara hacia abajo mientras seguía gritando y
llorando. Por un instante Joey se asustó y se agazapó, pero de forma
inmediata levantó la única parte de su cuerpo que podía mover, su
brazo izquierdo, y puso su mano en la espalda del niño comenzando a
acariciarle y calmarle hasta que. cesó el llanto y el niño quedó
dormido.
    «Joey sonreía y el niño también parecía sonreír. Las enfermeras vi-
nieron y contemplaron a los dos allí juntos y dijeron: "Es un milagro.
¿Por qué no se nos ha ocurrido antes?". En unos días pusieron en mar-
cha un nuevo programa en aquella misma sala, permitiendo que los
niños se ayudaran entre sí. Toda la sala se volvió un lugar alegre».
    ¿Inesperado? En absoluto, pues como el Curso afirma: «Los mi-
lagros ocurren naturalmente como expresiones del amor». Los deta-
lles, el hecho de que Joey recuperara finalmente el habla y las habi-
137
lidades motoras, puede que no fueran previsibles pero el desarrollo
general de los acontecimientos no les pareció extrañó a quienes es-
tudian y practican las lecciones de Un curso de milagros. El sistema
de creencias del Curso produce un estado mental en el que se espera
que ocurran milagros, porque los milagros son naturales.
    Uno se puede preguntar: «¿Qué es un milagro exactamente en el
contexto del curso?».
     Los comentarios de Bill Thetford han sido muy valiosos para
muchos estudiantes, en ellos afirma: «Los cincuenta principios a co-
mienzos del Texto son pistas para tener la sensación de lo que es un
milagro. Los cincuenta principios son un resumen de lo que dice el
Texto completo. Para mí, un milagro es simplemente la salida creativa
a un problema. Cuando el Curso dice: "No hay ninguna clase de
dificultad en los milagros", quiere decir que no existe ningún orden de
dificultad en la resolución de los problemas, y como todos los
problemas son el resultado de negar la existencia del amor, entonces la
mejor definición de milagro es: «Un cambio en la percepción que
permite apartar los bloqueos a la conciencia de la presencia del amor».
    Quienes estudian el Curso concluyen que lo que realmente están
haciendo es aprender a percibir de otra forma. Deben desaprender un
sistema basado en la creencia en la realidad física, pues el Curso
afirma que nuestra única realidad es el espíritu y nuestro conflicto
viene de vacilar entre los dos sistemas de pensamiento. Una creencia
mantiene que nacemos en cuerpos durante un breve tiempo para
experimentar ciertas alegrías, dolores, felicidad o pena y finalmente
morir. La otra creencia, la del Curso, es que somos creados a imagen
de nuestro creador, que es el Espíritu. En realidad no somos cuerpos
sino extensiones del pensamiento de Dios. Aunque nuestra herencia
natural es un estado de amor, hemos elegido soñar que estamos
separados de nuestro Origen, y al hacerlo pensamos que hemos
pecado. Nuestra culpa está basada en esa percepción errónea y de ella
proviene el miedo. Podemos aprender a liberarnos de ese miedo y
deshacer nuestro equivocado sentido del pecado y la culpa sólo a
través de la práctica del perdón, porque perdonando a otros es como
aprendemos a perdonamos a nosotros mismos y así nuestras ilusiones
de separación pueden ser curadas. Como dice el Curso: «Toda
curación implica reemplazar el miedo por el amor».
                              * * *
    La Voz que Helen oía dictando el Curso, ¿era realmente Jesu-
cristo? Tanto Helen como Bill creen que el material debe ser presen-
138
tado por sí mismo, sin tener en cuenta su supuesta autoría. En lo más
profundo de ella, Helen estaba segura de que la Voz era la de Jesús, y
sin embargo, seguía teniendo sensaciones ambivalentes sobre el tema:
    Por mi falta de fe en Dios, no me gustaba lo que estaba copiando, y me
sentía impulsada a atacarlo y probar que no era cierto. Por otro lado, pasé
mucho tiempo no sólo copiándolo sino también dictándoselo a Bill lo que
demuestra que me lo tomaba en serio. Llegué a llamarlo el trabajo de mi
vida, aunque seguía convencida de su falta de autenticidad y me daba
mucho miedo. Como señaló Bill, debo haber creído en él aunque sólo fuera
por lo que me peleaba con él. Aunque sea verdad, esto no me aliviaba y me
encontraba en la situación imposible de no creer en el trabajo de mi vida.
La situación era ridícula y dolorosa.
    ¿Pero, de dónde vino la inspiración? Evidentemente, aquel tema era el
último sobre el que yo hubiera esperado escribir porque no conocía nada al
respecto. Después de haber hecho la transcripción, supe que muchos de los
conceptos e incluso algunos de los términos del escrito se encuentran en el
pensamiento místico tanto oriental como occidental, pero en aquel momento
no tenía conocimiento de ellos. Tampoco entendía la tranquila pero
impresionante autoridad con que la Voz dictaba. Debido a la extraña e
imponente naturaleza de su autoridad, me refiero a la Voz con « V»
mayúscula. No comprendo la autoría real del escrito pero la combinación
de certeza, sabiduría, suavidad, claridad y paciencia que caracterizaba a la
Voz hace que esa forma de referencia parezca la más apropiada.
    En distintos puntos del escrito, la Voz misma habla de forma clara sobre
el Autor. Mis propias reacciones a esas referencias, que literalmente me
dejaron asombrada entonces, fueron perdiendo en intensidad hasta llegar a
un nivel de mera indecisión. No comprendo los hechos que condujeron a
realizar el escrito, no comprendo el proceso y, desde luego, tampoco com-
prendo la autoría. Para mí no tendría sentido intentar explicarlo.
                                * * *
                                   * *
                               *
139
    Cuando Un curso de milagros comenzó a ser transcrito
por Helen, nadie podía prever el efecto que tendría en el
mundo, pero parece claro que el material les fue dado a Helen
y a Bill para un propósito más amplio que el de simplemente
ayudarles a encontrar «una forma mejor» de vivir en el
Universo; ha afectado ya a un número demasiado grande de
vidas de una forma positiva para que hubiera sido dado por un
motivo tan limitado. Y parece ser que a su tiempo, y a su
manera, se extenderá allí donde sea necesario.
    Los conceptos del Curso son tales que cualquiera que
estudie el material seriamente debe encontrar que sus
percepciones cambian... que cuando uno cree y sigue la
realidad espiritual que propone, el único resultado posible es
la paz mental. Porque cuando nos liberemos de todos nuestros
miedos, seremos y sentiremos lo que en realidad somos, que
es amor total. Entonces sabremos que realmente el viaje hacia
Dios ha sido un viaje sin distancia.
140
                          EPÍLOGO
    En 1977, a la edad de sesenta y ocho años, Helen tuvo que
dejar el hospital después de haber trabajado dos años más que
la edad normal de jubilación. El 9 de febrero de 1981, casi
cuatro años más tarde, murió en la ciudad de Nueva York.
    Al año siguiente, en memoria de Helen, la Fundación para
la Paz Interior publicó Los regalos de Dios, la colección
completa de la poesía de Helen, escrita entre 1971 y 1978.
Aunque la poesía no fue escrita exactamente de la misma
manera que el Curso, muchos de los poemas tienen la misma
cualidad de inspiración que éste.
    En 1978, Bill se jubiló anticipadamente y se trasladó a
California donde trabajó en una consulta privada y ayudó a
escribir y editar algunos libros con Jerry Jampolsky. Murió de
un repentino ataque al corazón el 4 de julio de 1988.
    Judy se trasladó a California en 1978. En la actualidad
dedica la mayor parte de su tiempo a supervisar las diferentes
traducciones del Curso.
    En 1983, Ken creó la Fundación para Un Curso de
Milagros que se dedica a enseñar los principios del Curso y
tiene su base en Roscoe, Nueva York.
    Los estudiantes del Curso siguen formando grupos
espontáneos y autónomos que se reúnen regularmente para
comentar y estudiar el material. La Fundación para la Paz
Interior no tiene forma de saber cuántos grupos de este tipo
existen, pero se cree que hay más de dos mil en todo el
mundo.
    En febrero de 1993, la primera traducción al castellano fue
publicada por la Fundación para la Paz Interior. En diciembre
de ese mismo año había otras catorce traducciones en marcha
y las ediciones en lengua alemana, portuguesa y francesa
listas para distribuirse durante 1994 y 1995.
141

GUIA DE YOGA RESTAURATIVO... FRASES PARA UN ATAQUE DE ANSIEDAD

Guía del yoga: Restaurativo María Elena Esparza / 2017-08-14 La gran variedad de estilos que existen hacen del yoga una...